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Pactos sociales y
política de empleo.
El caso español (1978-1997).
Ponencia del profesor Antonio
Martín Artiles
en el seminario "Relaciones laborales y
diálogo social en el Cono Sur. Empleo y
competitividad" (Universidad Católica del
Uruguay, 24 al 26 de noviembre de 1997).
INTRODUCCIÓN
La política de empleo ha figurado en los pactos sociales junto con otras
medidas, acuerdos políticos y económicos. Por ello resulta indeslindable esta
materia de otras y forman en realidad un "paquete de medidas"
interrelacionadas. Ello es debido a que en los últimos veinte años la política
de empleo ha estado fuertemente condicionada por los llamados "defectos
estructurales del capitalismo" español. Defectos heredados del modelo de desarrollo
de los años sesenta, durante la etapa franquista. Por consiguiente, la política
de empleo y la concertación social tripartita, han estado supeditada a los
llamados condicionantes estructurales que han impuesto límites al contenido y a
la forma de los citados pactos. En este sentido podríamos referirnos a cinco
tipo de limitaciones heredadas del "modelo económico desarrollista".
El primer condicionante heredado ha sido la industrialización extremadamente
desigual a nivel territorial y sectorial de los años sesenta. En su origen
dicho proceso de industrialización es dependiente del exterior: supeditado a
las necesidades de importación de tecnología e inversión extranjera. En éste
sentido se puede denominar al caso español como de capitalismo semi-periférico
dependiente. El segundo límite lo ha constituido el propio modelo de desarrollo
económico: caracterizado por una fuerte dependencia de la coyuntura monetaria
debido a la débil estructura financiera de las empresas, a la falta de recursos
propios, lo que ha dificultado posteriormente la modernización de las empresas.
Además, hay que sumar la fuerte dependencia energética exterior: importaciones
de petróleo en el contexto de los sucesivos "shocks inflacionistas"
de 1973 y 1979.
Una tercera limitación ha sido la falta de concentración industrial y
financiera, derivada de la política proteccionista del mercado interno durante
la etapa franquista. Ello ha favorecido la abundancia de pequeñas empresas con
tecnología obsoleta y carente de racionalización en la organización del
trabajo. Por consiguiente, las condiciones proteccionistas ha propiciado la
generación de un tejido productivo compuesto por pequeñas y medianas empresas
-pymes- con uso intensivo de mano de obra, con baja productividad y no
competitivas en un mercado abierto. Este problema relativo a la falta de
competitividad se ha manifestado en las dificultades de las empresas frente a
la creciente competencia de los Países en Vías de Desarrollo. Lo que ha llevado
a plantear, desde mediados de los setenta hasta mediados la década de los
ochenta, la necesidad de reestructurar algunos sectores industriales -textil,
construcción naval, siderurgia y línea blanca de electrodomésticos-.
El cuarto condicionante ha sido el carácter paternalista y autoritarios de
las relaciones laborales en las pymes. No habituadas a un marco democrático,
formalizado y autónomo de relaciones laborales. A ello se debe añadir, como
colofón, la existencia de una burguesía poco dinámica, acostumbrada al
proteccionismo, a las subvenciones y al clientelismo autoritario del Estado.
Finalmente, el quinto problema será la creciente presión demográfica sobre
el mercado de trabajo desde mediados los setenta hasta algo más de mediados los
ochenta. Dicha presión sobre el mercado de trabajo se deriva.
Por un lado, del "baby boom" de los años sesenta. Y, por otro
lado, del retorno de la emigración europea, como consecuencia de la crisis
económica durante la década de los ochenta.
En suma, a tenor de estos condicionantes estructurales podríamos denominar
el modelo de desarrollo económico español como fordismo semi-periférico o bien
fordismo incompleto, cuyos "defectos estructurales" han condicionado
enormemente la política de empleo. La mera referencia a los grandes
condicionantes estructurales nos permite advertir que la concertación social
tripartita ha tenido también un especial significado político y no meramente
económico. En los últimos veinte años la política pactos y de empleo ha pasado
por tres etapas o escenarios en las que se ha abordado los problemas con
distintas metodologías.
En el primer escenario, que va desde 1978 hasta 1986, la política de empleo
ha estado asociada a la política de pactos sociales, que a su vez resulta
indesligable de un fuerte significado político e institucional en términos de
transición y consolidación de la democracia. En el segunda escenario, desde
1986 hasta 1993, se pasa a prescindir de los mecanismos de regulación
concertada y a depositar las expectativas en el mercado y en la flexibilidad
del circuito del empleo. Y, finalmente, en el tercer escenario, se constata los
efectos perversos de la flexibilidad del empleo, al tiempo que se ensaya una
nueva metodología que trata de reforzar el papel de la negociación colectiva y
la autonomía de las partes.
1. PRIMER ESCENARIO: CONSENSO POLÍTICO, CONCERTACION Y EMPLEO
(1978-1986)
1.1. Pacto de la Moncloa y reformas estructurales: 1978-1979
En el inicio de la transición de la dictadura a la democracia, obviamente,
el problema prioritario es de índole política: la construcción del consenso
constitucional y lograr la estabilidad política. Y, en el plano económico,
controlar la inestabilidad acarreada por la inflación. Los Pactos de la
Moncloa, de octubre de 1977, tratan precisamente afrontar los problemas
políticos y estructurales heredados del franquismo.
El primer punto de los Pactos consistió en distribuir responsabilidades y
costes de la crisis. En particular, el objetivo básico era reducir la inflación
y fomentar el empleo juvenil. El contenido y las líneas de acción consistió en
una política de saneamiento mediante una política monetaria restrictiva. A la
vez que un empeño en la moderación salarial al compás del IPC previsto y no en
función del IPC del año anterior, tal como venía siendo habitual hasta
entonces. Igualmente se trató controlar los precios de producto de primera
necesidad. El resultado de estas medidas se plasmó en una reducción parcial de
la inflación en los dos siguientes años, pero con todo, persistieron las
tensiones inflacionistas hasta mediados los ochenta.
La segunda medida consistió en una política de reformas estructurales para
reducir la dependencia energética exterior y liberar los precios del petróleo.
Así como acometer una política de reestructuración industrial en los sectores
menos competitivos (textil, naval, siderurgia, electrodomésticos, etc.). Sin
embargo, dicha política de reestructuración se fue aplazando a tenor del
crecimiento del desempleo, el aumento de la conflictividad laboral y las
movilizaciones sindicales. La tercera medida consistió en una política de
reformas institucionales de diverso carácter. En particular, inicio tímido de
una reforma fiscal, al modo de otros países de nuestro entorno. Racionalización
presupuestaria y del gasto público. Paulatina liberalización del sistema
financiero, escasamente competitivo, atrasado tecnológicamente y muy
fragmentado.
