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Democracia en la empresa |
De Rodolfo Jorge Brieba
El ideario democrático ha impregnado las conductas debidas de las últimas décadas. Esto así hasta proclamarse que es un “estilo de vida” que debe presidir todos y cada uno de los actos de las “gentes”. Por tanto, ha penetrado obligacionalmente y obligatoriamente en cada uno de los seres humanos, al menos en el plano del “deber ser”.
En cuanto al “ser” bien puede ser lo contrario, pero siempre es útil la bendición cristiana o no de los poderes mundialistas, pues la patente de democrático/a sirve a unos pocos para todo.
China es democrática a pesar de las matanzas de la Plaza o las hambrunas que somete a su pueblo. Arabia Saudita es democrática aún, cuando condene a muerte la mera difusión del cristianismo o sus símbolos. EE.UU es democrática a pesar de las proscripciones internas, el fraude electoral (Bush v.s Gore), las decenas de penas de muerte decretadas por sus tribunales de justicia. Holanda es democrática, magüer la legalización del aborto.
Como dice el refrán popular “Todo es según el color del cristal con que se mira”.
Saddam Husseim fue tan democrático que los EE.UU le prestaron abundante ayuda militar y financiera, en tanto y en cuanto combatió tenazmente a Irán, generando una enorme sangría de millones de seres humanos...y mayor ganancia de muchos miles de millones de dólares para la industria armamentista (defensa nacional, como la denominan).
Más luego, dejó de serlo instantáneamente y se transformó en el monstruo que iba a someter a la humanidad: era un tirano.
Otro tanto aconteció con los talibanes “sospechosos terroristas”.
La escuela misma se impregnó de democratismo, pues los directores y maestros están “acotados” (al decir de los ideólogos de la nueva pedagogía) en aras a la imprescindible libertad de los alumnos y al “desarrollo de su personalidad”. Todo debe ser consensuado y debe haber mediación educacional (nuevo curro de los comunicadores).
Ni que hablar de la familia en tanto subsistente, pues los organismos sanitarios públicos deben asesorar a los/as jóvenes el evitar embarazos (como si estos fueran una enfermedad). Y los padres no pueden decir ni chito, pues pasan a ser castradores, machistas, déspotas... antidemocráticos.
Eso sí: hay un ámbito donde jamás ha entrado ni polvillo ni halo alguno democratista: la empresa privada o pública (donde perdura).
La empresa es vertical como el Sacro Imperio Romano Germánico, la horda mongol, la Rusia de los Zares, la invasión islámica.
En ella el Directorio tiene siempre la última palabra... y también la primera. Su presidente es tal, solo en tanto y cuanto vocero y ejecutor de su palabra y decisión. Y tiene la ventaja que el Directorio es anónimo, lo que le garantiza la impunidad, lo que no es poca ventaja respecto de Genghis Kan, Nicolás II, Mahoma.
La empresa no rinde cuentas a Dios ni al demonio, al Estado ni a la Comunidad. En aras al lucro le es lícito coimear, defraudar, eludir, fraguar, explotar...como es un ente ideal o abstracto nunca es responsable penalmente y no son punibles sus integrantes directores. La sociedad comercial nunca sufre prisión. Tampoco sus directivos.
Quienes más afectados están por el poco democratismo de la empresa son los trabajadores.
Ellos aportan lo más valioso que es la persona, pero no tienen ni voz ni voto. Si eventualmente son escuchados, ello constituye una mera formalidad. Son una pieza más del engranaje. Por lo tanto, cuando se considera que no sirven, se los excluye y, con muy buena suerte cobran una indemnización.
A nadie se le ocurrió que el democratismo, si se fuera consecuente con esta ley obligatoria de juego, debería constituir el basamento de la empresa. Y en la elección de sus autoridades, diseño de sus proyectos, fijación de sus políticas en diversos ámbitos, etc. deberían intervenir, al menos, sus trabajadores, sus proveedores, los consumidores de sus productos.
El democratismo es hijo del contractualismo y si este es el origen del constitucionalismo moderno ¡Cómo ha de ser menos en el plano del derecho privado o comercial!
Más arriba se afirmó que “lo más valioso es la persona”. La historia reciente lo acredita.
Cuando Alemania cayó derrotada ante la entente mundial, sus empresas fueron devastadas no sólo por el fuego enemigo sino también por el desmontaje de fábricas íntegras que los triunfadores llevaron a sus territorios.
Pero, a pesar de las bajas civiles, quedaron jefes, técnicos, empleados, obreros... Ellos se asociaron para reanudar la producción y sus emprendimientos constituyeron las bases de la poderosa Alemania industrial y comercial actual.
Pero este es otro tema.
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