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¿Qué evaluamos cuando evaluamos?

La hora de la verdad... ¿es la del aprendizaje o la de la evaluación?

CLAUDIO FABIAN LOGUARRO.

Un excelente trabajo puso en evidencia, entre otros, la complejidad del proceso de enseñanza-aprendizaje en sus distintos niveles (1) y vuelca la mirada y obliga a reflexionar sobre algunas actitudes que consciente o inconscientemente llevamos a cabo en nuestra tarea docente, en este caso cuando llega el “gran momento de la prueba”. 

Es muy humano resistirse a revisar lo que “siempre ha sido entendido así”; por otro lado, para evitar cualquier atisbo de dogmatismo lo que hoy pensamos , mañana va a ser puesto en tela de juicio , repensado y sujeto a nuevas críticas (2).

Ahora bien, no descubrimos nada si decimos que lo más urgente para los alumnos es su “nota” y esto provoca, en muchos casos, situaciones conflictivas que en la mayoría de las veces no se resuelven de una manera legítima y democrática. Al menos esa es la sensación que se tiene por parte de los destinatarios de nuestra actividad y esto no debe ignorarse. 

Especialistas en la materia invitan a repensar las siguientes cuestiones: 

SOLO SE EVALÚA AL ALUMNO.

En este tema sí es protagonista el alumno. 

Se le dan los resultados, prácticamente inapelables y, en general, se lo considera el único responsable de los mismos. 

SE EVALUA PRINCIPALMENTE LA VERTIENTE NEGATIVA. 

En la práctica habitual del docente la evaluación está marcada por las correcciones. El subrayado de las faltas o errores cometidos es mucho más frecuente que la explícita valoración de lo acertado. 

SE EVALÚA CUANTITATIVAMENTE.

La pretensión de atribuir números a realidades complejas es un fenómeno cargado de trampas en el área de la educación. 

El peligro de la evaluación cuantitativa no es solamente la imprecisión sino –y sobre todo- la apariencia de rigor. “La asignación de números de una manera mecánica, como es común en los procedimientos cuantitativos, no garantiza la objetividad” (Cook, l986). Pero, como aparentemente tiene objetividad, genera en los usuarios y destinatarios una tranquilidad mayor que mata las preguntas más hondas.

Por otra parte, el autor aclara que no existe mayor arbitrariedad que la de querer “medir” de la misma forma a personas que son radicalmente diferentes. 

SE EVALÚA DE FORMA INCOHERENTE CON EL PROCESO DE ENSEÑANZA/APRENDIZAJE. 

La incoherencia se establece cuando se quiere realizar un aprendizaje por comprensión y se realiza luego una prueba de carácter memorístico, rígido y repetitivo.

SE EVALÚA ESTEREOTIPADAMENTE.

Los profesores repiten una y otra vez sus esquemas de evaluación. Cada año los alumnos se preocupan de saber cuál es la costumbre evaluadora del profesor. De forma casi automática, el profesor repite sus fórmulas.

NO SE EVALÚA ÉTICAMENTE. 

Además de los problemas técnicos acechan al proceso evaluador numerosos conflictos de carácter ético. La evaluación puede convertirse en un instrumento de opresión. 

Lamentablemente, la “hora de la verdad” no es la del aprendizaje sino la de la evaluación. 

La evaluación ha sido un instrumento de control, de amenaza e, incluso, de venganza, respecto a algunos alumnos que se han permitido ejercitar el derecho a la crítica, a la discrepancia o la indisciplina.

SE EVALÚA PARA CONTROLAR.

La evaluación en educación, paradójicamente, no suele ser educativa. No repercute en la mejora del proceso. La evaluación se cierra sobre sí misma, constituye un punto final. 

Cuando los profesores se niegan a explicar a sus alumnos de dónde proceden las calificaciones que les han atribuido, están desaprovechando un buen elemento de aprendizaje.

SE EVALÚA PARA CONSERVAR.

La evaluación suele cerrarse sobre sí misma, limitándose a desarrollar una función sancionadora. En este sentido, no impulsa el cambio.

Pero, hay algo más grave, escondido en la patología de su funcionalidad. Si los malos resultados o el mal funcionamiento del proceso se pueden atribuir libremente (arbitrariamente) a quien se quiera con la apariencia de objetividad, rigor científico yargumento de autoridad, el“interesado en no cambiar” que, a la postre, tiene en su poder la interpretación de la evaluación, podrá mantener tranquilamente su situación.

NO SE EVALÚA DESDE FUERA.

Una experiencia educativa necesita la evaluación externa para poder realizar una mejora sustantiva. No hacerlo así significa cerrar el horizonte valorativo y arriesgarse a la miopía y a la deformación óptica del que mira algo que está sobre sus mismos ojos.

Cerrar el círculo de la planificación de objetivos, métodos, evaluación, desde la exclusiva mirada del protagonista del proceso entraña el riesgo de quedarse atrapado en la propia limitación. 

NO SE HACE AUTOEVALUACIÓN.

La autoevaluación es un proceso de autocrítica que genera unos hábitos enriquecedores de reflexión sobre la propia realidad.

Dice Popper que realizamos más progresos al reflexionar sobre nuestros errores que al descansar en nuestras virtudes.

En nuestro intento por ser mejores docentes no debemos esquivar situaciones problemáticas ni tomar atajo alguno, incluso someter a evaluación nuestro propio sistema evaluativo; no tengo dudas que nuestro que-hacer docente saldrá beneficiado y esto interesa no sólo a los profesores. 

1) PATOLOGIA GENERAL DE LA EVALUACION EDUCATIVA.

Autor: Santos Guerras, Miguel Angel; “la evaluación: Un proceso de diálogo, comprensión y mejora”, Ediciones. Aljibe, Bs.As.Año 1998 págs.15 a 31.

2) Esta manera en que se desarrollan las cosas posibilitó, por ejemplo, darnos cuenta que la tierra no es chata (G.Frigerio, Cara a Cara).



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