En definitiva, los Pactos de la Moncloa han tenido una importante
significación política y simbólica para consensuar el proceso constituyente,
que desembocó en la aprobación de la Constitución de 1978. Pero la prioridad
política, supuso relegar las decisiones económicas a un segundo plano, por ello
los Pactos serán insuficientes para abordar las reformas de las estructuras
económicas que necesitaba el país. Incluso no se abordó la política de empleo
juvenil pactada por temor a un aumento de la tensión con sectores
empresariales.
1.2. La hegemonía de las tesis del Bloque Histórico de Progreso:
1979-1982
El siguiente pacto se gesta desde posiciones socialdemócratas. Desde inicios
de la transición, la estrategia del PSOE consistía en alcanzar la hegemonía
mediante la alianza en un Bloque Histórico de Progreso (BHP). Esto es, una
alianza interclasista entre nuevas clases medias urbanas y progresistas,
representada por el partido socialista, por un lado, y por otro, la clase
trabajadora, representada por la UGT.
El Programa Económico del BHP se sustentaba en las tradicionales propuestas
socialdemócratas. Inspiradas en propuestas Keynesianas, basadas en las ideas de
reformas estructurales, la intervención reguladora del estado para corregir los
desequilibrios sociales que genera el mercado y la necesidad de solidaridad de
los trabajadores ante la crisis. De ahí, que la política sindical de la UGT se
ha basado durante este período en fortalecer el papel institucional de los
sindicatos, ganar influencia en las esferas del poder social y consolidar a sus
estructuras organizativas. En consecuencia su estrategia se jalona en una serie
de pactos sucesivos -que se llevará a cabo en los siguientes años- con la
finalidad de coordinar la política de rentas con la política de empleo y
reforzar el papel institucional de los sindicatos. Entonces ésta era una tarea
perentoria para todo el movimiento sindical si tenemos en cuenta la
inexistencia de una cultura democrática y de negociación contractual
-particularmente entre los empresarios de las pequeñas y medianas empresas,
pymes-. A lo que hay que sumarle la notable debilidad de las propias
organizaciones sindicales recién legalizadas, así como la inexistencia de un
marco de relaciones laborales y una profunda dispersión de la negociación
colectiva, además con una baja tasa de cobertura.
Fruto de esta línea de acción es la consecución de una serie de pactos entre
1979 y 1982. El primero fue la firma del Acuerdo Básico Interconfederal en
1979, llevado a cabo por UGT y CEOE, que sentará las bases para la elaboración
del Estatuto de los Trabajadores y la posterior concertación tripartita
plasmada en el en el segundo pacto:
Acuerdo Marco Interconfederal (1980-81, al que se adhiere USO) con lo que se
sentará las bases del sistema de relaciones laborales español.
A pesar de la conflictividad laboral durante este período, estos pactos constituyen
un paso fundamental en la construcción del modelo de Relaciones Laborales, por
cuanto supone el reconocimiento de la autoridad negociadora y la legitimidad de
las partes frente a la opinión pública. Asimismo, facilitarán la
homogeneización en los contenidos y ámbitos de la negociación colectiva. Con
todo, los pactos no tendrán eficacia suficiente en materia de empleo. Incluso,
el posterior Acuerdo Nacional de Empleo -conocido como "pacto del
miedo", porque se firmó después del fallido golpe de estado del 23-F de
1981- no tubo realmente eficacia en materia de empleo. Su objetivo fue
esencialmente simbólico: la consolidación del sistema democrático.
1.3. El lastre de los "defectos estructurales" en la
política de concertación: (1982-1986)
En 1982 al llegar al poder el primer Gobierno Socialista tubo que
enfrentarse con el enorme condicionante de las reformas estructurales que no
habían podido llevar a cabo los anteriores gobiernos centristas (UCD) debido a
la alta conflictividad laboral y a la insuficiente falta de consenso. El PSOE
llegó al poder en octubre de 1982 con un programa cuyo pilar fundamental era la
política económica de reestructuración industrial, el apoyo al cambio y la
modernización estructural. A diferencia de otras experiencias socialdemócratas
europeas, el objetivo prioritario de los distintos gobiernos durante el período
1982-1988, e incluso hasta 1993, ha sido el crecimiento económico y no la
distribución, lo que sin duda constituía una prueba de fuego para los
socialdemócratas españoles.
Los objetivos expansionistas del programa de corte keynesiano son
sustituidos inmediatamente por la idea de ajuste y saneamiento centrada en el
mercado. En cierto modo, el reajuste del programa se convertirá en una
continuación de la política económica de UCD. El gobierno socialista justificó
el cambio en la orientación: se dirá entonces "que era la única política
económica posible". Con estos criterios se formaliza la firma de dos
pactos más. El primero en, 1983, suscrito sólo por UGT y CEOE es el Acuerdo
Interconfederal (AI) y considerado una carta de apoyo implícito al primer
Gobierno socialista. Aunque el Gobierno no suscribe el pacto debido a tensiones
y discrepancias en torno a la jornada de trabajo -petición de reducción de la
jornada laboral por debajo de las 40 horas-.
El segundo fue el Acuerdo Económico y Social (1984-1986), este acuerdo
tripartito tiene por objeto intercambiar moderación salarial a cambio de
empleo. En este acuerdo se pactan por primera vez las medidas de contratación
temporal. Aunque únicamente como medidas coyunturales supeditadas a la creación
de empleo por dos años. A cambio los sindicatos -sólo suscribe el pacto UGT-
recibieron incentivos funcionales para consolidar sus organizaciones, así como
"pluses de representatividad" para favorecer la concentración de la
representatividad.
En definitiva, dos opciones caracterizaron la política económica del
Gobierno Socialista. Por un lado, la opción por el mercado y el capital
privado. Esto es, centrando la expectativas de recuperación en la iniciativa
privada, minimizando la intervención del sector público en la economía, y
limitando el papel del estado. Esta opción por el mercado implicó, por
consiguiente, priorizar la estabilidad a través de la reducción de la
inflación. Lo que a su vez implicó una política monetaria restrictiva, con la
consiguiente elevación de los tipos de interés.
Y, por otro lado, la opción por la modernización e internacionalización de
la economía, especialmente por la estrecha vinculación con la Comunidad
Europea, con la esperanza de que la riada de inversiones del capital
multinacional renovara el tejido productivo y trajera consigo la innovación
tecnológica y organizativa de las empresas, con lo que se presuponía que las
empresas ganarían en competitividad. Estas expectativas ligada a la
internacionalización pusieron el acento en la vía de la exportaciones y
reducción de costos. Pero en contrapunto olvidó el mercado interno y la
capacidad adquisitiva de los salarios para tirar de la demanda interna. De ahí
la continua consideración de los costes salariales para ser competitivos en el
exterior y la escasa consideración de los salarios en términos de poder
adquisitivo.
