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Llegaron recientemente a mis manos sendos artículos publicados en "New Republic"
(14/10/00) "Lo que aprendí de la crisis económica mundial", por Joseph Stiglitz,
y otro suscripto por Greg Palast, publicado por "The Observer", de Londres
(14/10/01), basado en un extenso reportaje al Premio Nobel de Economía.
Stiglitz no milita en el Polo Social ni en el Partido Obrero, sino que integró
el Consejo de Asesores Económicos de Bill Clinton (1993/1997), recibió
recientemente el Premio Nobel de Economía y fue jefe de economistas y
vice-presidente del Banco Mundial, hasta que fue despedido y excomulgado por sus
cuestionamientos a la política de asistencia económica a los países emergentes.
Este "insider" ("de adentro") expone que la crisis económica mundial comenzó en
Tailandia en 1997. Los países del Oriente asiático venían de tres décadas
maravillosas, con sustanciales mejoras en los niveles de ingresos, salud,
alfabetismo y disminución de la pobreza. Pero la semilla de la calamidad
subyacía desde principios de los "90, cuando liberalizaron los mercados
financieros y de capitales, no porque lo necesitaran (ya que tenían una tasa de
ahorro del 30%), sino por la presión internacional que incluyó al Tesoro de los
EE. UU. Estos cambios provocaron un alud de capitales de corto plazo -que son
los que persiguen un retorno inmediato-, dando lugar a un "boom" de los valores
inmobiliarios imposible de mantener, generando una burbuja que explotó con la
salida apresurada de los mismos capitales ante los primeros signos de
perturbación.
Se impuso a Tailandia la misma política de austeridad y equilibrio fiscal que
precondicionó las ayudas a los países latinoamericanos en los "80, agravando la
situación crítica y extendiéndola a otras naciones asiáticas. Las altas tasas de
interés devastaron las empresas endeudadas, llevándolas a la quiebra, y la
reducción del gasto público sólo sirvió para comprimir aún más las economías.
El articulista relata sus esfuerzos vanos por convencer a los funcionarios del
FMI de la necesidad de revertir tales políticas, particularmente cuando la
crisis se extendió a Indonesia, país cuyos conflictos étnicos tornaban
particularmente explosivo. La política de ajuste llegó hasta la eliminación de
subsidios sobre elementos de primera necesidad, tales como la comida y los
combustibles, justo en un momento en que tales subsidios se precisaban
desesperadamente. En la primavera y el verano de 1998, la crisis se extendió a
Rusia. En este país, tras la caída del Muro de Berlín, confluyeron economistas
occidentales de distinta orientación para aconsejar sobre la transición hacia la
economía de mercado. Lamentablemente, dice Stiglitz, triunfaron quienes
promovían una rápida privatización, lo que permitió que una pequeña oligarquía
local se apoderara de las industrias y servicios de propiedad estatal. Mientras
el gobierno carecía de dinero para pagar las jubilaciones, estos oligarcas
remesaban dinero obtenido del desguace y de la venta de los recursos del país,
hacia sus cuentas bancarias de Chipre y Suiza.
Greg Palast da cuenta de información confidencial obtenida del Banco Mundial, de
la que puede extraerse una suerte de "modelo de estrategia tipo en cuatro
etapas, para la asistencia financiera de los países emergentes".
El primer paso es la "privatización", que Stiglitz denomina "briberization"
("coimización" o "sobornización") y que conocemos bien en la Argentina.
El segundo paso en lo que llama "estrategia de talle único aplicable a todos,
para el rescate de la economía", consiste en la liberalización de los mercados
de capitales: teóricamente la desregulación del mercado permite que los
capitales entren y salgan, generando lo que Stiglitz denomina "Círculo de plata
caliente": el efectivo entra para especular con la compra de inmuebles y
usufructuar de la renta financiera, y huye ante el primer síntoma de
perturbación, drenando en horas o días las reservas financieras del país. Es
entonces cuando el FMI exige a esas naciones que incrementen las tasas de
interés en un 30%, 50% u 80%, para intentar seducir a los especuladores a
restituir al país sus propios capitales.
A esta altura el FMI lanza el tercer paso: "precios fijados por el mercado", que
es un eufemismo para aludir al alza de los precios de los productos esenciales,
tales como la comida, el gas para cocinar y el agua potable. Esto lleva al paso
"tres y medio": las protestas contra el FMI, tal como ocurrió en Indonesia y
Ecuador -donde la "dolarización" impuesta llevó al 51% de la población por
debajo del límite de pobreza-, dando la impresión de que este tipo de reacción
popular forma parte del plan.
Es entonces cuando se llega al cuarto paso, que el FMI y el BM denominan
"estrategia para reducir la pobreza": el libre comercio, según las pautas del BM
y la OMC, proceso que Stiglitz compara con las Guerras del Opio, y que en
nosotros evoca a las Invasiones Inglesas al Río de la Plata, ya que ambas
esgrimieron la bandera del libre comercio. Tal como en el siglo XIX, los
europeos y norteamericanos arremeten contra las barreras arancelarias de Asia,
Africa y América Latina, mientras protegen sus mercados internos contra la
producción agrícola del Tercer Mundo. También cuestiona Stiglitz la presión en
pro del reconocimiento de la propiedad intelectual sobre medicamentos, sin
importar la vida o la muerte de las personas privadas a acceder a ellos.
Quizás pueda decirse que se trata de planteos esquemáticos, pero indudablemente
la visión crítica que expone uno de los ideólogos y artífices de la "Nueva
Economía" corrobora la apreciación de que nuestras desdichas del presente no son
casuales ni plenamente imputables a nuestra ineptitud y corrupción. No se trata
quizás de un plan maligno, pero sí de una estrategia equivocada, cuyos
resultados son previsibles. Alguien comparó la arrogancia y obcecación de los
funcionarios del FMI -que diagnostican sobre la realidad de los países sobre la
base de análisis "in situ" llevados a cabo por funcionarios de tercer orden
(Teresa Ter?) alojados en hoteles de cinco estrellas, con aquellos médicos que
antiguamente practicaban la sangría como método terapéutico y solían explicar la
muerte del paciente desangrado, diciendo: "Se murió porque no alcanzamos a
sacarle toda la sangre".
La visión crítica de Stiglitz frente al accionar coordinado del Banco Mundial
-cuyo propietario en el 51% es el Tesoro de los EE. UU.-, el Fondo Monetario
Internacional y la Organización Mundial de Comercio -que no son sino
manifestaciones especializadas de una misma estructura de poder, según el mismo
autor-, por no provenir de un "progresista vernáculo", promueve la toma de
conciencia de la realidad, que es el presupuesto para abordar un cambio de rumbo
que nos permita orientarnos hacia la salida del túnel.
La escalada de la guerra contra el terrorismo y el riesgo de una confrontación
entre civilizaciones -cuyos resultados son impredecibles- debe persuadirnos a
apurar los pasos rectificatorios contra las desigualdades, las necesidades
insatisfechas de las grandes masas poblacionales y en pro de un futuro mejor
para nuestros hijos, a quienes ya ni siquiera les está quedando la opción de
emigrar.
(*) Camarista en la Justicia neuquina
Publicado en Río Negro On Line, 25 de Octubre de 2001.
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