| ñ | a indice |
ESTUDIOS PARA LA COMPRENSIÓN
DE LA ARGENTINA CONTEMPORANEA
CLAUDIO EDUARDO ANDINO
1.-
LOS AÑOS FORMADORES DEL
CARACTER NACIONAL 1853-1943. (*)
(*)
El trabajo base del presente lo constituyó una monografía
de investigación preparada para el Doctorado en Sociología
del Trabajo de la Universidad Argentina de la Empresa, asignatura “Historia
Social Argentina””, del Prof. Pascual Lencina i Pujol, 1997, Revisión
a Marzo de 2001.
CONTENIDO:
1.- Necesarias aclaraciones.
I.- Período 1853-1916. Etapa de la ciudadanía formal.
I.1.- La Argentina post-Caseros y la Generación del '80.
I.2.- Estructura socioeconómica.
I.3.- Crisis y agonía
del régimen.
II.- Período 1916-1930. Etapa de la ciudadanía política.
II.1.- Yrigoyen y Alvear: personalismos y antipersonalismos.
II.2.- Segunda presidencia de Yrigoyen.
II.3.- Cambios socioeconómicos.
III.- Período 1930-1943. Primera restauración conservadora.
III.1.- Un dilema a la Argentina: nacionalistas oligárquicos o liberales intervencionistas.
III.2.- Los cambios que
preanuncian la etapa de la ciudadanía social.
2.- Conclusiones.
3.- Referencias bibliográficas.
4.- Apéndice.
* Cuadro Nº 1: Saldos inmigratorios argentinos 1857-1954.
* Cuadro Nº 2: Familias
predominantes en seis provincias norteñas 1880-1916.
Situación de los trabajadores
* Cuadro Nº 3.1.: Sociedades de socorros mutuos en la Capital Federal 1906/11.
* Cuadro Nº 3.2.: La clase obrera en Buenos Aires en 1898.
* Cuadro Nº 3.3.: Algunos gremios en la Huelga General de 1907.
* Cuadro Nº 3.4.: Accidentes de trabajo en la industria (Capital Federal 1907/12).
* Cuadro Nº 3.5.: Presupuesto familiar y salarios industriales 1916-1922.
* Cuadro Nº 3.6.:
Huelgas lapso 1916-1922.
* Cuadro Nº 4: Retroceso industrial en provincias norteñas 1914/1935.
* Cuadro Nº 5: Totales industrialización nacional 1914/1937.
* Cuadro Nº 6: Actividad industrial lapso 1935-1943.
* Cuadro Nº 7.1.: Evolución de la población urbana en la Argentina 1869-1939
* Cuadro Nº 7.2.: Distribución de la población activa argentina 1914-38.
* Cuadro Nº 7.3.:
Población del Gran Buenos Aires 1869-1952.
1.- NECESARIAS ACLARACIONES:
“Todo
régimen político tiene una lógica implícita”
(NATALIO
R. BOTANA, “El Orden Conservador”)
A fin de contribuir a la
mejor aprehensión del objeto de nuestro estudio, se realizará
una breve síntesis de las etapas sociopolíticas resultantes
en nuestro país desde los inicios de la organización institucional
(1853) hasta el fin de la primera restauración conservadora (1943).
Los restantes perío-dos, que no habremos de tratar, los denominamos
“Etapa de la ciudadanía social” (1943-1955), la “inestabilidad institucional”
(1955-1989) y “la segunda restauración conservadora” (1989 a nuestros
días), no obstante lo cual, por la necesaria extensión que
supone su desarrollo y análisis, estos períodos no serán
objeto de tratamiento de nuestra parte.
La brevedad que nos proponemos,
conlleva asimismo numerosas omisiones, tanto históricas como de
hechos sociales, que desde ya asumimos, dado que sólo hemos elegido
consignar aquellas circunstancias que nos resultan útiles al objeto
de nuestra investigación.
Se tomará como
base el desarrollo conceptual de Lencina i Pujol (1) que entendemos se
adapta a nuestras necesidades expositivas, con los aportes de los autores
que en cada caso se citan.
Por otra parte, estimamos
necesario definir algunos conceptos en base a la terminología sociológica
corriente, que ayudarán a comprender el pasado nacional proyectado
hacia los sucesos del presente y –por carácter traslaticio- coadyuvar
a una mejor interpretación de este último. Dichos conceptos
se expresan a renglón seguido.
Anomia.
Concepto elaborado por Durkheim en 1897 y particularmente de su estudio
sobre el suicidio. Identificaba al sistema social anómico por una
quiebra relativa del orden normativo, una falta de regulación moral
sobre las tendencias y pasiones humanas. Hizo evidente que las sociedades
anómicas se caracterizan por una elevada tasa de conductas desviadas
y de comportamientos autodestructivos, incluyendo el suicidio. Es una “patología”
no del sistema instrumental, sino del sistema normativo colectivo.
Nosotros empleamos el desarrollo posterior efectuado por Thomas y Znaniecki en su obra “The Polish Peasant” (1920), acerca de la pérdida de la fuerza reguladora que pueden experimentar las normas sociales en determinadas circunstancias.
En la sociedad moderna
es un hecho que numerosas personas o grupos viven en conflicto con las
normas sociales y jurídicas. Este conflicto entre normas y conductas
puede llevar en ciertos casos a la anomia, es decir al resquebrajamiento
del orden normativo que, en situaciones límites, puede convertirse
en crónico.
Completando estas ideas Merton (1949, Social Theory and Social Structure) sostenía que todo comportamiento aberrante desde el punto de vista normativo podía ser considerado sociológicamente como un síntoma de disociación entre las aspiraciones culturalmente fomentadas y los medios socialmente estructurados (de los que el Derecho es una manifestación específica),de realizar esas aspiraciones.
La anomia se
evidencia también como el sustrato o fuente interna de la tensión
social, es decir la inadecuación de los patrones culturales de la
interacción social, tal como se manifiesta en la incertidumbre y
en la ansiedad de cada individuo sobre los derechos y obligaciones
que como actor social posee y sobre el funcionamiento del sistema social,
en tanto que éste afecta a grupos y categorías sociales determinados
y a los papeles personales.
Tomando uno de los
sentidos del concepto inadecuación -otra fuente interna de
tensión social- la inconsistencia entre diversos niveles de la misma
estructura, resulta similar a la anomia: el programa implícito en
el sistema de valores se ha llevado a la práctica inadecuadamente.
La anomia, no obstante,
en el sentido estricto que aquí emplearemos, está en conexión
con dos posibles causas. La primera es un aspecto de una de las
fuentes de tensión ya mencionadas: el impacto de la situación
sobre el sistema social. Un súbito aumento del desempleo, p.ej.,
o una amenaza brusca procedente de otro sistema social -vgr. la intempestiva
concentración de poder o distribución de ingresos en un sector
social en detrimento de otros- pueden producir confusión o desmadres
en torno al comportamiento anteriormente deseable. Es posible que
exista un acuerdo sobre la necesidad de hacer algo, pero hasta que
el proceso político no haya tenido oportunidad de concretar
decisiones vinculantes y medidas efectivas, es muy probable que en dicho
interregno se produzca una considerable confusión, que se pondrá
de manifiesto a través de ideas falsas o exageradas sobre las causas
y alcances de la situación, los derechos y obligaciones de los actores
interactuantes en el sistema en cuestión.
La segunda causa general de anomia, en el sentido estricto que aquí emplearemos, es el hecho que las adaptaciones al cambio social exigen tiempo. Puesto que una de las características del sistema es la interdependencia de sus partes, el cambio operado en una de ellas tenderá a producir una especie de tensión de transición, que se prolongará hasta que las restantes partes del sistema sufran también los efectos de este primer cambio. Durante este período de transición, que puede durar mucho tiempo, se registrará una cierta dosis de anomia, es decir, de ausencia de claridad en las expectativas. Es posible que esta tensión se refleje después en la ideología o en otras formas de conducta.
Estudios de la década
del ‘50 y posteriores (Srole, 1956; McClosky y Schaar, 1965), han extendido
las formulaciones de Durkheim hasta llegar a la inclusión del concepto
de personalidad anómica. En ellos, la anomia es considerada
como función de la personalidad y a la vez de las condiciones sociales.
Hallaron correlaciones significativas entre la anomia y el autoritarismo,
el etnocentrismo, la alienación, el extremismo político,
el sentimiento de futilidad política, la misantropía, la
desconfianza y la punitividad.
En cuanto a las modalidades
de la anomia las mismas pueden configurarse en las siguientes: a) la ausencia
absoluta o mayoritaria de conductas valiosas o de normas jurídicas,
lo que configura crisis moral o anarquía según el caso; b)
la existencia de valores o conductas impuestas por grupos dominantes sobre
grupos dominados (exclusión y desigualdades sociales o “derecho
injusto”) en el que las normas existen pero atienden sólo a intereses
particulares; c) existen normas y valores que cubren las expectativas y
necesidades de los actores sociales en su conjunto y gozan de su consenso
pero los mismos son meramente declamativos, teniendo vigencia para pocos
de esos grupos o individuos (“hipocresía social”, instituciones
únicamente formales o desigualdades jurídicas de hecho);
d) combinaciones entre dos o los tres grupos anteriores.
De tal modo, la anomia
aparecería como un concepto relevante para el análisis de
la personalidad y de la ideología política de una sociedad
dada.
Comportamiento
desviado. Es aquel que viola las normas o las expectativas
de un sistema social. Este es el uso más común del término
y en este sentido se empleará en el presente trabajo. Así
considerado, el delito es el prototipo del comportamiento desviado y por
eso las investigaciones teóricas y empíricas sobre
este problema se han centrado principalmente en su estudio.
Sin embargo, las reglas
normativas son inherentes a la naturaleza de todos los sistemas sociales
y no resultan sino una clase de preceptos cuya violación da
lugar al comportamiento desviado.
Consenso.
Se trata de una condición determinada del sistema de creencias de
una sociedad. Existe consenso cuando una gran proporción de los
miembros adultos de una sociedad, o mejor, una gran proporción de
quienes participan en las decisiones relativas a la distribución
de autoridad, status, derechos, riqueza y renta, así como de otros
bienes y valores escasos e importantes, distribución que podría
provocar conflicto, están mas o menos de acuerdo acerca de qué
decisiones deben adoptarse y, además, se sienten unidos de alguna
manera entre sí y con la sociedad como conjunto. Aquí, pues,
vamos a considerar solamente la condición consensual de una sociedad,
esto es el consenso macrosocial.
Los tres elementos
fundamentales para que se dé el consenso son: 1) un grado importante
de aceptación común de leyes, reglas y normas de convivencia;
2) una adhesión, también significativa, a las instituciones
que promulgan y aplican las leyes y reglas estatales y 3) un generalizado
sentimiento de identidad o unidad que revela a los individuos que lo experimentan
aquéllas características respecto de las cuales son
idénticos y, por tanto, iguales. El sentimiento de identidad aminora
la importancia de las diferencias que, de otro modo, podrían dar
lugar a disensiones y sentimientos de hostilidad. Aunque estos elementos
pueden variar independientemente, la fuerza de cualquiera de ellos
contribuye a reforzar los demás.
Desobediencia
civil. Entendemos aquí
por tal concepto cualquier acto oproceso
de oposición pública a una o más leyes o políticas
adoptadas por un gobierno establecido, siempre y cuando la acción
fuere premeditada, el autor o autores tuvieren conciencia que sus actos
son ilegales o de discutible legalidad, y ella fuere llevada a cabo y mantenida
para conseguir unos fines sociales concretos, con unos medios limitados
y cuidadosamente escogidos.