Así, estos dos objetivos macroeconómicos se tradujeron en la política de
ajuste. Lo que se plasmó en el AES, último pacto suscrito por el gobierno
socialista. Tres elementos tuvieron especial importancia en dicho acuerdo. En
primer lugar, la moderación salarial destinada a contener la inflación y a la
vez favorecer los excedentes empresariales, el ahorro y la consiguiente
inversión generadora de empleo de empleo. En segundo lugar, la flexibilidad en
las formas de contratación del empleo al objeto de reducir las rigideces
jurídico-institucionales para proceder a continuos ajustes del mercado de
trabajo. El tercer elemento del AES fue la contrapartida que obtienen los
sindicatos: consistente en la concesión de incentivos funcionales para
favorecer la concentración de la representatividad laboral y limitar la
dispersión de los pequeños sindicatos. En este sentido la Ley Orgánica de
Libertad Sindical (LOLS) se convirtió en un mecanismo favorecedor de los
grandes sindicatos, condición necesaria para articular y racionalizar las
relaciones laborales.
En resumen, esta política fue posible durante el período 1982-1986 gracias
al amplio consenso propiciado por la tesis del "Bloque Clases" que
presidía las estrechas relaciones entre partido y sindicato socialista. Por
entonces la estrategia "institucional" de UGT favoreció la política
de concertación hasta dicho año. A partir de aquí se registro una larga
política de discenso y crispación entre UGT y el PSOE. Lo que nos llevará al
segundo escenario, caracterizado por una creciente desintonía de las relaciones
entre ambos.
2. SEGUNDO ESCENARIO: DISCENSO POLITICO, FLEXIBILIDAD Y CONTRATACION
TEMPORAL
2.1. Efectos de la política de ajuste y ruptura relaciones UGT-PSOE:
1986-1993
Los efectos de la política de ajuste, centrada en la moderación salarial y
en la flexibilización de la contratación del empleo, se reflejaron
paulatinamente en los indicadores macroeconómicos, así como en las crecientes
tensiones en el seno del BHP. La UGT fue poco a poco retirando su apoyo al
gobierno del PSOE y por consiguiente a la política de pactos sociales.
El primer fruto fue la reducción de la inflación. El IPC pasó del 14 % en
1982 al 5,2% en 1987; como resultado de la política de moderación salarial
pactada en el AI y el AES. La política de pactos contribuyó de forma singular a
contener la inflación y disciplinar el comportamiento de los salarios, mediante
bandas de máximos y mínimos entre las cuáles podían oscilar los mismos. Así,
desde 1979 hasta 1986 el salario real fue negativo.
En contrapunto, los excedentes empresariales -excedentes brutos de
explotación- se comenzaron a recuperar a partir de 1979 hasta 1988, es decir se
invierte la tendencia de decrecimiento que va desde 1970 a 1977. Los datos de
la Contabilidad Nacional, ponen de relieve el cambio de tendencia en la
distribución funcional del PIB. Es decir, registra una tendencia inversa a la
de los salarios. Los excedentes empresariales crecieron incluso hasta niveles
escandalosos. La inversión comenzó a crecer a partir de 1986. Pero no la
inversión productiva, sino la especulativa. El subsiguiente problema que se
planteó fue garantizar la reinversión de los beneficios empresariales, en un
contexto que sólo favorecía la especulación financiera e inmobiliaria. Pero
además, en este contexto difícilmente sindicatos y trabajadores podían seguir
aceptando sacrificios salariales sin contrapartidas tangibles en materia de
empleo.
En segundo lugar, otro elemento de tensión entre la UGT y el PSOE fue el
deterioro de las rentas vinculadas a los presupuestos del Estado: quedaron
seriamente erosionadas como consecuencia de la restricción del gasto público.
Colectivos como los funcionarios, pensionistas, jubilados y desempleados vieron
reducir drásticamente su poder adquisitivo. A lo que debe añadirse las
derivaciones sobre la restricción en las políticas sociales: caída de la
cobertura del desempleo (del 33,6 en 1982 al 28,5% en 1988). Caída de la
construcción de la vivienda pública y enorme encarecimiento de la vivienda
privada.
El tercer factor del disenso, entre sindicato y partido socialista, lo
constituyó el malestar generado entre los trabajadores ante la falta de
cumplimiento gubernamental de las contrapartidas negociadas por los sindicatos
y el incumplimiento empresarial para implantar mecanismos de participación laboral
en los beneficios derivado de la mejora de la productividad en las empresas.
En cuarto lugar, el empleo registró un fuerte incremento. Se invirtieron las
tendencias respecto al período 1974-84 en el cual se perdieron más de dos
millones de puestos de trabajo; por el contrario durante el período 1984-89 se
crearon 1.600.000 nuevos puestos de trabajo. O sea se creció a un ritmo de
400.000 empleos anuales. Sin embargo, el nuevo tipo de empleo generado fue
fundamentalmente temporal, precario y con una fuerte rotación. Los indicadores
del Boletín de Estadísticas Laborales pusieron de relieve dicha tendencia: un
incremento del empleo temporal, que pasó del 5,8% en 1982 al 26,5% en 1988. En
contrapunto se registró un paulatino declive del empleo fijo. Pasó de 7,2
millones en 1983 a 6,5 en 1988 y al 34% en 1994. Esta precariedad e inseguridad
en el empleo tendrá efectos restrictivos sobre el consumo interno y, por tanto,
efectos perversos a medio plazo sobre la propia política de empleo. Pero
aparentemente se había producido el milagro económico: las tasas de crecimiento
del PIB pasaron del en 1982 0,9% al 5% en 1988, es decir a cotas más altas que
las europeas. A juzgar por los indicadores macroeconómicos se había producido
el milagro, estábamos en el país de las maravillas.
Empero, la realidad social mostraba otra cara: en este período aumentaron
las desigualdades y las bolsas de pobreza. Cayó la cobertura del desempleo
-cuestión dramática para el paro de larga duración- y se estabilizó el gasto
público. Aunque crecieron moderadamente los gastos sólo en Educación y Sanidad.
El aumento de las desigualdades y el resultado negativo en la redistribución de
la renta comportará una crisis en la política de pactos sociales. Así comenzó a
gestarse una creciente distanciación hasta acabar en ruptura de relaciones
entre la UGT y el PSOE. El primer desacuerdo fue la Huelga General de Junio de
1986. Una reacción sindical contra el recorte en las pensiones. Ese mismo año
UGT retrocede en las elecciones sindicales en las grandes empresas, lo que será
un indicador de la retirada del apoyo de los trabajadores a la línea de pactos
institucionales.
La espoleta que llevó a la ruptura fue el Proyecto de Empleo Juvenil, en la
línea de reforzar más la contratación temporal -cuando ya antes UGT y PSOE
habían acordado en el AES que esta medida sólo sería de carácter coyuntural-. A
ello hay que añadir el incumplimiento en la tasa de la cobertura del desempleo:
se había pactado una cobertura del 48%, mientras que ya en 1988 la cobertura había
descendido al 26%. El distanciamiento definitivo se produjo con la Huelga
General de 1988. Así el PSOE dejó de tener el apoyo explícito de la UGT, su
sindicato hermano. Por el contrario, encontrará el respaldo de un nuevo
interlocutor: los empresarios
2.2. Una "salida ofensiva" a la crisis: modernización
tecnológica
y organizativa de las empresas
El nuevo respaldo a la política económica del partido socialista procederá
del Círculo de Empresario, la "inteligencia empresarial". Pero la
reacción empresarial será tardía. No llegó hasta después de 1985-86. La
estrategia denominada "salida ofensiva a la crisis", fue en realidad
un proceso de modernización en la gestión de la fuerza de trabajo, un proceso
de innovación tecnológica y organizativa. Aunque esencialmente fue un fenómeno
reducido a las grandes empresas industriales y de servicios.
