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Sobre el bien social
por Rodolfo Jorge Brieba
El bien social no implica un colectivismo, donde todos son, teóricamente, dueños de todo pero la propiedad, posesión y uso se transforman en una abstracción para el pueblo (vgr. el Estado Soviético). No así para una minoría usurpadora que ocupa el vértice de la pirámide social, desde donde usa y abusa de la propiedad y desde allí administra la abundancia y escasez: el dominio del hombre. Tal como en el capitalismo plutocrático.
El bien social es un bien comunitario y funcional donde un sector del pueblo es dueño de esa parte que requiere para satisfacer necesidades concretas y que en sí conforma una realidad. Dentro del marco de una reglamentación ordenadora, todos tienen su titularidad y su goce.
Si cada uno quisiera tener su propia plaza o calle no sólo sería imposible su distribución, sino también su mantenimiento. Es por ello que para el hombre es conveniente vivir en sociedad para poder acceder a los bienes sociales al menor costo. El normal acontecer nos indica que a todos los habitantes de una ciudad no se nos ocurre transitar por la misma calle al mismo tiempo, ni concurrir a la misma plaza simultáneamente. Salvo alguna excepcional convocatoria política, sindical, musical, religiosa, etc. de fácil previsión para el ordenamiento gubernamental.
Un ejemplo nos ilustra mejor a otro nivel. Los clubes de barrio sirvieron para que los vecinos no sólo pudieran encontrarse, compartir, conocerse, sino para poder gozar de ventajas que individualmente no podrían obtener: gimnasio, canchas, piletas, asadores, juegos recreativos, elementos materiales a los que se agregan la socialidad, el trato, la experiencia común.
Hoy las clases más adineradas tienen acceso a los clubes de campo, en un ámbito más restringido. Pero no dejan de construir un bien social. Como nadie puede ser zarza como para utilizar todo al mismo tiempo, la dinámica social hace que los integrantes de una comunidad determinada hagan uso alternativo de los bienes comunes.
¿Y el dinero?
El dinero goza de la naturaleza de bien social, es una creación abstracta del hombre y con un absoluto valor psicológico. Solo es un pequeño papel impreso.
Un billete de U$S 1.000.000 nos puede deparar la compra de muchos bienes y servicios en los lugares cosmopolitas. Pero ninguno en medio de un desierto africano o asiático, pues nada hay para comprar o vender. Tampoco es útil en medio de una tribu australiana que viva conforme pautas primitivas. Pues despreciarían un papelito de la mal llamada civilización. Es más, ni siquiera en la Nueva York de hace 300 años tendría valor alguno ni como valor de cambio, ni como unidad de medida, ni como atesoramiento, ni como valor de crédito.
El valor es meramente psicológico, resultado de una mera creencia. Su valor es fiduciario: O sea que proviene de la fe.
Cuando el hombre abandonó su fe en Dios, la puso en el dinero.
Si la “administración” de los EE.UU sigue canjeando bonos del Tesoro por dólares a su emisor (el Federal Reserve Bank), y al paso que lo viene haciendo para solventar gastos sin contraprestación en la producción real de bienes, acontecerá la depreciación de aquella moneda “fuerte”. Y si la emisión es de progresión geométrica devendrá la “hiperinflación”. Nadie querrá atesorar dólares abundantes y procurará canjear por bienes menos abundantes. Como nadie atesora arena, piedras, agua salada, aunque sí brillantes, incunables, pinturas.
Pero el dinero es útil socialmente para posibilitar la circulación de bienes y servicios reales, sea como unidad de medida o de cambio.
Quien atesora dinero lo resta del circuito para el cual fue creado, lo que constituye una práctica antisocial. Más grave aún si lo presta a interés al pretender agregarle una virtud que de por sí no tiene, y sin trabajo alguno.
Ello no significa que sea condenable el ahorro, que es inversión o consumo diferido a futuro. Pero nunca puede generar interés, sino puesta a disposición del sector de la comunidad que requiere usarlo. Como bien social que es. El Estado, como órgano de gobierno de la comunidad o alguna sociedad intermedia (empresa, cooperativa, universidad, sindicato, obra social) puede canalizar su circulación, sin perjuicio de garantizar su devolución a la vista, sin alteración de sus propiedades.
Quien no confíe en tal sistema, bien puede invertirlo en bienes que generen movilización de riquezas (equipos agrícolas, silos, galpones, vehículos, casas, departamentos, etc.), asegurándose con su explotación o alquiler un ingreso sustitutivo para el futuro. Pero nunca mezquinarlo al uso social.
Esta concepción de la inseguridad de subsistencia que nos puede deparar el futuro es producto de la economía de la escasez natural, la que ha conformado la psicología humana durante siglos y milenios. Claro está que bien podía ser tal en función del arduo esfuerzo humano para tomar los bienes que necesitaba de la naturaleza y/o transformarlos.
Pero con la multiplicación de la fuerza del hombre por el desarrollo de la energía más la evolución de la técnica, la ciencia, la investigación, infinidad de bienes estarían al alcance de la humanidad.
Más el dominio del sector financiero también avizoró tal peligro, imponiendo el sistema de la escasez artificial, para dominar los pueblos.
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