La noción de
“desobediencia” presupone la existencia de una norma o políticas
gubernamentales a las que se desacatan (cualquier conducta obligatoria
que el grupo en el poder considera investida de autoridad en el sentido
que su eventual transgresión acarreará inevitablemente la
imposición de una pena).
La desobediencia puede
ser activa o pasiva, según se trate de hacer algo prohibido o de
no hacer algo ordenado. Pero para que se califique de desobediencia
civil, tal como se entiende aquí el concepto, no es suficiente el
simple incumplimiento, sino que se requiere que la acción o la omisión
fuere públicamente proclamada o llevada a cabo.
Monopolio estatal
de la violencia. Weber en una de sus conferencias (“El político
y el científico”, Ed. Colofón S.A., México D.F., 1996),
precisó que el llamado Estado moderno sólo se puede definir
sociológicamente por referencia a un medio específico que
él, como toda asociación política, posee: la violencia
física. “Todo
Estado está fundado en la violencia”,
dice nuestro autor citando a León Trotsky en Brest-Litowsk.
Continúa Weber desarrollando el concepto: “Objetivamente esto es cierto. Si solamente existieran configuraciones sociales que ignorasen el medio de la violencia, habría desaparecido el concepto de Estado y se habría instaurado lo que, en este sentido específico, llamaríamos anarquía. La violencia no es, naturalmente, ni el medio normal ni el único medio de que el Estado se vale, pero es sí su medio específico.
“Hoy, precisamente, la relación del Estado con la violencia es especialmente íntima. En el pasado las más diversas asociaciones, comenzando por la asociación familiar (Sippe), han utilizado la violencia como un medio enteramente normal. En nuestros días, por el contrario, tenemos que decir que el Estado es aquella comunidad humana que dentro de un determinado territorio (el territorio es un elemento distintivo) reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima.
“Lo distintivo de nuestro tiempo es que a todas las demás asociaciones o individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida en que el Estado lo permite. El estado es la única fuente del derecho a la violencia.
“El
Estado, como todas las asociaciones o entidades políticas que históricamente
lo han precedido, es una relación de dominación de hombres
sobre hombres, que se sostiene por medio de la violencia legítima
(es decir, de la que es considerada como tal). Para subsistir necesita,
por tanto, que losdominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes
en ese momento dominan.”
Finaliza Weber su
concepción sosteniendo que “El
Estado moderno es una asociación de dominación con carácter
institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de
un territorio la violancia física legítima como medio de
ejercer la supremacía y que para lograr esa finalidad ha reunido
todos sus medios materiales en manos de su dirigente y ha expropiado a
todos los funcionarios que antes disponían de ellos por derecho
propio, sustituyéndolos con sus propias jerarquías supremas.”
Sobre este concepto
del monopolio de la violencia por parte de las instituciones representativas
del Estado (principalmente el sistema de administración de
Justicia), se ha elaborado el moderno derecho penal occidental. La función
privativa de coerción sobre los habitantes de un Estado, la tienen
funcionarios especializados del mismo, a través de parámetros
de racionalidad, legitimidad y legalidad. Como contrapartida, resulta
prohibido, arbitrario e ilícito que un particular o grupos
sociales no estatales puedan recurrir a cualquier acto de violencia
física o de coerción espiritual sobreterceros.
Una vez desarrollados los
conceptos teóricos, se tratarán a renglón seguido
las características salientes de las nueve décadas objeto
de nuestro estudio.
I.- PERIODO 1853-1916.
ETAPA DE LA CIUDADANIA FORMAL.
Dedicaremos a este lapso
de la historia social nacional un desarrollo más exhaustivo que
a otros que le sucedieron por entender que en él se encuentran muchas
de las claves permanentes para entender nuestro presente.
I.1. La Argentina
post Caseros y la “generación del '80”. Tras Caseros y la
sanción de la Constitución de 1853 (tomada a grandes rasgos,
vía las influencias alberdianas en "Bases", de la Constitución
norteamericana de 1787), se estructura en la República Argentina
un sistema político teórico y retórico de base igualitaria,
liberal, con respeto a la propiedad privada y los derechos ciudadanos que
en la práctica quedó limitado a un muy reducido grupo de
personas.
Tal estructura, o la que
en los hechos se dio, buscaba dar solución a tres déficits
estatales que se advertían por entonces: el de la integridad terri-torial,
de la identidad nacional y el de la implementación de un régimen
polí-tico viable.
Porque, tras la sanción
del texto constitucional, subsistirán irresolutos durante varias
décadas problemas sustanciales como: el uso de las rentas de la
Aduana y el puerto de Buenos Aires, la capitalización federal de
la ciudad misma, la integración o definitiva segregación
de la provincia bonaerense -con su poderosa clase terrateniente, comercial
y ganadera- al resto del país, la desaparición de los últimos
intentos autonomistas de los caudillos provinciales (Vicente Peñaloza,
López Jordán), la estructuración de una relación
igualitaria entre provincias o la hegemonía de la provincia de Buenos
Aires, o del Estado Federal en su caso, sobre el resto del territorio,
entre otras cuestiones no menores.
La respuesta sociopolítica
de la clase dirigente se viabilizó a través de la llamada
“Generación del '80” (cuyos principales integrantes fueron Roca,
Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Eduardo Wilde, Estanislao Zeballos,
Paul Groussac, José Manuel Estrada, Pedro Goyena, Aristóbulo
del Valle, Miguel Cané), que resultó en la práctica
muy eficaz en su labor transformadora de la sociedad preexistente (mas
allá de la valoración que con parámetros actuales
nos merezca) y cuya aspiración esencial fue generar un “Estado moderno”,
de las siguientes características:
- orden y progreso (en su
versión vernácula de “paz y administración”, con ausencia
de todo debate político alternativo al respecto,
- necesidad de unificación
del país en lo económico, político y cultural a fin
de evitar toda dispersión de esfuerzos en pugna con los objetivos
dominantes,
- liquidación del
“problema del indio” con el propósito de ganar para la explotación
agrícola-ganadera todos los riquísimos territorios sometidos
a los alcances virtualmente depredadores de éste,
- solucionar el déficit
de mano de obra barata para el aprovechamiento de los terrenos ganados
a los salvajes mediante el ingreso irrestricto de los excedentes poblacionales
de Europa y Cercano Oriente (los imperios Ruso y Otomano),
- integración al
mercado mundial como exportadores de alimentos e importadores de capitales
(mano de obra también) y productos manufacturados,
- creación de una
infraestructura destinada a la rápida evacuación de la producción
por el único puerto por entonces viable, el de Buenos Aires, (lo
que generó en casi todo el país una estructura radial de
caminos y ferrocarriles con vértice porteño).
Se comenzó la unificación
política ejecutando un centralismo de hecho, otorgando sentido a
la relación de mando y obediencia, para no incurrir en el desgobierno
que se atribuía al período fenecido en Caseros y vencer la
resistencia que, ante tales “innovaciones progresistas”, se decía
ofrecía el poder tradicional en las sociedades criollas (2). Correlativamente
el ejército nacional (o “de línea” como entonces se lo identificaba),
fue el elemento esencial para imponer a los gobernadores y dirigentes díscolos
la estabilidad política y el despotismo ilustrado de la clase gobernante
(a los disensos se les ponía fin vía intervenciones provinciales
apoyadas por tropas federales).
La unificación cultural
se produjo a través del pensamiento europeísta (afrancesamiento
en lo básico) con quiebre y descrédito de la tradición
hispánica.
Circa 1900, con la masiva inmigración,
aumentó la influencia cultural italiana (en especial en las artes
y la arquitectura). Se impulsó, como medio de lograr una identidad
nacional mínima, la masificación de la escuela pública,
de excelente calidad, y el perfeccionamiento de las universidades nacionales
(únicas existentes por entonces).
La versión dominante
del liberalismo o derecha liberal vernácula no renegaba, como lo
hace hoy en día, considerar al Estado como el elemento de transformación
más apropiado, interviniendo compulsivamente entre los actores sociales
para lograr sus objetivos de “progreso”.
La síntesis ideológica
de los dirigentes se concretaba en el dualismo entre conservadorismo político
y liberalismo económico, pues como lo señala Romero: “el
liberalismo fue para ellos un sistema de convivencia deseable, pero pareció
compatible aquí con una actitud resueltamente conservadora... Había
que transformar el país pero desde arriba, sin tolerar que el alud
inmigratorio arrancara de las manos patricias el poder... Su propósito
fue desde entonces deslindar lo político de lo económico,
acentuando en este último campo el espíritu renovador, en
tantose contenía, en el primero, todo intento de evolución”(3).
Una esencial diferencia entre el liberalismo criollo y el estadounidense
radicó en que el nuestro fue básicamente oligárquico
y antipopular.
Esta combinación
de conservadorismo y liberalismo generó actitudes muchas veces contradictorias.
La elite transformadora no concibió la existencia de un orden
social legitimado por una sociedad concebida al estilo weberiano y su ética
protestante, pero se mostró convencida, pese a todo, de la imperfecta
naturaleza del hombre y de la desigualdad que imperaba en la sociedad.
No se dejó deslumbrar
(más bien se diría que le fue indiferente), por la estructura
jerárquica y corporativa del antiguo régimen, pero defendió
con métodos propios el control del poder político en manos
de un grupo social que se confundía con el patriciado y la aristocracia
gobernante; creyó en la propiedad privada, protegiéndola
hasta extremos inéditos anteriormente; jamás dudó
del progreso y de sus virtudes para erradicar la sociedad precedente y
con la convicción arraigada en un robusto voluntarismo -propia de
su despotismo ilustrado- confió siempre en las virtudes de la instrucción
pública para “educar al Soberano”, como llamaba a ese pueblo del
que se suponía único intérprete autorizado.
La difusión de las
ideas de la clase gobernante se lograba, además de los discursos
parlamentarios, con la acción periodística de “La Nación”
y “LaPrensa” (en Buenos Aires) y “La Capital” (en Rosario,
muy pronto la segunda ciudad del país), que estaban en manos de
familias también tradicionales e identificadas con el sistema (Los
Mitre, los Paz/Gainza-Paz y los Lagos, respectivamente).
De tal manera, sus creencias
legitimaron el orden político y el orden social que dimanó
de sus acciones (4).
I.2. Estructura socioeconómica.
Con respecto a la composición de la sociedad local del '80, se destaca
la indefinición de clases tal como hoy se entiende. De la pirámide
social, la única que aparecía bien definida era la capa superior
integrada por antiguas familias,
“recién llegados” e integrantes
de las
elites provinciales.
Las “antiguas familias”
constituían el vértice de la pirámide. Descendientes
de los guerreros de la Independencia o familias de más arraigo aún
(conquistadores), integraban una suerte de patriciado republicano. Liberales,
unitarias fervientes o tibias federales (Anchorena, Pueyrredón),
con cierto cosmopolitismo (y admiración por Inglaterra o Francia,
las dos potencias de la época). Acostumbradas al ejercicio del dominio
ilustrado, rechazaban en general, las tradiciones hispanas a las que atribuían
atraso y oscurantismo. Se caracterizaban entre sí por una gran ligazón
de vínculos personales y muy cerrados. Constituían una oligarquía
ganadero-comercial-portuaria como ocupación esencial. Despreciaban
al “medio pelo” (burguesía) y a la “chusma” (o “populacho”)
como actitud social distintiva. Su núcleo no excedía de las
400 familias y su riqueza e influencia estaba determinada por su grado
de asociación o integración con el mercado externo.
Los “recién llegados”
eran extranjeros, en general de origen anglo franco germano, que habían
prosperado en actividades comerciales (incluso algunas non sanctas
como el contrabando en la época colonial, pecado que era perdonado
socialmente por su contribución al librecambismo).