Dichas estrategias de las organizaciones empresariales coinciden entonces
con el diagnóstico de la crisis económica y con las líneas maestras de la
política económica gubernamental que apuesta por una nueva vía de
competitividad internacional basada en la tecnología, en la investigación y en
la calidad. Asimimos, en términos de diagnóstico el Instituto de Estudios
Económicos, asesor de la CEOE, apuntaba a inicios de la década de los ochenta
que los cambios acelerados del entorno, especialmente los derivados de la
entrada de España en la Comunidad Europea, sometían a las empresas a fuertes
presiones. Dichas presiones se caracterizaban por el incremento de la
competitividad y por la contracción de los mercados; a lo que habría que añadir
la complejidad burocrática de las grandes empresas y la rigidez de unas
relaciones laborales excesivamente institucionalizadas y regularizadas.
La adecuación al nuevo entorno dependía de si directivos y empresarios
interpretaban la crisis como un fenómeno estructural, originado por factores
políticos, sociales y económicos o si sólo la consideraban como un dato
coyuntural, de contracción del mercado. La "salida ofensiva" de la
crisis estaba ligada a la capacidad de interpretación global del entorno de las
empresas; a la capacidad de reconversión de la organización y de la gestión
empresarial para adaptarse a las variaciones del entorno.
Sin embargo, según el influyente Círculo de Empresarios, el principal
obstáculo a la hora de impulsar las estrategias empresariales era la rigidez
del mercado de trabajo. A los que había que añadir la falta de elasticidad de
la estructura organizativa de las empresas, la excesiva burocratización. La
resistencia sindical, los problemas de disciplina laboral. Y la carencia de
sentido innovador y asunción de riesgo empresarial. Por consiguiente, las
alternativas propuestas por el Círculo de Empresarios, a través de diferentes
estudios e informes, no pasan ya por la concertación social "o intercambio
político", sino por la lógica del mercado, la innovación tecnológica y
organizativa, por la flexibilidad laboral interna y externa, la movilidad de la
fuerza de trabajo y la descentralización de la negociación colectiva. Estrategia
que nos conducirá a un tercer escenario.
3. TERCER ESCENARIO: TENDENCIAS EN LA ESTRUCTURA Y AMBITOS DE LA
NEGOCIACION COLECTIVA. EL EMPLEO COMO OBJETO
DE NEGOCIACION
En la década de los noventa se registra un cambio en materia de política de empleo.
Primero, se abandona definitivamente el modelo de concertación macroeconómica
tripartita (gobierno, empresarios, sindicatos) y el subsiguiente compromiso de
crear empleo público a través de los pactos. Segundo, se tiende a plantear una
nueva metodología basada en acuerdos de menor envergadura, con menores
contenidos generales, más concretos y de carácter bilateral. Y, tercero, se
enfatiza y se delega en el mercado las posibilidades de crear empleo, lo que se
plasmará en las llamadas "políticas activas de empleo".
3.1. Cambio de metodología: reforzamiento de la autonomía
de las partes
El modelo de concertación macroeconómica parece haber tocado fondo. La
globalización y la internacionalización económica han limitado el uso de la
política de concertación como instrumento de regulación macroeconómica. La
vinculación de la peseta al Sistema Monetario Europeo ha comportado una pérdida
de autonomía para la actuación de la política monetaria. Lo que significará que
no podrá comprometerse tan fácilmente el gobierno con los sindicatos a realizar
una política expansiva para generar empleo sin alternar los límites de la
integración en el Sistema Monetario Europeo.
Dicho en forma abreviada, para la política gubernamental la concertación
social tripartita parece haber sido una cuestión más del pasado. Propia de una
situación de reconstrucción y transición política de la dictadura a la
democracia: de un período de consenso para hacer frente a la crisis y de un
espacio económico propio limitado por el estado-nación. Por el contrario, el
método de concertación tripartito aparece ahora inapropiado en el contexto de
una economía globalizada, donde se ve limitado el uso de la política monetaria
y fiscal. También, en los noventa, el contexto de un mercado de trabajo fuertemente
segmentado, con su consiguiente diversificación de intereses dificulta, la
capacidad de representatividad de sindicatos y empresarios. Así como la
armonización y convergencia de estrategias entre distintos intereses. En este
sentido, el mismo entonces Ministerio de Trabajo, advertía en 1990, sobre los
inconvenientes de la concertación a tenor de las dificultades de control y de
gestión del conflicto a causa de la aparición de nuevas corporaciones de
organización de intereses. De reagrupamientos profesionales y de formas de
negociación directa al margen de los sindicatos tradicionales.
En el nuevo escenario de los noventa la estrategia gubernamental parece
tener como objetivo reconstruir el diálogo y la negociación en base a una
"nueva metodología": acuerdos sobre materias concretas y puntuales y
de forma bilateral con los actores sociales, de manera que no se comprometa ni
cuestione el diseño global de la política económica, por tanto se limitan los
márgenes para los grandes pactos macroeconómicos a la vez que se agota su
significado institucional. En añadidura, el gobierno socialista proponía, a
principios de los noventa, como alternativa una descentralización de la
negociación colectiva y un mayor protagonismo de las partes en la regulación
del mercado de trabajo. Este nuevo escenario, acabará con las tensiones
estratégicas y políticas entre los sindicatos mayoritarios -la posibilidad de
grandes pactos está agotada-. Lo que abrirá las puertas a la unidad de acción
sindical desde inicios de dicha década.
La nueva metodología se irá aplicando en pactos muy concretos, de menor
envergadura y que algunos estudiosos han dado en llamar
"mesoconcertación". Así se logran acuerdos parciales, como la
reconversión de un grupo de empresas del INI y un Acuerdo sobre Mediación
Extrajudicial en Conflictos, por citar sólo dos ejemplos concretos. Pero sin
duda, el pacto más importante bajo esta nueva metodología son los conocidos
Acuerdos Interconfederales de 1997, que permitirán la reforma del mercado de
trabajo. En la anterior reforma, de 1994, la metodología consistió en la
intervención directa del gobierno mediante la aprobación en el parlamento de un
paquete
normativo que supondrá un importante giro en las relaciones laborales y en
la flexibilización del circuito del empleo, como veremos más abajo. Los
Acuerdos Interconfederales, constituyen -como acabo de señalar- un claro
exponente de la nueva metodología. Fueron suscritos únicamente por los
sindicatos (CCOO y UGT) y las organizaciones empresariales (CEOE y CEPYME), sin
la participación del gobierno. Aunque este ha estado presente entre bambalinas,
así como mediante el apoyo explícito a través de medidas complementarias
destinadas a apoyar el desarrollo del acuerdo.
En definitiva, la nueva metodología no compromete en su globalidad a la
política económica y mucho menos a la política monetaria -muy sensible a la
conyuntura internacional-. Limita el contenido de las materias pactadas, reduce
la intervención directa del gobierno, refuerza la autonomía de las partes y tiende
a descentralizar la estructura de la negociación colectiva a fin de dotar a las
relaciones laborales de un mayor grado de flexibilidad. Y, a diferencia de la
etapa de concertación social anterior, no se contempla la posibilidad de crear
empleo público.
Otro elemento que contribuye a explicar esta nueva tendencia es la
descentralización en el método de fijación de los salarios. Desde 1987 se viene
impulsado un cambio de método consistente en la sustitución de la determinación
centralizada de los salarios por una descentralizada: encaminada a flexibilizar
la estructura salarial a tenor del nuevo escenario económico. Como advierte el
Círculo de Empresarios, en la nueva "internacionalización de la economía
española no puede olvidarse la vertiente de los salarios como costes; en la
medida que el coste salarial es determinante de los costes laborales unitarios
de las empresas individuales, que son las que compiten en los mercados ... el
salario como coste lleva, así, a la vinculación entre retribución y resultado
empresarial. Y esa vinculación entre ambos es fácil de lograr en un sistema
descentralizado de determinación salarial y no lo es cuando los aumentos
retributivos se erigen en el núcleo de la concertación social."
Esta estrategia descentralizadora, -propugnada primero por el gobierno
socialista y por el Círculo de Empresarios, y después de 1996 por el gobierno
conservador del Partido Popular- ha ido por delante en la realidad cotidiana de
las empresas. En los noventa cada vez cobra mayor peso el uso de políticas de
diferenciación salarial; el uso de incentivos y primas individualizadas; el
recurso a la contratación temporal, por obra y por servicio; la
individualización de las relaciones laborales y los pactos con grupos o
"equipos especiales" de trabajadores al margen de los sindicatos. En
conjunto todos estos procedimientos han impuesto casi de hecho la
descentralización. A la vez que ha cuarteado y dificultado la capacidad de
gestión y coordinación centralizada de los sindicatos.
3.2. La Reforma del Mercado de Trabajo en 1994. Flexibilización del
circuito del empleo: entrada, estancia y salida
Como ya se ha apuntado, a partir de la década de los noventa, gobierno
socialista y empresarios no tienen mucho interés en volver a la metodología de
la concertación centralizada. El signo distinto de los años noventa vendrá
marcado por lo contrario: una tendencia a descentralizar los ámbitos de la
negociación colectiva, otorga una mayor autonomía a las partes -empresarios y
representantes de trabajadores- para definir las condiciones de trabajo y a
depositar las expectativas en el mercado para crear empleo. En este sentido, el
principal problema del mercado de trabajo se interpreta en términos de
"rigideces", que impide o dificulta la adaptación de éste a las variaciones
del ciclo económico. Las fuentes del problema son las rigideces
jurídico-institucionales que regulan el trabajo. En particular las leyes de
contratación, la protección del desempleo y el sistema de negociación
colectiva. Por tanto, el desempleo es un problema de las rigideces propias del
mercado de trabajo y no un problema del funcionamiento global de la económica.
El posicionamiento empresarial y gubernamental en relación al mercado de
trabajo estará marcado por una fuerte ideología neoliberal. A mediados los años
ochenta, desde el AES, el foco central del problema del empleo se centra en
"flexibilizar el acceso" bajo nuevas fórmulas de contratación. En los
noventa, con el decreto de Reforma del Mercado de Trabajo de 1994, la flexibilidad
se aborda con una política de mayor calado. El problema ya no es únicamente el
"acceso", sino también la "estancia" y la
"salida" del mercado de trabajo, por tanto el problema estriba en la
movilidad interna, la derogación de las ordenanzas laborales y la redefinición
de categorías laborales de plantilla para flexibilizar la "estancia"
en el empleo. Y, por otro lado, la "salida" se vislumbra como una
necesidad de facilitar el despido. En definitiva, empresarios y gobierno
interpretan que el problema es el excesivo garantismo laboral.
La Reforma del Mercado de Trabajo de 1994 persigue, pues reducir,
flexibilizar el ordenamiento laboral en el circuito del empleo: en la entrada,
estancia y salida. Primero, en la entrada la novedad que aporta esta reforma es
la legalización de las Empresas de Trabajo Temporal, con la finalidad de
favorecer el flujo de comunicación entre la oferta y la demanda. Pero también
de favorecer la iniciativa privada en detrimento de la intervención de las
oficinas públicas de empleo. También desde 1984, se viene erosionando el
principio de causalidad en materia de contratación temporal. La nueva normativa
flexibilizará aún más la entrada, mediante la figura de la contratación
temporal y la posibilidad de establecer contratos especiales de aprendizaje con
un menor nivel de cobertura de protección social.
En segundo lugar, la permanencia en la empresa también se flexibiliza: se
suprimen los topes máximos legales de duración de los períodos de prueba, lo
que pasa a manos de la negociación colectiva y se amplia las causas para la
movilidad geográfica de la plantilla. Asimismo, se amplia las facultades
empresariales para modificar sustancialmente las condiciones de trabajo en
virtud de razones económicas, hasta entonces las razones reguladas eran
técnicas y organizativas. En otras palabras, se amplía las facultades
empresariales para flexibilizar el uso interno de la fuerza de trabajo.
Asimismo, la reforma de 1994 enfatiza la necesidad de derogar las Ordenanzas
Laborales -que prescriben las tareas y contenidos de los puestos de trabajo- en
favor de nuevos grupos y categorías profesionales a definir a través de la
negociación colectiva. Igualmente, la reforma impulsa el uso flexible de la
jornada de trabajo, otorgando una mayor autonomía a las partes para que, a
través de la negociación colectiva, se regulen las horas ordinarias de trabajo.
Mientras las horas extras no se prevé disminuirlas, ni se contempla como
intercambiables por descansos compensatorios como venía reclamando los
sindicatos.
Y finalmente, la flexibilidad en la salida -que ha constituido para la CEOE
uno de los caballos de batalla desde la década de los ochenta- es recogida
tímidamente por la reforma. La reforma de 1994 refuerza los motivos del despido
asociándolo a causas tecnológicas, organizativas y económicas. Pero, sin
embargo, para los despidos colectivos se mantiene el requerimiento de
autorización administrativa del Expediente de Regulación de Empleo. Mientras
que para los despidos individuales se suprime el requisito de autorización
administrativa.