Las “elites provinciales”
estaban constituídas por viejos pobladores con gran poder local,
vinculados a la oligarquía portuaria por casamientos o negocios,
aunque de menor capacidad económica y prestigio social, generalmente,
que aquéllos.
La capa intermedia
de la pirámide se formaba mayoritariamente tanto por argentinos
de primera generación cuanto por los de origen inmigratorio. Las
características esenciales de este estamento eran su poca coherencia
interna, el predominio de grandes y pequeños comerciantes e integrados
además por miembros de profesiones liberales, de familias antiguas
venidas a menos (los “niños mal de familias bien”, al decir
jauretcheano), medianos propietarios, pequeños chacareros y funcionarios
públicos intermedios y menores.
En general, la clase media
elegía ocupaciones predominantemente no manuales. Entre 1869 y 1895
agrupaba a sólo un 12% de la población. Hacia 1914 había
trepado al 31% pero con un componente importante de empleados públicos.
Su integración y actitudes tenía mucho que ver con la estructura
y comportamiento de la clase dominante, como veremos.
En efecto, en términos
de ingreso per cápita, la Argentina de comienzos del siglo XX se
contaba entre los países más avanzados del mundo, pero a
diferencia de otras sociedades con riqueza similar, el principal mecanismo
de distribución del ingreso no era la industria, lo cual originaba
ulteriores distorsiones en el sistema de clases urbano.
El factor fundamental de
dicha distribución era la demanda generada por los ricos terratenientes
y rentistas del litoral. El perfil de requerimientos materiales de este
grupo, sumada a la estructura librecambista dominante, presentaba ciertos
rasgos notables. La demanda de bienes de inversión y productos industriales
por parte de la elite era satisfecha habitualmente desde el exterior;
en el plano interno, su mayor necesidad era de mano de obra y servicios,
y entre estos últimos, sobre todo los jurídicos, médicos,
administrativos y, en menor medida, educacionales.
Todos éstos eran
roles propios de los “trabajadores de cuello blanco” de la clase
media y exigían cierto nivel intelectual y educativo, así
como alguna pericia profesional. La satisfacción de tales servicios
tuvo influencia decisiva en la formación de la clase media urbana.
El grupo de mayor nivel dentro de esta última (y quizá también
los miembros más jóvenes o subordinados de las familias de
elite) se dedicaba en forma preferente a dichas actividades; su
relación “clientelística” con la elite, gran
fuente de su riqueza, les permitía gozar de un nivel de ingresos
razonable y comparativamente alto.
A su vez, este grupo tendía
a repetir el perfil de demanda de la oligarquía, multiplicando así
el número total de grupos de clase media que, respecto de él,
estaban en igual posición.
Resultado del panorama descripto
fue la aparición de un importante estrato de clase media urbana
y suburbana dotado, en vez del instintivo espíritu de iniciativa
empresarial anglosajón o germano, por una actitud clientelística,
dependiente, producto de su cooptación socioeconómica por
parte del grupo dominante.
“En
la Argentina la movilidad social tendió a producirse, no en virtud
de la capacidad para experimentar o innovar -los que tenían esa
capacidad, por lo común no llegaban más allá del almacén
de la esquina o del pequeño taller- sino merced a la búsqueda
de amigos y patrones mejor ubicados en la escala social, que permitieran
acceder a la riqueza que circulaba por los canales de la elite. Se ha dicho
que fenómenos como el personalismo y el caudillismo argentino
son infortunadas rémoras del período colonial, pero resulta
claro que ellos fueron intensamente reforzados por los aspectos peculiares
y novedosos que adoptaron las pautas de crecimiento y el sistema social
del país”(5).
En cuanto a sus rasgos diferenciales,
la clase media de origen inmigratorio fue desarraigada, de llegada masiva
y aluvional, sin facilidades económicas (o sea, préstamos
del incipiente sistema bancario) o jurídicas (por su obvio desconocimiento
del derecho local y por no resultar obligatoria la nacionalización
tras un tiempo de residencia). Sus integrantes se vinculaban primordialmente
entre ellos según sus respectivos orígenes nacionales o creencias
religiosas. No eran socialmente conflictivos ni se interesaban por los
avatares de la política criolla.
Los argentinos de primera generación, en cambio, resultaron conflictivos para el régimen imperante. Sufrían el mayor desarraigo pues no pertenecían a ninguno de ambos mundos (el de sus ascendientes o el del país). Sólo accedían a los cargos públicos vía titulos universitarios o por su incorporación a los cuadros de oficiales del ejército. Estuvieron en la base y fermento de todas las asonadas populares y revoluciones militares desde El Parque de 1890 en adelante.
Un párrafo aparte
merece el Ejército, quien como institución de gravitación
nacional se estructura a partir de la guerra con Paraguay. Sus cuadros
se integraban desde la jerarquía de teniente coronel y superiores
por miembros de las antiguas familias -generalmente provincianas- en base
a un “cursus honorum” natural basado en la pertenencia al patriciado; sus
suboficiales se nutrían en lo esencial en las capas populares nativas
de origen indoamericano (mestizos o criollos más o menos puros),
mientras que los oficiales medios son argentinos de primera generación
que se “nacionalizan” en su paso por la Escuela Militar creada por Sarmiento
y parecen imbuídos de una noción de patria idílica,
sin pueblo, cuya expresión patológica será a la postre
la hora de la espada lugoniana y uriburista de la revolución
de 1930.
Hacia 1900 este estamento
de oficiales de ascendencia “gringa” había alcanzado total preponderancia
en el arma terrestre debido al aluvión inmigratorio. En el proyecto
del Régimen, el Ejército tenía asignado los roles
excluyentes del mantenimiento del orden y seguridad interna y de colonización
de zonas fronterizas.
Fue un importante estrato
ocupacional, aunque sin prestigio social debido al origen de la mayoría
de sus integrantes. No obstante ejercía gran atractivo para las
clases media-baja y baja por los beneficios que otorgaba: bonificaciones,
pensiones y ascensos casi automáticos, inéditos para la época.
Se transformó en un importante instrumento al servicio de la oligarquía,
por la intervención activa y coerción que ejerció
sobre los disidentes del proyecto político del Régimen. Unas
décadas más tarde, el Ejército (acompañado
según las ocasiones por la complicidad activa o pasiva de las restantes
“fuerzas armadas y de seguridad” consideró normal este rol
consuetudinario y tutelar de los “valores morales de la República”
y se hizo cargo de la suma del poder público prescindiendo de las
clases políticas, asumiendo de tal modo un rol mesiánico
y trágico en sus consecuencias para la sociedad argentina (1930/32,
1943/46, 1955/58, 1962/3, 1966/73 y 1976/83).
En 1901 se sanciona la Ley
Ricchieri, que establece el servicio militar obligatorio, lo que permitió
al Ejército controlar e influir sobre un amplio sector de la población.
Se tomaban conscriptos de zonas rurales, analfabetos o semianalfabetos,
que eran entrenados en cuarteles urbanos, lo que les generaba hacia la
institución un vínculo afectivo permanente. En cuanto a su
táctica y organización, la milicia tuvo una gran influencia
prusiana en sus cuadros de instructores y profesores.
En la base del esquema social,
se ubican tres grupos de dispar significación: los trabajadores
de origen inmigratorio, los nacionales mas o menos amestizados y los indígenas
puros.
Los asalariados de origen
foráneo eran dóciles, tanto social como políticamente
(salvo como se dijera las minorías militantes ácratas y socialistas)
y carecían, por lo general, de calificación profesional.
Resultaban aptos para trabajos duros, temporarios y mal remunerados, como
el levantamiento de cosechas, aunque los que se estableciesen en definitiva
en el País (entre el 40 y 50% de los que ingresaban anualmente)
terminaban radicándose en su mayoría en las grandes ciudades
como Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Su masiva llegada entre 1880
y 1914 cambió en forma radical la composición étnica
y cultural de la Argentina (Ver Cuadro Nº1 en el Apéndice).
En las zonas alejadas de las pampas, como Catamarca y La Rioja, en cambio,
los habitantes de origen nativo alcanzaban al 95% (6).
Los inmigrantes provenían,
por la necesidad que el Régimen tenía de mano de obra barata,
no calificada y sin mayores pretensiones y la deliberada ausencia de una
política selectiva -salvo en situaciones minoritarias y excepcionales-
de las regiones más atrasadas de Europa y Cercano Oriente y de sus
capas sociales más bajas y de menor educación. Sus valores
esenciales (“hacerse la América”, o sea ascender en la escala social
a cualquier precio y a costa de cualquier sacrificio), se entroncaron con
el mercantilismo y materialismo de las capas sociales superiores. Este
sustrato humano contribuyó en buena medida a proyectar hacia el
futuro algunas de las conductas esenciales del argentino actual: el éxito
y la trascendencia social del individuo se mide por los bienes que éste
exhibe; el desarrollo espiritual y la educación no garantizan de
por sí dicho éxito, por lo que aparecen como válidos
o justificables otros caminos alternativos (el golpe de suerte, la especulación,
la corrupción política, el “amiguismo”, la “palanca”,
entre otras muestras de la viveza criolla), como veremos más adelante.
Más de un millón
de inmigrantes vinieron de Italia y algo menos de España; en 1914
había en el país casi 100.000 rusos, la mayoría de
ellos de religión judía, y una cifra similar de provenientes
del Imperio Otomano y de otros Estados de los Balcanes. El 60% del crecimiento
demográfico habido en la Argentina entre 1869 y 1929 puede atribuirse
a la inmigración.
La inmigración masiva
tendía a hacer bajar los salarios por una oferta abundante de mano
de obra y fue activamente alentada por el Estado en y con apoyo
de la oligarquía terrateniente. Se organizaron campañas para
el reclutamiento de inmigrantes en Europa y era corriente que se subsidiaran
pasajes de vapor para pasajeros de tercera clase.
Entre 1890 y 1914 fue común
el reclutamiento de
“trabajadores golondrina” para el levantamiento
de cosechas. Sin embargo, una gran cantidad de ellos, en vez de retornar
a sus países de origen, se establecieron en la ciudad de Buenos
Aires y otros centros urbanos de la zona pampeana , atraídos por
la rápida expansión del transporte, el comercio y la industria.
En las sociedades urbanas había comparativamente más oportunidades
de movilidad social y de adquisición de propiedades y habilidades
con el trabajo duro que en las zonas rurales donde la tierra y las posibilidades
de trabajo eran controladas por la oligarquía.
Los asalariados de origen
criollo estaban sumamente arraigados y eran muy patriotas (los empleaban
tanto para las labores cuanto para las levas de frontera en el ejército
de línea). No resultaban problemáticos para la clase dirigente
acostumbrados como estaban a un ancestral sistema patriarcal (caudillo,
patrón de estancia, juez de paz, puntero político). Formaban
parte del paisaje humano aunque se les tenía por ausentes en lo
político e institucional.
La inteligentzia
en el poder los consideraba incapaces de progresar y aprender, aunque contradictoriamente
se les idealizaba en algunas creaciones literarias (los gauchos Fierro
y Cruz en José Hernández o el rastreador Calibán en
el “Facundo” de Sarmiento). Aceptaban mansamente su lugar y pasan desapercibidos
por la historia hasta su aparente irrupción intempestiva e inexplicable
como aluvión zoológicoo cabecitas negras
en 1946.
Los indígenas, considerados
casi inútiles para todo tipo de aprendizaje laboral, eran sin embargo
sometidos a intensa explotación en actividades productivas de zonas
marginales (obrajes de yerba mate, ingenios azucareros o quebrachales tipo
“La Forestal” -esta compañía llegó a controlar el
57% de la producción mundial de tanino y en 1935 fue denunciada
por monopólica ante el Gran Jurado Federal de Estados Unidos no
obstante la tolerancia de nuestros corruptos controles internos- o “Las
Palmas del Chaco Austral” -quien supo tener moneda y puerto propios en
el Chaco, Las Palmas, con 10.000 habitantes hacia 1940 [7]-), aunque
quizá por ello se van extinguiendo paulatinamente y carecen de todo
peso en nuestra historia social.