3.3. Cambios en la estructura y descentralización de los ámbitos de
negociación colectiva
La reforma de 1994 persigue, asimismo, sustituir los principios de
regulación de ámbitos superiores por principios disciplinarios de mercado. En
este sentido, hay un intento de sustitución del principio de eficacia general
de los convenios -erga ommes-, que da lugar a una cobertura generalista para
todos los trabajadores de un ámbito de negociación por convenios de eficacia
limitada o bien mediante la descentralización. De modo que no sea
necesariamente vinculantes los convenios de ámbito superior. Para dicha
finalidad el decreto de la Reforma de 1994 otorga capacidad reguladora a la
negociación colectiva. En otras palabras, estaríamos ante la "estrategia
de la alcachofa", consistente en deshojar, hoja por hoja, la negociación
colectiva a través de la ruptura del principio jurídico-institucional de
regulación en ámbitos superiores.
Igualmente los contenidos conocidos como "mínimos indisponibles"
que figuran como un principio de cobertura en la estructura normativa de la
negociación colectiva, pasarán a convertirse en "disponibles" en la
mesa de negociación. Con ello se podrá mantener las cláusulas protectoras en
los convenios colectivos de las grandes empresas, pero no en las pequeñas donde
apenas hay representantes de los trabajadores, ni sindicatos. En este sentido,
el riesgo tendencial es que estos mínimos disponibles puede ir rebajándose, desprotegiendo
paulatinamente a los colectivos más débiles del movimiento sindical. Pero al
mismo tiempo, las materias en las cuáles la negociación colectiva tendría plena
capacidad reguladora se amplían.
La estructura de la negociación colectiva, heredada del franquismo, ha sido
otro de los puntos de controversia en los últimos años. La estructura es mixta:
ni centralizada ni descentralizada, lo que ha comportado problemas de eficacia,
control de los contenidos de los pactos y convenios, así como problemas en el
control de los deslizamientos salariales. O, si se quiere, podemos decir, que
la estructura es caótica y desarticulada, basada en gran medida en los
convenios de ámbito provincial, coexistente con numerosos convenios de empresa
y de ámbito estatal, en todos los cuales se repite el mismo contenido sin
ningún tipo de articulación. En pocas palabras, su estructura ha sido
insatisfactoria tanto para empresarios y sindicatos. Así, por un lado, los
empresarios han venido presionando por "empresarializar" las
relaciones laborales potenciando los convenios de empresa. Por el contrario,
por otro lado, los sindicatos han venido proponiendo un "modelo
articulado" basado en convenios sectoriales a nivel nacional frente a los
convenios provinciales o de comunidad autónoma. Por consiguiente, los convenios
de ámbito inferior al nivel nacional-sectorial deberían ser convenios
complementarios, mejorando condiciones de trabajo no empeorándolas.
3.4. El empleo como materia de negociación colectiva
El empleo como materia de negociación ha tenido una creciente importancia.
Aunque su peso y eficacia real es relativamente limitada. A lo largo de los
últimos años podemos encontrar dos tratamientos distintos.
En un primer período (1979-84), el tratamiento del empleo en la negociación
colectiva ha tenido un carácter defensivo, de mantenimiento con objeto de
evitar los efectos lesivos de la reestructuración industrial. Las materias de
empleo se delegaban a los Pactos Sociales, de los que ya hemos hablado atrás.
Pero al mismo tiempo en el ámbito de la negociación de empresa se registran
acuerdos sobre empleo que no siempre llegaron a adquirir expresión jurídica en
forma de convenio colectivo.
Un segundo periodo, se plantea con la aparición de dos nuevos problemas a
inicios de la década de los noventa. Por un lado, la flexibilización de los
contratos ha hecho más vulnerable el estatus y frágil la permanencia en el
empleo cuando el ciclo económico es depresivo; lo que a su vez acelera su
destrucción. En las situaciones de incertidumbre las empresas optan
preferentemente por despedir y después volver a contratar si el ciclo económico
es favorable. Esto explica la destrucción de empleo durante el período 1991-94
y las posteriores oscilaciones de la contratación entre 1994-96. Pero también,
por otro lado y al mismo tiempo, retrae la capacidad del consumo privado, lo
que también frena la posibilidad de recuperación económica.
Así surge un nuevo empeño, de ciertos círculos empresariales y sindicales,
por abordar los efectos perversos que genera el modelo de empleo flexible. Este
es precisamente el origen del "Acuerdo interconfederal para la estabilidad
del empleo" de 1997. En este periodo se inicia una nueva senda, por
agotamiento de las anteriores políticas de empleo. La precaridad y alta
temporalidad -34% en éste último año- ponen de relieve consecuencias negativas
sobre la economía general: caída del consumo interno, lo que a su vez frena la
demanda, las posibilidades de recuperación económica y la misma posibilidad de
creación de empleo. Después de más de una década de crecimiento del empleo
temporal y de moderación salarial se constata sus efectos perversos sobre la
economía general.
Esta constatación sobre los efectos perversos de la flexibilidad es
precisamente el punto de arranque del acuerdo para transformar el empleo
temporal en estable, se convierte simplemente en una necesidad del propio
sistema. Los Acuerdos Interconfederales no constituyen un pacto macroeconómico,
como los registrados en la década de los setenta y ochenta. Sino acuerdos sobre
tres materias concretas: empleo, negociación colectiva y cobertura de vacíos en
materia de condiciones de trabajo.
El Acuerdo Interconfederal de Empleo trata de fomentar la contratación
indefinida, pero con reservas relacionadas con el abaratamiento del despido de
los nuevos contratados. Pero lo sustancial es que en este período el empleo
pasa a tener otro tratamiento en la negociación colectiva, tanto a nivel de
empresa como a nivel local y regional. La diferencia entre las dos etapas es
que se pasa de una política macro a una política con mayor énfasis en lo micro
(empresa, local y regional), sin dejar de considerar también el tratamiento más
global del empleo. Por tanto, podemos afirmar que a partir de los años noventa
se puede decir que se registra una inflexión en esta materia. Con especial
intensidad a partir de las sucesivas reformas de 1994 y 1997.
Las principales finalidades de la negociación sobre el empleo, han sido,
según el porcentaje de cláusulas registradas en los convenios: la movilidad
funcional (21%), movilidad geográfica (20%), creación de empleo por jubilación
anticipada (13%); mantenimiento del empleo (4,9%) y por último creación neta de
empleo. No obstante, desde una perspectiva cualitativa y especialmente a partir
de 1994, la preocupación central es la conversión de empleo temporal en empleo
fijo o estable. Es previsible que a partir de la Reforma del Mercado de Trabajo
de Abril de 1997 se incrementen las cláusulas relativas a la conversión de
empleo temporal en fijo. En este sentido tiene importancia cualitativa como
tendencia.
En relación a los métodos utilizados para la creación de empleo o bien el
mantenimiento de los mismos podemos citar que las principales cláusulas
registradas son: la creación de empleo por jubilación anticipada; el trabajo a
tiempo parcial -especialmente en la administración pública, enseñanza-.
Congelación salarial para el personal de nuevo ingreso durante un período, que
puede oscilar entre un año hasta incluso cinco años. Reducción de las retribuciones
por antigüedad para el personal de nuevo ingreso. Conversión de los contratos
temporales y contratos "fijos discontinuos" en empleo estable. Este
proceso de transformación del empleo puede ser gradual, variable según
evolucione las "circunstancias económica de la empresa".
Otras cláusulas son la conversión de contratados en prácticas -por formación
profesional- en contratos temporales durante un período determinado -por lo
general un año-. Establecimiento de nuevos subgrupos de categorías profesionales,
con inferiores salarios, a cambio de preferencia en la contratación de
familiares de los trabajadores ya fijos. Asimismo, en los convenios existe una
especificación del número de nuevos contratos. Especialmente se establece y
concreta el número cuando se trata de pasar de trabajadores temporales a
trabajadores fijos.
La negociación colectiva en materia de empleo no se suele tratar como un
tema aislado. En el nivel de empresa, por lo general, se suele negociar junto
con otras materias con objeto de establecer contrapartidas. Las materias por
las cuales se intercambia la creación de nuevo empleo son diversas y depende de
los niveles de negociación.
Así, en primer lugar, en el ámbito de la empresa, las principales
contrapartidas son la modificación de la jornada de trabajo, por apertura de
entidades financieras y locales comerciales en horario de tarde. Introducción
de un nuevo turno, generalmente el "quinto turno" a cambio de
creación de empleo y conversión de trabajadores temporales en fijos. Jubilación
anticipada a cambio de la contratación de un determinado volumen de jóvenes con
retribuciones salariales más bajas. Reducción del salario de los nuevos
contratados durante un periodo de tiempo determinado, que oscila entre un año
hasta cuatro años según convenios de distintas empresas. Por lo general los
nuevos contratos perciben entre un 75%-90% del salario convenio.
En segundo lugar, en los convenios de sector las contrapartidas por las
cuáles se negocia el empleo parecen menos definidas y precisas o son más bien
algo más difusas. Las principales referencias son la ampliación del contrato
eventual por periodos de tiempo más largos. Reducción salarial para los
trabajadores nuevos contratados. Y cambio de horario de oficinas y atención al
público en el caso del sector financiero.
En definitiva, a nuestro juicio la incorporación del empleo como materia de
negociación marca una inflexión en los convenios colectivos. Por un lado,
constituye una novedad propia de los años noventa y enriquece sus contenidos más
allá de los tradicionales temas salariales y de condiciones de trabajo. Pero,
por otro lado, también comporta un nuevo reto para los representantes de los
trabajadores y sindicatos, puesto que las contrapartidas pueden suponer
congelación salarial o incluso merma en los derechos laborales, cuando no
incluso abrir una brecha y diferenciación en las condiciones de trabajo entre
trabajadores antiguos y nuevos contratados que acceden al empleo con menos
derechos laborales y salarios más bajos.
3.5 Políticas activas de empleo
La orientación global de la política de empleo, que ha caracterizado más de
una década, se ha mostrado limitada y perversa. No sólo porque ha hecho más
precario y vulnerable el propio estatus del empleo, sino también porque no ha
servido para coordinar y racionalizar el uso de las llamadas políticas pasivas
por desempleo.
La respuesta a estas limitaciones en la políticas de empleo consiste en un
cambio de orientación. De modo que hoy estaríamos pasando de una política de
empleo de orientación macroeconómica a una política regional y local, que trata
de integrar las prestaciones sociales con objetivos de movilización de la
fuerza de trabajo. En otras palabras, trata de establecer una relación positiva
entre empleo y protección social. O sea, coordinar las políticas activas con
las políticas pasivas. Es decir, el objetivo gubernamental es hacer retornar a
la actividad al desempleado, y no sólo ofrecer una cobertura pasiva al
desempleo. Estas políticas activas tratan de hacer hincapié en los colectivos
en situación precaria y más difícilmente integrables, como son los mayores de
45 años, parados de larga duración, mujeres, jóvenes y minusválidos. En este
sentido, uno de los signos distintivos de la reorientación en materia de
política de empleo es la concepción integrada de políticas activas y pasivas.
El otro signo distintivo es una cierta tendencia a descentralizar
territorialmente las iniciativas de creación de empleo. Así, en el ámbito
territorial, la posible generación de nuevo empleo está asociada al desarrollo
local y cuenta con la participación de sindicatos, asociaciones empresariales e
instituciones locales.
En otras palabras, parece configurarse una tendencia a lo que se ha venido
llamando meso-concertación en el ámbito local y territorial como un nuevo
espacio de interlocuación entre sindicatos, empresarios e instituciones locales
(gobiernos regionales, entidades comarcales e incluso municipales).
3.5.1 Principales líneas de las políticas activas
Las políticas de desarrollo local y el impulso de las políticas activas de
empleo consisten en la combinación de una serie de medidas interrelacionadas,
como son la promoción de iniciativas locales, la mejora de los sistemas de
información entre oferta y demanda en el mercado de trabajo, medidas fiscales,
incentivos a la inversión, búsqueda de nuevas formas de empleo y la mejora de
la oferta de formación profesional y ocupacional. Así se pone de relieve en
distintas experiencias de ámbito territorial.
a) Promoción iniciativas locales
En primer lugar, el gobierno central ha puesto en marcha, desde 1994, un
programa de promoción de iniciativas locales de empleo, que concede
asesoramiento y subvenciones a la puesta en funcionamiento de proyectos viables
para pequeñas y medianas empresas. Estas medidas están encaminadas a la
revitalización de las economías locales y en particular a la búsqueda de
"nuevos yacimientos de empleo" asociados a las características del
territorio. En otras palabras, se trata de un enfoque desde abajo, desde lo
local, en lugar desde arriba y de forma centralizada como hasta ahora ha venido
siendo habitual.
En este sentido, las políticas activas de empleo están asociada a las
pequeñas y medianas empresas, a las cooperativas y sociedades anónimas
laborales, a la figura de los autónomos y trabajadores por cuenta propia. Estas
políticas se han concertado con la colaboración de sindicatos y empresarios,
pero su eficacia real en términos de generación de empleo es muy modesto.
b) Mejorar los sistemas de información y observatorios del mercado
de trabajo.
En segundo lugar, destaca una medida más o menos común en las distintas
experiencias -y sugeridas también por las autoridades centrales- consistente en
mejorar los sistemas de información entre oferta y demanda en el ámbito local,
mediante el impulso de observatorios de empleo a nivel territorial.
También en el ámbito territorial comienzan a emerger otras experiencias de
dinamización para la búsqueda de empleo. En este sentido adquiere importancia,
al menos como novedad, los "Clubs de Trabajo". Consiste en puntos de
reunión donde se ofrece información sobre ofertas de empleo, así como formación
dirigida a la presentación del curriculum y técnicas elementales de
comunicación. La información sobre la oferta de empleo se recoge y trabaja en
equipo por los propios demandantes. Estas tareas están coordinadas por un
monitor y constituye una adaptación de la experiencia británica de los Jobs
Clubs.