En el esquema descripto,
todo pertenecía a estas compañías: las tierras, las
casas, los transportes, las proveedurías, las escuelas, hasta el
dinero que circulaba en moneda y billetes propios (amén de
los vales). No permitían establecerse independientemente en sus
dominios ni se toleraban comercios ni comerciantes ambulantes. Constituían
en los hechos un Estado dentro del Estado ante la pasividad complaciente
de las autoridades.
Juan BIALET MASSE, no obstante
ser un hombre del Régimen, en su “Informe sobre el estado de
las clases obreras argentinas a comienzos del siglo” (1902), en lo
referente al trabajo de indios y mestizos en los obrajes forestales, explica
los motivos de su exterminio físico y social:
“A los
cristianos se les pagan buenos jornales nominales; pero las proveedurías
se encargan de reducirlos a las proporciones que les convienen... Se ha
tomado una lista de nombres de indios que alguna vez trabajaron en el establecimiento
y se ha hecho una emisión de vales, no al portador sino a favor
de los tales nombres y a pagar en mercadería. Los indios y los que
no lo son, que no saben leer, reciben en pago aquellos papeles... y sucede
siempre... que en la proveeduría no se pagan con el pretexto que
el portador no es la persona a cuyo favor están expedidos... La
habitación del peón suele ser con frecuencia una cama hecha
con cuatro estacas y bolsas de pasto, sin otro techo que un mosquitero.
Su alimentación, “locro de charqui” y maíz. Nunca una jornada
de trabajo es inferior a las 12 horas. Siempre cuenta el obraje con alguna
policía complaciente, y si alguno se muestra remiso a trabajar o
pagar sus miserables deudas, se lo arraiga. El “arraigo” se hace
efectivo por el cepo y la barra... Cuando no con la vida misma del peón.”
En concreto y en contraste
con lo que aconteció con la clase dirigente política e industrial
estadounidense después de su Guerra Civil, la oligar-quía
argentina no tuvo interés alguno en apoyar las aspiraciones económicas
y la movilidad social de las clases obreras como medio de expandir el mercado
interno de consumo (100 años después el sistema de la administración
Menem repitió la receta reaccionaria con el aval explícito
en su momento de las elites industriales y financieras nucleadas
en la Unión Industrial Argentina, La Asociación de Bancos
y otras cámaras empresariales).
De tal modo, el aluvión
inmigratorio iniciado a partir de 1870, importó muchas de las ideas
sociopolíticas imperantes en Europa, lugar de proveniencia mayoritaria
de los recién llegados, en especial, el anarquismo –con su variante
anarcosindicalista- y el socialismo. El fermento de estas ideas fue favorecido
por varias circunstancias propias de los desajustes producidos por los
procesos de industrialización y urbanización.
Las condiciones de vida
que padecían: desocupación, inestabilidad laboral, el hacinamiento
urbano y los bajos salarios, prontamente impulsaron a los proletarios
(de “prole”: quienes contaban como único capital de trabajo sus
brazos y los de sus numerosos hijos) a agruparse en organizaciones para
su autodefensa, las que propiciaron huelgas y protestas reivindicativas
contra las excesivas jornadas, el alto número de accidentes laborales
y los magros salarios. Las jornadas laborales más comunes se extendían
de 10 a 14 horas y algunos gremios trabajaban los 365 días del año
(Ver Apéndice, Cuadros 3.1. a 3.6)
El anarquismo, por
sus concepciones, era de carácter inorgánico, se nucleaba
espontáneamente en círculos y grupos de acción y discusión
y se oponía a la existencia del Estado, de toda organización
burguesa (Parlamento, partidos políticos, fuerzas armadas, conscripción
obligatoria, etc.) y a la participación electoral. Muchos de sus
militantes propiciaban y ejecutaban la acción directa (atentados
con bombas y magnicidios) para acabar con el “Estado burgués”.
El socialismo, en
cambio, se organizó como partido político “reformista”
dentro del Régimen aceptando sus reglas de juego y ya en 1896, aunque
con escasa repercusión, participó desde un comienzo en los
comicios porteños. En 1904 logró, sin embargo, incorporar
su primer diputado al Congreso, el pintoresco abogado, dandy y duelista
Alfredo Palacios, quien no obstante desempeñó una notable
actuación a favor de la sanción de las primeras leyes laborales,
como la del descanso dominical de 1905, la de reglamentación del
trabajo femenino e infantil de 1907 y la de accidentes de trabajo de 1915,
entre las más significativas.
Al margen de estas diferencias
ideológicas y estratégicas, estas dos tendencias contribuyeron
a organizar sindicalmente a los trabajadores y, aunque poco después
se separaron, en 1901 anarquistas y socialistas confluyeron en la creación
de la Federación Obrera Argentina. Ese año el malestar obrero
se corporizó en una huega general con especial acatamiento entre
los carreros, los obreros portuarios y los del Mercado Central de Frutos.
Las sociedades mutualistas
fueron las primeras formas de organización obrera a mediados del
siglo XIX. De su seno se fueron diferenciando las sociedades de resistencia,
nombre adoptados por los primeros sindicatos en el sentido moderno que,
a finales de ese siglo, se vincularon a los movimientos ideológicos
de izquierda antisistema (anarquismo y comunismo) y sistémicos (socialistas).
También estuvieron ligadas al mundo laboral otras instituciones
como las “bolsas de trabajo”, cooperativas y ateneos culturales.
Los anarquistas, por su
parte, fueron grandes creadores de hojas y periódicos de difusión
de sus ideas: los de origen francés editaron ya en 1872 “Le Revolutionnaire”
y desde 1883 “La Liberté” (autodefinida como “comunista anarquista
kropotkiniana”); el teórico italiano Malatesta publicó en
su idioma y en español “La questione sociale” (1885); entre 1890
y 1897 aparecieron “El oprimido”, “La anarquía”, “La voz de la mujer”
y “La revolución social”. Desde 1987 nace el periódico anarquista
más popular y duradero: “La protesta humana”, llamado sencillamente
“La protesta” desde 1904, que se convirtió en matutino y llegó
a tirar 100.000 ejemplares; por la tarde editaba otro
diario, denominado
“La batalla”.
En los grandes centros urbanos,
aparte de la industria, la mano de obra femenina se insertaba preferentemente
en el comercio, en las tareas domésticas y de servicio. En la industria,
la presencia femenina se concentraba en los establecimientos dedicados
a la confección y a fibras textiles. Los niños y jóvenes,
entre 10 y 20 años, se congregaban en las mensajerías y en
la venta callejera.
El trabajo infantil es de
antigua data en la Argentina. En 1873 se instala la primera fábrica
de camisas, que contaba con mayoría de obreros menores. Bialet Massé,
en su informe precitado, escribió al respecto: “Los
talleres de herrería y
carpintería de Rosario, como los de Tucumán, presentan el
abuso máximo de los niños. Hay un verdadero exceso de aprendices
a los que se hace trabajar como hombres.”
Aunque no eran una novedad
en el país, a partir de la crisis de 1890 comenzaron a registrarse
protestas obreras en reclamo de mejoras de las condiciones de trabajo.
En la primera década del siglo XX se asistió a un incremento
significativo de la conflictividad laboral. La gran huelga de 1902 llevó
al Gobierno a decretar el Estado de Sitio, lo cual no fue obstáculo
para que el número de paros siguiera aumentando. Se llegó
al punto máximo de conflictividad durante la llamada semana roja,
entre el 3 y el 10 de mayo de 1909, y durante 1910, cuando alcanzó
un máximo de 298 huelgas.
Entre 1902 y 1910 es Estado
de Sitio fue establecido cinco veces: cuatro por los conflictos obreros
y la restante por el levantamiento Radical de 1905. En el transcurso de
estas luchas, Roca promulgó la Ley de Residencia que permitía
expulsar del país a cualquier extranjero reputado indeseable o peligroso
por las autoridades (7 bis).
Otra gran diferencia con
los Estados Unidos radicó en que si bien la inmigración se
convirtió cada vez mas en un fenómeno urbano en la Argentina,
la oligarquía no controlaba (como la clase industrial norteamericana)
la distribución de los empleos urbanos ni podía recurrir
a éstos para imponer su liderazgo político a las clases inferiores.
El resultado fue una tradición bien distinta en uno y otro caso.
A la oligarquía argentina
le fue imposible crear los vastos aparatos políticos urbanos que
en los Estados Unidos impulsaron “el crisol de razas”, los instrumentos
básicos para el control de los movimientos de protesta y la creación
de partidos políticos integradores.
Dado que no existía
un nexo ocupacional entre la oligarquía y los residentes urbanos,
el sistema político argentino se inclinó a la represión,
la restricción y la hipocresía: instituciones formalmente
legisladas pero no aplicadas o funcionando en mínima medida (representatividad
popular, sufragio, estado de derecho, garantías constitucionales,
etc.). Ello generó una perversa cultura de acción política
que se ha mantenido sin variantes hasta nuestros días.
Puesto que no había
manera de controlar a las clases inferiores dentro del sistema, se las
trató de mantener fuera de él en la mayor medida posible
(8).
Los resultados concretos
de este proyecto se tradujeron en el largo y finalmente exitoso conflicto
por la federalización de Buenos Aires, la Conquista del Desierto,
la aparición de un aparato hegemónico ("P.A.N." o Partido
Autonomista Nacional), que gobierna al país desde el puerto con
el apoyo de delegados títeres o complacientes en el interior ("Liga
de Gobernadores"), el fortalecimiento del ejército de línea
como factor de orden y disuación de conflictos y, en lo económico,
excelentes resultados en cuanto a productos de la tierra y generosos saldos
exportables que hacia 1914 daban a los beneficiarios del régimen
una prosperidad desconocida medio siglo atrás.
La Argentina del Centenario
aparecía, en cuanto al crecimiento de su producto bruto interno,
como una de las naciones de futuro más promisorio del orbe.
Entre 1890 y 1914 la economía
y la sociedad argentina tuvieron como eje al sector exportador. Nuestras
exportaciones consistían en productos agropecuarios (entre los más
importantes: trigo, lino, maíz, cueros, lana y carne vacuna). Exceptuando
períodos ocasionales de sequía o de graves depresiones económicas,
el país exportó todos los años a partir de 1890 hasta
10 millones de toneladas de cereales. Luego de 1900 y con la introducción
de los buques con cámaras congeladoras y los frigoríficos,
las exportaciones de carne de distinto tipo alcanzaron un promedio de 350.000
toneladas. Entre 1872 y 1915 la superficie cultivada total pasó
de 580.000 a 24.000.000 de hectáreas. Todo lo expuesto configuraba
una expansión productiva inédita a nivel mundial (9).
En lo económico,
reiteramos, se empleó un liberalismo y librecambismo a ultranza,
sin el menor atisbo (por lo menos hasta los comienzos del agotamiento del
modelo), de protección de los intereses del productor o capitalista
nacional, no obstante la promoción de una Argentina de base agropecuaria
y “granero del mundo”.
Se había propiciado
y logrado una masiva e irrestricta afluencia de inmigrantes complementada
con la atracción de capitales en especial alianza con los de origen
británico (en particular ferrocarriles y frigoríficos) a
quienes se aseguraron concesiones de rentabilidad mínima asegurada
en desmedro de los intereses públicos (ferrocarriles por ejemplo)
y en contradicción con la ideología libreempresista predominante
-este esquema se repetirá de manera institucionalizada cien años
más tarde a partir de 1989-.