Otra novedad en la intermediación es la institución de programas
personalizados de empleo para determinados colectivos de difícil inserción
laboral; lo que se plasma en el Plan Sipes (Servicio Integrado de Empleo) del
Ministerio de Trabajo y contempla la posibilidad de contratación incentivada o
empleo subvencionado. La gestión del Plan Sipes corre a cargo de los
Ayuntamientos y se vincula con las Casas de Oficios, cuya finalidad es
compartir la formación de jóvenes -en oficios artesanales y profesiones- con la
reconstrucción de espacios de utilidad pública, tales como la reconstrucción de
edificios históricos, reparación de parques y jardines, etc.
c) Políticas fiscales e incentivos a la inversión.
La tercera línea de actuación es a través de las políticas fiscales, ayudas o
inversiones directas en las empresas e incluso imponiendo cuotas de inversión a
las entidades de ahorro para generar empleo y promover el desarrollo de
sectores estratégico para la economía regional. Así, se puede constatar la
paradoja de un creciente intervencionismo económico de los gobiernos
regionales, al tiempo que se proclama desde el gobierno central la
no-intervención económica.
Asimismo, los gobiernos regionales vienen impulsando en los últimos años
otras líneas de actuación, como el desarrollo del comercio y la exportación.
d) Formación Profesional y Formación Ocupacional.
La cuarta vía de actuación, en materia de políticas activas, es a través de la
Formación Profesional y su reordenación, puesta en marcha en 1993-96. El
criterio es acercar más la FP a la demanda de las empresas, a las necesidades
del mercado de trabajo. Además de elaboración de un nuevo catálogo de títulos.
Igualmente se ha planteado la aprobación del repertorio Nacional de
Certificados de Profesionalidad, cuyo objetivo es coordinar y convalidar los
títulos concedidos en los distintos subsistemas de FP para facilitar la
movilidad de la población activa.
Por otra parte, se pretende que la Formación Ocupacional juegue también un
papel importante como mecanismo de ajuste rápido entre oferta y demanda de
formación y reciclaje profesional. Especialmente en el ámbito local debido a su
mayor velocidad de ajuste respecto a la Formación Profesional Reglada.
También en el ámbito de lo local tiene una contribución formativa las
Escuelas-Taller y las Casas de Oficios, financiadas por el Plan SIPES y
vinculadas a los ayuntamientos. La actividad de estas instituciones locales
está destinada especialmente a colectivos de jóvenes con fracaso escolar,
estudios inacabados y dificultades de acceso al empleo.
ALGUNAS CONCLUSIONES
1. Primer escenario: En el período 1978-86 el método
hegemónico ha sido la concertación. Parece indiscutible que los pactos
sociales, siguiendo la metodología tripartita, han contribuido a encauzar y
consolidar la democracia en España. Especialmente en el sentido de lo que se
podría denomina rituales simbólicos y ceremonias de reconciliación nacional, de
forma que los oficiantes han sido los actores y el escenario de ceremonias el
sistema de relaciones industriales. Pero ello no debería hacer olvidar su eficacia
económica, al menos en lo que se refiere a la contención de la inflación.
En otras palabras, el "intercambio político" quizás han tenido más
significación en términos de legitimación política, que contenidos en términos
de contrapartidas sociales y económicas para las bases de representación de los
actores. Pero además, quizás sería inapropiado denominar esta experiencia de
concertación como neocorporatista.
2. Segundo escenario: En el período 1986-1990, se relega el
método de la concertación en favor del mercado. Dos elementos distinguirá la
política laboral: la moderación salarial y la flexibilización del empleo,
materias que, por cierto, también ha estado presentes en el contenidos de todos
los pactos sociales.
Pero particularmente, desde mediados la década de los ochenta la política de
empleo se ha venido caracterizando por una progresiva flexibilización del
circuito del empleo. Esto es el acceso, la estancia y la salida. La política de
flexibilización en el acceso al empleo ha ido sucesivamente eliminando el
principio de causalidad en la contratación. A pesar de la flexibilización en el
acceso al empleo, las altas tasas de temporalidad han coexistido también con
una alta tasa de desempleo. Es decir, las distintas modalidades de contrato y
la reducción de las cláusulas de causalidad han sido insuficientes para crear
empleo neto. Por el contrario, a la larga esta política flexibilizadora
mostrará sus efectos perversos sobre la economía.
3. Tercer escenario: En la década de los noventa, y en
particular con las reformas laborales de 1994 y 1997 se abre una tendencia
metodológica de signo opuesto a la primera: limitación en el contenido de los
pactos, no participación directa del gobierno en los mismos, disminución de la
regulación del mercado de trabajo, descentralización de la negociación
colectiva y énfasis en las políticas activas de empleo.
Los resultados de esta tendencia son aún poco conocidos. En principio
algunos estudios han apuntado el riesgo de dispersión en los contenidos de la
negociación colectiva. Lo que comportaría una posible ruptura de unos mínimos
principios de armonización de las condiciones de trabajo entre los distintos
convenios colectivos. En contrapunto, se corre el riesgo de acentuar las
diferencias entre distintos colectivos o segmentos de empleo. Cuestión que
podrá redundar en un aumento de la "balkanización" de la fuerza de
trabajo en favor de particularismos. Y, en cierto modo, abriría las puertas un
nuevo tipo de sindicalismo "microcorporatista" o en términos de
"bussines unionism", que acentuaría aún más las diferencias entre los
distintos segmentos y colectivos del mercado de trabajo.
Tampoco la evaluación de las políticas activas locales de empleo es
optimista. En primer lugar, esta nueva orientación en la política de empleo
tiene también sus límites y no constituye una panacea para resolver problemas
que en el fondo son de mayor envergadura. La primera dificultad es la falta de
estructuración de los agentes sociales en el territorio. Una de las
constataciones más frecuente es la debilidad asociativa del pequeño
empresariado local, con escasa formación técnica y profesional y una cultura
paternalista de las relaciones laborales. Mientras que los sindicatos, por su
parte, carecen muchas veces carece de representación y estructura organizativa
consolidada en el territorio. Por consiguiente, esta falta de estructuración
implica simplemente que no hay interlocutores válidos y representativos para
poder comprometerse e impulsar los pactos locales y territoriales.
El segundo lugar, la falta de suficientes recursos financieros y públicos
para impulsar la inversión local. Y, en tercer lugar, hay que hacer constar la
debilidad de los instrumentos necesarios para el impulso del desarrollo local.
Así, en el ámbito territorial no se tiene las atribuciones ni se puede hacer
uso de las políticas monetarias expansivas, como ha sido tradicional desde los
enfoques macroeconómicos de las políticas de empleo. Otra dificultad es el
limitado margen de uso que tienen las políticas fiscales en el ámbito
territorial, puesto que al fin y a la postre las atribuciones sustantivas en
fiscalidad corresponde a los gobiernos centrales. En todo caso, las políticas
locales quizás puedan tener un papel complementario con otras políticas
macroeconómicas. Tanto el Estado, como los gobiernos regionales están
seriamente limitados para potenciar el empleo. Quizás el impulso del empleo se
tendría que tomar desde otras instituciones supranacionales en el marco de la
Unión Europea.
Montevideo, noviembre 1997
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