La teoría económica
del régimen en el gobierno se nutría con el aporte de dos
corrientes que cohabitaban en los sucesivos gabinetes, alternando circunstancialmente
las respectivas influencias: a) los teóricos del liberalismo económico,
de raigambre portuaria, que buscaban acentuar la dependencia con el capital
inglés, por entonces dominante (participaba éste del 25%
del total del capital mundial en giro); b) los liberales “prácticos”,
con sustento en las familias tradicionales del interior, que propiciaban
la adopción de medidas ora proteccionistas, ora librecambistas,
según lo indicase la coyuntura.
Se dió una industrialización
incipiente, basada en pequeños talleres y artesanos, de origen extranjero
en su mayoría. Si bien las únicas grandes unidades productivas
eran las dedicadas al sector exportador, como los frigoríficos,
hubo un mínimo desarrollo industrial en los contados casos en que
los costos internos eran lo suficientemente bajos como para que los precios
resultaren inferiores a los de los productos importados.
El motor de la economía
se concentra así en tres factores: el campo, su producción
agrícola ganadera y sus generosos saldos exportables; el ferrocarril
en manos inglesas y los puertos de Buenos Aires (principalmente), Rosario
y Bahía Blanca, como vías de salida de productos del país
y de entrada de manufacturas foráneas. El condicionante para la
monoproducción era la permanente necesidad de alimentos de una Europa
con recurrentes conflictos armados (guerras austroalemana, francoprusiana,
balcánicas, coloniales, del '14, etc.)
De tal manera resultaron
privilegiadas las zonas de la Cuenca del Plata y pampa húmeda y
postergados definitivamente el interior profundo y el cordón andino.
El tercer censo nacional (1914) arrojó que para algo menos de 8
millones de habitantes de población total, el 70% de ella habitaba
en un radio de hasta 450 km. de la Capital Federal, o sea en el 30% del
territorio nacional. En el resto del virtualmente despoblado país
se practicaba una economía de subsistencia (situación que
se mantiene agravada entrado el Siglo XXI).
El auge de las exportaciones
fue en buena medida el resultado de la expansión y necesidades del
mercado inglés en en último cuarto del siglo XIX. A cambio
de los alimentos sin mayor valor agregado adquiridos en Argentina, Gran
Bretaña nos exportaba un gran número de productos industriales.
Así pues la economía nacional estaba modelada, en líneas
generales, de acuerdo a los preceptos clásicos del librecambio y
de la especialización internacional, según el esquema de
dominación aplicable entre una potencia colonial y un país
periférico sin mayor trascendencia. Hacia 1910 las inversiones británicas
en el país sumaban mas de 300 millones de libras esterlinas, suma
fabulosa para la época (10).
La expansión de las
exportaciones agropecuarias tuvo lugar en un momento en que la estructura
básica de la propiedad de la tierra ya estaba configurada. La pauta
de las grandes heredades (estancias y fincas), propia del período
colonial y del siglo XIX, continuó en el siglo XX. A diferencia
de lo ocurrido en Estados Unidos y Australia, en la Argentina no hubo una
gran subdivisión de la tierra; las únicas zonas significativas
de pequeños colonos fueron el centro santafesino, Mendoza y San
Juan, aunque de escasa gravitación en la producción general.
Uno de los efectos más
señalados del auge de las exportaciones fue el aumento del valor
de la tierra y de su renta, que junto con la creciente importancia de los
productos cárneos luego de 1900, garantizaron la supervivencia de
las grandes unidades productivas. La consecuencia directa fue la consolidación
de la estructura latifundista y el surgimiento de una poderosa oligarquía.
El rasgo central de la sociedad
argentina contrastaba así con el de otros países semejantes
de clima templado, especializados en la producción de carne y alimentos.
La estructura elitista fue entre nosotros muy distinta de la que privó
en el patrón de asentamiento en pequeñas propiedades de las
zonas originalmente colonizadas por los ingleses (Australia, Nueva Zelanda,
Canadá).
La oligarquía terrateniente
local surgió como consecuencia de las actividades mercantiles de
Buenos Aires, que se remontaban al siglo XVIII. A medida que fue aumentando
el comercio exterior -primero sobre la base de productos ganaderos primitivos
como los cueros y saladeros, y luego, hacia fines del siglo XIX, con los
productos agrícolas- la riqueza adquirida a través de aquél
fue canalizada hacia la acumulación de tierras. Como al principio
estas tierras poseían muy escaso valor, y pocos tenían los
medios y la visión necesarios para adquirirlas, se distribuyeron
divididas en extensiones muy amplias.
Un segundo rasgo destacado
de esta situación consistía en que las mejores parcelas se
hallaban ubicadas en el litoral marítimo de la zona pampeana. Esto
contrasta con Estados Unidos, donde las más ricas regiones agropecuarias
se hallan en el centro del país. En el caso de Argentina, el impulso
para expandir las fronteras fue, por lo tanto, mucho mas débil;
aunque existió, y durante el siglo XIX se incorporaron a la producción
extensiones cada vez mayores, los principales núcleos demográficos
y de poder siguieron estando en el centro-este del país.
Aún hoy la hipertrofia
nacional hace concentrar en la ciudad y provincia de Buenos Aires alrededor
del 40% de la población y más del 50% de la riqueza, quedando
empobrecidas y deshabitadas, con un muy inferior nivel de desarrollo y
condiciones de vida, la mayor parte de la superficie (Patagonia, Noroeste,
Noreste y Cuyo).
Quien poseía tierras
en la “pampa húmeda” era poderoso pues no sólo tenía
la ventaja que sus fundos eran los más aptos y productivos, sino
que contaba con los medios de comunicación más numerosos,
eficientes y baratos. Esto proporcionaba al gran terrateniente una renta
diferencial que multiplicaba su fortuna a un ritmo más veloz que
el de cualquier otro. A consecuencia de ello y en muchos aspectos, la pauta
básica de la política argentina durante el período
primario-exportador anterior a 1930 estuvo dictada por el accionar de la
oligarquía agropecuaria en sacar provecho de esta ventaja primero
y conservarla después (11).
Los sectores más
poderosos de esta oligarquía lograron el control del aparato estatal
y lo emplearon para crear sistemas crediticios, impositivos y monetarios
favorables a sus intereses. Los grandes hacendados tenían acceso
preferencial a los bancos más importantes y podían así
obtener abundantes fondos para capitalizar sus tierras y expandir sus posesiones
gracias a la especulación.
Las recaudaciones fiscales
no provenían de impuestos a la tierra o a los ingresos de ella derivados,
sino de gravámenes internos al consumo de bienes nacionales e importados,
sistema que castigaba fundamentalmente al consumo urbano y de las capas
de menores recursos, esquema de iniquidad que se ha mantenido casi sin
variantes hasta el presente (o sea que en la Argentina el permanente sistema
tributario afecta las mayores proporciones de sus ingresos de los contribuyentes
de menores recursos).
Como veremos en éste
y otros numerosos ejemplos surgidos de nuestras investigaciones, el andamiaje
jurídico preponderante entre nosotros confirma aquella categoría
sociológica que afirma que el Derecho es la expresión
normativa de las clases e intereses dominantes en una sociedad dada
en unmomento dado.
A lo largo de casi todo
el siglo XIX los terratenientes impusieron un esquema de depreciación
del papel moneda que, en general, aseguró que sus precios internos
y sus costos quedaran a la zaga de los precios de los bienes que ellos
exportaban, y que cobraban en oro. Todos estos factores no hicieron más
que alentar una concentración todavía mayor del ingreso en
sus manos (12).
Tras el paseo militar que
significó la llamada “Conquista del Desierto”, efectuada por Roca
en 1879, con la honrosa excepción de la 4a. División comandada
por Napoleón Uriburu (no
ha habido un combate, ni siquiera una"espantada"..., tampoco
ha encontrado
indios "fuera de algunos que ambulaban hambrientos y a pie,
enseguida aislados,
o de dos o tres, que se entregaban
", dicen los partes de la expedición) (13), se sancionó una
“Ley de Ventas de Tierras Nacionales” (1882) complementada en 1883 y 1885,
que permitió la formación de grandes latifundios con los
terrenos ganados al indio y la creación de muy pocas colonias y
asentamientos reales. Hacia 1889, 234 concesiones de tierras acaparaban
15.560.000 hectáreas a razón de 66.500 has. o 665 km2. promedio
cada una (o sea 3,36 veces la superficie de la Capital Federal). El régimen
disponía de la tierra pública como propia, convalidando mediante
Ley del 21-11-1891, llamada de “Circunstancias y Liquidación”, las
apropiaciones ilegales de terrenos efectuadas por particulares ligados
al sistema. De tal modo, sólo 88 personas se beneficiaron con 5.250.000
Has. de las cuales 1.940.000 se hallaban en las feraces zonas de Chaco
y Formosa (14).
En la Patagonia, tras su
ocupación por el ejército de Roca, tomando como pretexto
premiar a los “Expedicionarios al desierto”, se efectuaron concesiones
directas de tierra, en secciones de 40 km2 (4.000 Has. cada una!), que
permitieron, después de efectuarse las mensuras, atribuir a 541
personas 4.750.741 Has. desde La Pampa a Tierra del Fuego (8.781 Has. y
fracción por beneficiario, en violación al ya excesivo cupo
“legal” de 40 km.2). El Congreso, a su vez, sancionó la Ley 3053
por la que 59 personas recibieron 2.517.274 Has. en Santa Cruz (esta vez
a razón de 42.666 Has. per cápita).
Desde el comienzo de nuestra
historia republicana, instituciones fundamentales del aparato estatal,
como el Congreso o el Poder Ejecutivo se mostraron proclives en reiteradas
situaciones y como costumbre de su accionar, a favorecer intereses particulares,
espúreos, en detrimento del bien común o de las necesidades
pùblicas.
Un caso curioso y palmario
de violación constitucional se dió en la lejana Patagonia.
De acuerdo al texto de 1853 el Estado sostiene y promueve con los impuestos
de todos los residentes de cualquier confesión únicamente
la religión católica, más allá de la retórica
libertad de cultos que disfruten los disidentes. No obstante, se concedieron
40.000 Has. de tierras públicas estatales al pastor anglicano -protestante-
Bridges en Tierra del Fuego para
“evangelizar” a los yamanas. Obviamente,
aquél utilizó a los indios como mano de obra esclava para
explotar su estancia (Harberton), desapareciendo los indígenas
en pocos años por enfermedades y mal trato (15). Aún hoy
un organismo estatal, la Dirección de Turismo de Tierra del Fuego,
promueve visitas de turistas nacionales y foráneos a la exitosa
estancia, tomada como paradigma de colonización, y en manos de los
descendientes del curioso pastor, como tuvo ocasión de comprobarlo
el autor en un reciente viaje a la isla (Enero de 1998), al igual que la
falsificación pública que se hace de la historia...
La clase política
utilizaba los intereses y el patrimonio nacionales al servicio de los propios
o de sus asociados, hecho que lamentablemente se repetirá en administraciones
posteriores a manera de una constante de nuestro devenir nacional y fragua
de desventuras institucionales.
A principios del siglo XX
la composición social por tareas o funciones encontraba, en zonas
rurales, la existencia de 75.000 hacendados, 100.000 propietarios dedicados
a la agricultura, 70.000 arrendatarios y 152.000 propietarios de diversas
explotaciones agropecuarias. Se agregaban 130.000 mensuales y 730.000 peones
(arrieros, reseros, hacheros, etc.), quienes constituían el proletariado
rural.
En el medio urbano residían
los terratenientes, banqueros, grandes comerciantes, industriales, funcionarios,
etc., que ascendían a 45.000; los sectores medios los formaban 300.000
pequeños comerciantes, profesionales, docentes, empleados de banca
y comercio, etc.; 370.000 obreros se desempeñaban en la industria,
quienes junto con 200.000 servidores domésticos, 100.000 jornaleros
y 160.000 artesanos, componían los estratos humildes de las ciudades
(16).
En lo institucional, el
régimen proveyó a la organización del necesario aparato
burocrático: Administración central, Corte Suprema y tribunales
inferiores (la existencia de negocios permanentes hacían menester
de la “seguridad jurídica” que proporcionan tribunales estables
con interpretaciones contractuales conocidas de antemano por los potenciales
inversores), establecimiento de la moneda y de los primeros grandes bancos
(Nacional e Hipotecario), consolidación de la deuda pública,
creación de los “territorios nacionales” en los espacios arrebatados
al aborigen, Códigos Civil y de Comercio, Registro y matrimonio
civil, instrucción pública, etc.
I.3. Crisis y agonía
del Régimen.
Hacia 1890 una oligarquía coherentemente estructurada controlaba
todos los resortes económicos y funcionales del país, con
lo cual su preponderancia era absoluta. El poder político se ligaba
a la riqueza y el prestigio social; el oficio se gobernar se heredaba dentro
de la misma familia y grupo de familias en cada distrito (Ver Cuadro Nº
2 en el Apéndice). Las grandes decisiones políticas solían
tomarse fuera del marco legal (gabinete, Congreso), en las tertulias de
los clubes selectos y el resto del país se asemejaba a un gran establecimiento
agropecuario que debía producir mucho y barato para la Europa, que
era cliente mayoritaria.
De tal modo se despolitizaba,
hacia abajo de la sociedad, la “res pública”, difundiendo
como panacea las tareas de “paz y administración, con correlativo
desaliento de cualquier lucha por las ideas, lucha que dispersaba esfuerzos
destinados al fortalecimiento económico del sistema.
Para abrochar la actividad
política el instrumento elegido fué el P.A.N. ya citado,
con una hegemonía que se dilató entre las dos presidencias
de Roca (1880/1886 y 1898/1904) para luego declinar. Su motor resultó
la llamada “Liga de Gobernadores”, integrada por los miembros de pocas
familias tradicionales de las provincias quien designaba, como gran electora,
a los presidentes, diputados y senadores que los comicios posteriores invariablemente
iban a convalidar a través del fraude, la violencia y la compra
de votos. En general el cargo de Senador se reservaba como trofeo al gobernador
saliente de cada provincia, en la medida de su fidelidad al P.A.N.
Para perpetuarse en el poder,
el régimen recurría en la práctica a la limitación
de las libertades políticas ciudadanas; el derecho a voto estaba
concedido a muy pocas personalidades de pro incluídos en
las listas respec-tivas. No había escrutinio secreto ni obligatorio
y la inclusión en las listas electorales dependía de la voluntad
de las autoridades, quienes también anulaban los comicios según
la índole de sus conveniencias y resultados. En las elecciones legislativas
de 1886 en la Provincia de Buenos Aires, que contaba con alrededor de medio
millón de habitantes (cerca del tercio del total del país),
había un padrón electoral de sólo 18.000 inscriptos
de los cuales 8.000 eran falsos, según denuncias de la oposición
(17).
De tal modo, el sistema
constitucional se aplicaba sólo
relativamente en lo jurídico
y a los conflictos de intereses económicos o a las relaciones de
propiedad, omitiendo lo político-social.
Cualquier medio se consideraba
apropiado para mantener el situacionismo. En el mismo 1886 el Gobernador
catamarqueño Daza informaba al gobierno central que en su provincia
y en ocasión del comicio hubieron 30 muertos y 80 heridos, no obstante
lo cual “el resultado
ha sido inmejorable” porque el triunfo
electoral había correspondido a las fuerzas oficialistas (18).
Toda la superestructura
jurídica vigente apuntaba a esos fines. La Cons-titución
de 1853/60, cuyas características y defectos esenciales persisten
hasta el presente, estableció un sistema fuertemente presidencialista
con predominio del Estado federal, donde éste asumía las
funciones más importantes y dejaba a las provincias las más
indispensables, inocuas y residuales (régimen municipal, poder de
policía, gobierno y justicia locales, leyes territoriales). La facultad
concedida al Estado federal de intervenir a las provincias en casos de
alteración del orden interno, obraba como fuerte disuasivo (bastaba
que un gobernador demasiado “independiente” de los dictados del Ejecutivo
nacional tuviese una chirinada policial inducida desde Buenos Aires, para
que se le enviase la intervención).
Entre 1854 y 1880 el Poder
Ejecutivo intervino directamente provincias 35 veces mientras el Congreso
(según la preceptiva constitucional, el órgano competente)
lo hizo sólo en 5. Entre 1880 y 1916 hubo 15 intervenciones por
Decreto (P.E.) y 25 por ley (Congreso), o sea que en el lapso de 62 años
se registraron 75 intervenciones a provincias, a razón de una cada
diez meses y fracción (19), de las cuales los 2/3 lo fueron directamente
por el Poder Ejecu-tivo en lugar de seguir el mecanismo constitucional.
Se objetiva, a través
de este ejemplo y otros que surgirán a lo largo de nuestra investigación,
una de las características nacionales que ya destacara Juan Agustín
García en su clásica obra La Ciudad Indiana, como
lo es el crónico desapego al cumplimiento de las leyes de que hace
gala el político y el ciudadano argentino desde los albores de nuestra
historia. La Constitución (declarada doctrinariamente como la máxima
norma del ordenamiento jurídico) aparece como una virgen (adorada
y ensalzada como una perfecta suma de fines o virtudes republicanas) aunque
perpetuamente
violada (no se cumplen en reiterados casos sus preceptos).
A nivel nacional existía
una teórica separación de poderes que no era tal. El Poder
Judicial, quien debía controlar el desempeño constitucional
del Ejecutivo y la concordancia de las leyes aprobadas por el Congreso
con la propia Constitución federal, era designado por el Poder Ejecutivo
con el acuerdo del Senado.
Este origen partidario del
Poder Judicial (era invariablemente estructurado por el situacionismo en
funciones) y la posibilidad de su remoción por el Congreso a través
del mecanismo del llamado juicio político (la destitución
se pronuncia por el voto del Senado dominado por la mayoría del
gobierno), explica su falta de independencia respecto de la clase política
dominante, el generalmente bajo nivel técnico-ético y el
irreversible desprestigio social que la judicatura arrastra hasta nuestros
días.
Sus decisiones político-jurídicas
más importantes han convalidado a lo largo de nuestra historia las
conductas especialmente propicias para los gobiernos de turno, incluso
las aberrantes, como las de los golpes de Estado de cualquier signo de
1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976; el terrorismo de Estado del lapso
1976-1983; la constitucionalidad de las leyes de obediencia debida y
punto final que exculparon por delitos cometidos tanto a terroristas
(Firmenich) como a genocidas (Videla, Massera, Agosti), etc.
En cuanto al Congreso, la
Constitución satisfacía a las elites provinciales (dos senadores
por cada provincia, cualesquiera fuese su importancia, riqueza y población
relativa en el contexto nacional) y a las provincias más pobladas
(Buenos Aires, Santa Fé y Córdoba), al fijar diputados en
relación al número de habitantes de cada una.
De tal manera, los constitucionalistas
originales demostraron su descon-fianza respecto de la cesión de
poderes a los gobiernos locales, eliminando toda posibilidad de amenaza
al gobierno central. Se descreía asimismo de la participación
popular mediante un régimen electoral muy limitado a los ciuda-danos
calificados (enlistados), pues era necesario educar un pueblo ignorante,
acostumbrado a las montoneras y anarquía, como paso previo a concederle
la plena capacidad política.
Esta clase dirigente, cuyas
características describiremos a renglón seguido, no consideró
impropio entonces recurrir a cualquier medio (incluídos la violencia,
el fraude y la ilegalidad electoral) para conservarse en el poder, pues
su visión ilustrada e infalible del proyecto de país que
susten-taba, todo lo justificaba (esta versión iluminada e intolerante
de la política es otra constante de nuestra idiosincracia). No dejaron
a los opositores, como veremos luego, otro camino que los alzamientos armados
o la abstención electoral revolucionaria para modificar el sistema
aplicado.
Los recién llegados
(inmigrantes, artesanos y clase media en ascenso) no podían tener
acceso al gobierno por su inexperiencia y potencial peligrosidad para el
Régimen, porque la oligarquía se sentía la única
intérprete ilustrada de las necesidades del país y para conducir
la cosa pública.
La clase política
entonces era definida por los buenos modales, el lenguaje siempre contenido
y condescendiente aún ante los agravios, un rígido código
de honor en las formas (que no excluía como vimos sus transgresiones
por motivos finalistas), procedencia uniforme de núcleos cerrados,
asistencia a instituciones arquetípicas (Club del Progreso, Jockey
Club, Sociedad Rural). La coherencia grupal y a las entidades propias de
la clase social resultaba a la postre más importante que los eventuales
matices de opinión.
En ellos primaban los vínculos
de pertenencia, de amistad y de familia y sobrevivían como grupo
a todas las contingencias partidarias.
Hacia 1880, los dos tercios
del Congreso eran compuestos por la clase alta y el resto, por la clase
media acomodada. El 80% poseía educación universitaria y
estaba vinculado a actividades agropecuarias. La mayoría tenía
vínculos de amistad o conocimiento entre sí. El 40% de los
miembros del gabinete pertenecían a la Sociedad Rural.
Las oligarquías provinciales
aportaban al gobierno federal ministros del Ejecutivo y de las Cortes,
jueces de tribunales federales y embajadores para las relaciones exteriores.
Los estratos medios e inferiores
de la burocracia eran ocupados por la clase media urbana mientras la tecnocracia
(puestos para los cuales era nece-sario poseer conocimientos científicos
especializados) se nutría principal-mente de europeos emigrados
o contratados ad hoc (alemanes, ingleses, franceses e italianos).
La alta burocracia necesaria
para el funcionamiento del régimen era provista por las Universidades
de Buenos Aires y Córdoba y, en especial, por sus facultades de
Derecho. Egresar con el título de doctor en jurisprudencia o abogado
otorgaba prestigio social e influencia política brindando asimismo
la posibilidad de acumular riquezas al cabo de algunos años de ejercicio
sin poseer capital inicial. Ello hacía también atractiva
la carrera para miembros de la clase media acomodada. Hacia 1914, el 35%
del total de graduados univer-sitarios eran abogados.
Las principales funciones
de los abogados eran las de patrocinadores, acusadores y jueces. Manejan
el Poder Judicial y muchos de los principales cargos estables de la burocracia,
adecuándose a las necesidades operativas del régimen.
Con la sanción del
Código Civil de Vélez Sarsfield (1869), aprobado a libro
cerrado por el Congreso (es decir sin
discusión artículo
por artículo de su contenido –20-) se consagra, entre otras cosas,
el estatuto jurídico de la propiedad privada y los abogados cuentan
con la herramienta normativa para la consolidación del estatus de
la oligarquía, su clientela mayoritaria.
El control se ejercía
a través de los máximos tribunales nacional y provinciales,
fiscalías penales y comisarías de policía. Se advierte
entonces la importancia otorgada al control de la sucesión política
que, en mayor o menor medida según zonas y coyunturas, impuso el
régimen para los cargos ejecutivos más altos: presidente,
gobernadores y senadores, sobre quienes pudiesen emprender una actitud
opositora.
Tal sistema de control circuló
por los vericuetos del sistema federal; se concentró, sobre todo,
en la producción del sufragio mediante el fraude y re-sistió
-todavía a pie firme- la impugnación revolucionaria de la
década del '90.
Las características
de este sistema anómalo eran tan públicas, notorias e insostenibles
hacia el futuro que un epígono de los conservadores, hacia 1916,
se sintió obligado a reconocerlas: “Somos
los hombres del antiguo régimen, valedecir, losréprobos...Somos
el pasado, lo conocido, lo gastado. Hemos desvirtuado la Carta, conculcado
el sufragio e interrumpido la revolución de Mayo. Nos hemos interpuesto
criminalmente entre la generación patriótica que dio la Constitución
y la obra redentora iniciada hace veinticinco años (se refiere a
la Revolución del '90) que todavía no ha logrado consumar
la reparación nacional” (21).
El clima moral imperante
hacia fines de siglo estaba constituído por una paradójica
conjunción de optimismo alborozado con base en el progreso econó-mico
y la confianza sin límites en el futuro material del país,
con la mala conciencia que nacía de compartir una tradición
de tartufismo, de violencia, intolerancia y fraude políticos.
En 1889 se crea la primera
corriente de genuina oposición y de reformas al régimen:
la Unión Cívica de la Juventud, a la que prontamente
adhieren grupos mitristas, católicos y de seguidores del caudillo
popular Leandro N. Alem.
En 1890 estalla la llamada
“Revolución del Parque”, con amplio apoyo ciudadano, la que no obstante
ser vencida por carencia de jefes capaces, logra la caída del Presidente
Juárez Celman. Los derrotados forman el partido de la Unión
Cívica, que elige como candidato a presidente a Bartolomé
Mitre.
Roca, desprestigiada cabeza
del régimen, acuerda con Mitre -en esencia un liberal más
cercano a éste que a las peligrosas reformas revolucionarias propuestas
por los hombres del '90- la fórmula presidencial del sexenio 1892/98
para Luis Sáenz Peña, un hombre de la oligarquía de
bajo perfil y cierto prestigio. Ante la traición de Mitre se divide
la Unión Cívica y su ala más opositora constituye
la Unión Cívica Radical (U.C.R.), que queda bajo la
conducción de Alem y lo mas granado de la juventud política
del momento, entre los que estaban Hipólito Yrigoyen y Lisandro
de la Torre.
En 1896 se suicida Alem
y accede a la conducción de la UCR H. Yrigoyen. Los radicales se
lanzan alternativamente a los levantamientos armados o a la “abstención
revolucionaria”, frente a cada comicio convocado por el régimen,
para evidenciar sus nulidades.
Ya desde 1892 debe ser ocupada
militarmente Mendoza para desalojar a los radicales que se habían
apoderado de su gobierno; los dirigentes nacionales radicales son apresados
en varias oportunidades acusados de conspirar y luego liberados. En 1893
hubo también revoluciones locales en Santiago del Estero y Corrientes.
La Convención partidaria de la UCR reunida a fines de ese año
se declaró revolucionaria llamando “régimen de fuerza
surgido del fraude y la violencia” al gobierno de Sáenz
Peña (22).
El desgaste del régimen
obedeció, además, a la acción de fuerzas sociales
y movimientos ideológicos que se localizaron en diferentes puntos
del espacio político. La oposición intransigente, que no
aceptó incorporarse al juego viciado de los cambiantes acuerdos
y coaliciones intentados para salvar el sistema, constituía una
amenaza frente a la cual el oficialismo resultaba incapaz de vertebrar
respuestas exitosas.
Las facciones que actuaron
dentro de las fronteras del sistema se dividieron y enfrentaron en sucesivas
querellas. Incluso, el propio régimen generó reformadores
de la talla de Roque Sáenz Peña, Indalecio Gómez,
Joaquín V. González y el mismo Pellegrini que ausente señalaba,
testimonio de sus últimos días, aquello que, inexorablemente,
debía hacerse para reconciliar la moral con la política (23).
En 1911 el Presidente Sáenz
Peña, convencido de la necesidad de reforma electoral, propicia
y logra la sanción de las Leyes Nº 8129 y 8130 de Enrola-miento
general y de padrón electoral, aunque debe esperarse un año
más, ante la previsible resistencia de la oligarquía, para
que se apruebe el 28/02/12 la Ley 8871 que establece el sufragio universal
obligatorio, secreto y mediante el sistema de listas incompletas (2/3 de
los cargos para la primera minoría de la circunscripción
y el tercio restante para quien le siguiere en orden de votos).
En las elecciones provinciales
realizadas bajo el nuevo sistema triunfan los radicales en Santa Fé
(31-03-1912) y Capital Federal (07-04-1912), en comicios sin impugnaciones
fraudulentas. Los conservadores ganan en Salta, Córdoba y Tucumán
(fines de 1912) y la Rioja y Jujuy (1913) en medio de groseras muestras
de anomalías electorales y los socialistas triunfan a su vez en
las elecciones complementarias de la Capital del 03-03-1913.
Finalmente, el 02-04-1916
hay elecciones generales donde triunfa la lista radical (Yrigoyen-Luna)
por 370.000 votos contra 340.000 sufragios de los demás partidos
reunidos. Comenzaba de tal modo una efímera etapa de afirmación
política de la ciudadanía, que fenecería en 1930.
2.- PERIODO 1916-1930.
ETAPA DE LA CIUDADANIA POLITICA.
El acceso formal del ciudadano
varón al derecho político de elegir sus representantes (la
mujer alcanzará tardíamente la plenitud cívica en
la primera presidencia de Perón, por obra de su militante esposa,
María Eva Duarte), no obstante, no desterró las prácticas
viciosas profundamente arraigadas en el cuerpo social, como veremos.
2.1. Yrigoyen y Alvear,
personalismos y antipersonalismos. Yrigoyen se consideraba imbuído
de una actitud “apostólica” de la política, o sea predicar
con su austera conducta y difundir las prácticas cívicas
(principalmente electorales) más puras y modélicas. Creía
que debía cumplir la reparación histórica de
la Nación para restaurarla en la plenitud de sus fueros. En la plataforma
electoral de 1916 afirmaba que su gobierno se
realizará dentro de las finalidades superiores de la Constitución
rectamente aplicada
en su espíritu y en su texto
(24).
Paradójicamente,
se sintió obligado a violar la Constitución para asegurar
lo que él entendía era su cumplimiento: efectuó numerosas
intervenciones provinciales “reparadoras” por decreto, sin pasar por la
decisión del Congreso, ya que éste y hasta 1918, estaba en
manos de los conservadores (45 radicales y 70 conservadores en Diputados
y 4 radicales y 26 opositores en el Senado). Tras alcanzar la mayoría
de Diputados en 1918, Yrigoyen continuó no obstante actuando en
las provincias por decreto y marginando el sistema constitucional, porque
muchos de los diputados de su partido fueron renuentes a seguirlo (los
“principistas”). En los cometidos de la vida parlamentaria los socialistas
sumaron sus votos invariablemente a la oposición conservadora.
Así se intervino
por Decreto en 1917 a Buenos Aires, Corrientes, Mendoza, Jujuy y Tucumán;
en 1918 a Salta, La Rioja y Catamarca; en 1919 a San Luis, Santiago del
Estero y San Juan. Se llamó por medio de interventores a elecciones
libres y los gobiernos locales fueron entregados a sus legítimos
triunfadores.
Estas actitudes “personalistas”
del Presidente, disgustaron a muchos de los integrantes de su partido:
congresistas, intelectuales, doctrinarios.
Se fueron delineando de
tal modo dentro del Partido Radical dos corrientes, ambas basadas, en teoría,
en los cuatro puntos del programa de Alem de 1891. Una, corporizada por
Yrigoyen, que entendía al radicalismo como advenimiento del pueblo
a la escena política y recuperación de la conciencia nacional
perdida, de la cual él se consideraba sino el único, por
lo menos el mejor intérprete (“radicalismo-sentimiento” o “personalismo”,
esto último según sus detractores). La otra, que se encarnará
en Alvear y los
“doctores” de la U.C.R., que privilegiaba en las
formas a la actividad política, la claridad administrativa y la
impersonalidad en la acción de gobierno (“radicalismodoctrinario,
antipersonalista” o “contubernista” según los seguidores de
Yrigoyen).
Los antipersonalistas no
percibían el pueblo real tras las formas doctrina-rias y normativas
abstractas. Con Yrigoyen se alinearon unos pocos dirigentes (los “incondicionales
o genuflexos”): Pueyrredón, Delfor del Valle, los Oyhanarte,
Caballero, Cantilo, Elpidio González y alguno más. La inmensa
mayoría fue “antipersonalista o contubernista”: Crotto, Lencinas,
Pelagio Luna, Ramón Gómez, Laurencena, Saguier, Gallo, los
Melo, Becú, Castellanos, Barroetaveña.
La totalidad de la prensa,
con la salvedad de la oficialista “La Epoca”, los centros y círculos
de alta y media sociedad, los intelectuales de izquierda o derecha, los
claustros universitarios, en fin, toda la Argentina visible y audible desde
el Jockey Club, el Congreso, las Academias, estuvieron contra el Presidente,
llamado por ellos despectivamente “El Peludo”. Las mayorías
de la clase media y populares, en cambio, más allá de la
escasa efectividad de Yrigoyen en la satisfacción de sus necesidades
sociales, le siguieron incondicionalmente.
En política internacional
y ante la Gran Guerra de 1914/18, Yrigoyen se mantuvo neutralista con tozudez,
en contra de las posturas aliadófilas de su canciller Pueyrredón
y de sus embajadores Naón (Estados Unidos) y Alvear (Francia). Logró
así que Alemania desagraviase la bandera argentina en las dos ocasiones
en que a consecuencia del bloqueo marítimo generalizado que aplicaba
hundió buques nacionales (1917).
Concluída la guerra
con la derrota de Alemania y sus aliados, la Argentina no solamente fue
respetada por los vencedores, sino buscada porque su gran producción
de alimentos cubría las necesidades emergentes del conflicto. Se
pagó a buen precio sus envíos, porque no se trató
de un aliado sino de un neutral que no había enajenado su derecho
de vender a quien y como quisiera. Ello permitió que en 1919
la Argentina lograse el ingreso per cápita más elevado
del mundo (25) y los grandes terratenientes productores y empresas
vinculadas a ellos (frigoríficos, acopiadores y exportadores de
granos), obtuviesen beneficios extraordinarios sin que estos ingresos llegasen
en igual medida a la población de los estratos inferiores. El yrigoyenismo
se mostró incapaz o indiferente en actuar sobre el injusto esquema
vigente de distribución de la riqueza.
En otra muestra de independencia
meramente política yrigoyenista, Argentina se retira de la Liga
de las Naciones (Diciembre 1920), pues no se aceptó su propuesta
en el sentido que se incorporase a las naciones neutrales y vencidas en
igualdad de derechos que a las vencedoras en la contienda.
Por otra parte, hacia 1918
se genera en los claustros universitarios el movimiento reformista cuyos
postulados eran: solidaridad universitaria de la Hispanoamérica,
llevar la cultura al pueblo (extensión universitaria), permitir
el acceso a los estudios superiores de los menos pudientes quebrando el
privilegio de los grupos oligárquicos y facilitar el magisterio
de todas las ideas (libertad de cátedra). El instrumento elegido
para ello fue el cogobierno de autoridades, graduados y estudiantes en
las casas de Altos Estudios. El resultado más visible fue la creación
de la Universidad Nacional del Litoral, que se sumó a las tres existentes
(Buenos Aires, Córdoba y La Plata).
El inicio de la búsqueda
de una identidad cultural nacional se da con el radicalismo en el poder.
La cultura había vivido de espaldas a la realidad en el siglo XIX,
porque esa realidad no se manifestaba plenamente audible o visible. Esta
falta de visión se evidencia como una nostalgia al pasado y en la
exaltación de un arquetipo gauchesco en extinción en la obra
más “nacionalista” del período anterior: el “Martín
Fierro” y en la más literaria de ese período: el “Segundo
Sombra”.
En cambio, Manuel Gálvez
(“El mal metafísico”, “La tragedia de un hombre fuerte” y “Hombres
en Soledad”), Raúl Scalabrini Ortiz (“El hombre que está
solo y espera”), Roberto Arlt (“Aguafuertes porteñas”), Ricardo
Rojas (“Historia de la Literatura Argentina”), Leopoldo Lugones (“La guerra
gaucha”), Benito Lynch (“Los caranchos de La Florida” y “El inglés
de los huesos”), Alberto Gerchunoff (“Los gauchos judíos”), la poetisa
Alfonsina Storni, los vanguardistas de la revista “Martín
Fierro” (Marechal, Borges, Rojas Paz) y los críticos sociales del
Grupo
de Boedo (Castelnuovo, Stanchina, Olivari, González Tuñón,
Alvaro Yunque, Barletta, el mismo Arlt), entre los más notorios,
con obras de dispar contenido, mérito e ideología, sientan
el basamento de la literatura argentina y de su comprensión sistemática.
El Grupo de Boedo se destaca por su visión crítica
y desesperanzada de la realidad nacional (yrigoyenismo incluído).
El ambiente socioeconómico,
en cambio, no fue tan positivo. Una alta inflación hizo crecer el
presupuesto mínimo para una familia entre 1916 y 1918 un 48% mientras
que los salarios se incrementaron sólo el 9%; de tal modo un pater
familias que en 1916 cubría con sus ingresos el 47% de dicho
presupuesto (trabajaban muchos hijos de las familias proletarias desde
corta edad para completar el ingreso del grupo), en 1918 sólo podía
aportar el 35% del sustento del hogar (ver en Apéndice el cuadro
3.5). Hacia 1922 la situación había mejorado notoriamente
y el padre subvenía un 69,5% de los ingresos familiares promedio.
La respuesta obrera acompañó
en dicho período tales vaivenes. Entre 1916 y 1919 el número
de conflictos se incrementó un 359% y los huelguistas un 1.170%,
para decaer hacia 1922 de manera abrupta (ver Apéndice, cuadro 3.2.)
Yrigoyen, no obstante su
origen y discurso aparentemente popular, tuvo actitudes muy duras o represivas
con las clases obreras, en ocasiones.
En 1919 una huelga iniciada
en los talleres metalúrgicos de Vasena, culminó con una cruenta
represión tanto de la policía yrigoyenista como del Ejército,
con decenas de muertos y heridos (la llamada Semana Trágica).
Entre octubre de 1920 a
Diciembre de 1921 el coronel Benigno (?) Varela, enviado por Yrigoyen inicialmente
a laudar en un conflicto entre peones y patrones de estancia de Río
Gallegos, termina reprimiendo indiscriminadamente y asesinando a los primeros
al mando del Regimiento 10º de Caballería, incluso después
que muchos de ellos se rindiesen, en represalias por los desmanes cometidos
por algunos activistas. Se calculan en 1.500 los fusilados sin juicio sobre
una población total de 7.000 habitantes (26). Varela fue asesinado
poco después a su regreso, en represalia, por el militante anarquista
Kurt Wilckens, en las calles de Buenos Aires.
En 1918, en el marco de
suma explotación laboral ya descripto en el Capítulo I.1.2.,
los obreros de Las Palmas del Chaco Austral se sindicali-zan lanzando
una huelga al año siguiente en procura de mejoras laborales. En
1920 se repite el planteo con mayor gravedad y la empresa reprime los reclamos
con ayuda de la policía territorial (Chaco) y elementos locales
armados de la Liga Patriótica de Manuel Carlés (nacionalismo
xenófobo y aristocrati-zante). Hubo numerosos muertos y heridos
entre los indios, peones y obreros. Yrigoyen hace intervenir, en lugar
de su responsable natural (el gobernador) al Regimiento 9 de Infantería
de Corrientes, al mando de Gregorio Pomar. Este, con una ecuánime
labor evita otra tragedia y logra se firme un convenio equilibrado entre
el ingenio y los huelguistas que pone fin al conflicto sin derramamiento
de sangre obrera. Como la empresa no cumplió lo pactado, las huelgas
se reanudaron aunque con menor violencia y acabaron por diluirse, impotentes.
Recién en 1923, gobernando Alvear, se logra suprimir la moneda “Palmas”
(27).
Yrigoyen, antiguo comisario
de policía de Balvanera, privilegió en estos casos el orden
formal por sobre la cuestión social de fondo. En cambio tuvo
una conducta más
paternalista aunque declamatoria en lo legislativo,
enviando al Congreso una serie de proyectos de leyes acompañados
de progresistas mensajes de elevación sobre descanso dominical y
trabajo a domicilio de la mujer (1918), de conciliación y arbitraje
en conflictos obreros, de asocia-ciones profesionales y contrato colectivo,
de creación de las juntas arbitrales de trabajo agrícola
y de defensa de la población obrera de los territorios nacionales
(1919) y de Código de Trabajo (1921), ninguno de los cuales mereció
sanción parlamentaria, pese a lo cual el Ejecutivo omitió
insistir con sus proyectos.
Resulta hasta impropio,
entonces, hablar de política social yrigoyenista, pues su administración
nada hizo para modificar la distribución regresiva de ingresos originada
en el modelo conservador, que continuó sus efectos potenciada por
los efectos beneficiosos de la guerra mundial.
En 1922 la Convención
radical eligió para suceder a Yrigoyen la fórmula Marcelo
T. de Alvear (embajador aliadófilo en París) y Elpidio González
(jefe de policía durante la Semana Trágica e incondicional
“personalista”).
La elección arroja 450.000 votos para la fórmula de la U.C.R.
contra 200.000 de los segundos, Concentración Nacional (conservadores).
El gabinete que designa
Alvear es bien recibido por La Nación, La Prensa y la oposición
conservadora y hacia 1924 la división del partido radical entre
yrigoyenistas (personalistas) y alvearistas (antipersonalistas),
era ya un hecho. Tras las elecciones de ese año, dos alvearistas
(Melo en el Senado y Guido en Diputados), son elegidos para conducir ambas
Cámaras del Congreso con el voto conservador.
La división de 1924
fue entre un “partido” con su programa liberal, procederes legalistas,
dogma constitucional, hombres que creían en los “prin-cipios” y
no aceptaban tutelas, y un “caudillo” que resumía en su fuerte per-sonalidad
programa, ley y principios. Es cierto que, junto a los primeros, había
caudillos locales (Cantoni en San Juan, el gauchito Lencinas en
Mendo-za) porque fueron desplazados hacia allí por el jefe nacional,
que en este juego no admitía pares. Así, por un lado estaba
el partido y del otro el caudillo, necesariamente enfrentados.
La obra legislativa del
alvearismo fue insignificante. La gestión adminis-trativa resultó
mediocre aunque hubo orden, correción y decoro en la función
pública, al punto tal que pudo volverse a la convertibilidad monetaria.
Alvear dejó el gobierno casi totalmente en manos de sus ministros,
un caso virtualmente único entre nuestros presidentes (28).
En 1926 el panorama político
era: triunfos yrigoyenistas en Capital, Buenos Aires y Catamarca (3 gobernaciones);
alvearistas en Santa Fé, Entre Ríos, Santiago del Estero,
Mendoza, San Juan y Jujuy (6) y conservadores en Córdoba, Corrientes,
Tucumán y Salta (4). El yrigoyenismo evidenciaba de tal forma no
tener mayores candidatos fuera de su jefe, no obstante ser los radicales
en conjunto ampliamente triunfadores en el país (9 a 4 en gobernadores).
Quebrados los lazos con
el yrigoyenismo, los antipersonalistas se preocupan por consolidar la unión
con los conservadores y designar la fórmula presidencial. En 1927
los antipersonalistas siguen la preferencia de Alvear por Leopoldo Melo
y su convención partidaria vota la fórmula Melo-Gallo, a
la que apoya el conservadorismo (contubernio).
Pero, entre Diciembre de
1927 y Marzo de 1928, los yrigoyenistas ganan las gobernaciones de Salta,
Tucumán, Santa Fé y Córdoba, que con los votos conven-cionales
de Buenos Aires y Capital, proclaman la fórmula de Yrigoyen (para
un segundo período), acompañado por Francisco Beiró.
II.2. Segunda Presidencia
de Yrigoyen.
A punto de finalizar el mandato de Alvear, se realizaron las elecciones
presidenciales de 1928, que plebis-citaron, a través de una espontánea
alianza de clases medias y populares, a la fórmula radical Yrigoyen-Beiró
(reemplazado ante su fallecimiento prematuro por Enrique Martínez),
con 838.600 votos; la fórmula antiper-sonalista Melo-Gallo reunió
414.000 y los socialistas Bravo-Repetto 65.000.
Las fuerzas conservadoras,
herederas del régimen falaz y descreído como las llamaba
Yrigoyen en contraposición a su causa, reaccionaron ante
la derrota con una actitud de oposición y crítica feroces,
buscando ampliar sus alianzas en campos afines, en especial ciertos cuadros
militares.
Además, reiniciaron
contactos ya esbozados en el Parlamento con los radicales antipersonalistas
(contrarios a Yrigoyen) y alentaron la división del Partido Socialista,
logrando que se creara el pequeño Partido Socialista Independiente,
con Federico Pinedo, Antonio De Tomaso y Héctor González
Iramain, entre sus principales dirigentes.
Esta fue la base de un acuerdo
de cúpulas dirigenciales de diversos orígenes políticos,
aunque unidas por similares intereses sociales, que en las sucesivas administraciones
del lapso 1930-1943 gobernó al país a través de la
autodenominada Concordancia, por sus integrantes, o
Contubernio,
por los detractores.
El Senado, controlado por
la oposición, demoraba el proyecto de nacionalización del
petróleo aprobado por Diputados en 1927; el Poder Judicial, abandonando
una vez más su declarada “independencia” de las cuestiones políticas,
prestó la sede de la Presidencia de la Primera Cámara Civil
de Apelaciones de la Capital a grupos opositores para una reunión
conspirativa el 05-09-30 en vísperas del golpe (29) y convalidó
mediante una famosa y rápida "Acordada" del 10-09-30, la existencia
del gobierno “de facto” y la validez de sus actos, en tanto no fuesen
dejados sin efecto por acto expreso de un gobierno constitu-cional posterior.
Consagró de tal manera
el máximo organismo judicial argentino el estatuto doctrinario
del golpe de Estado, concebido paradójicamente para violar la
Constitución.
En este estado de cosas,
preanuncian el golpe por venir sendos manifiestos de conservadores y socialistas
independientes –“La Nación” del 10/08/1930- y de seis senadores
y todos los diputados antipersonalistas –“La Nación” del 21/08/30-,
donde se denunciaban supuestos actos ilegales del Poder Ejecutivo y del
oficialismo y se invitaba a crear un espíritu cívico de resistencia
a los denunciados abusos y desmanes.
La campaña opositora
no hubiera podido llevarse a cabo con tanta intensidad de no haber contado
con la adhesión de la
prensa responsable, quien le brindó
difusión inusitada a la situación así creada. Al frente
de los diarios que incitaban el cambio violento del régimen se ubicó
Crítica,
de Natalio Botana, que servía de enlace entre los sectores políticos
y los grupos militares afines al golpe (30).
Por otra parte, la administración
Yrigoyen, paralizada por la avanzada edad del caudillo, que todo lo quería
controlar y no podía, y por las disensiones internas de sus ministros
y seguidores cercanos, contribuía a generar una imagen de parálisis
y caos que favorecía los propósitos golpistas. El movimiento
obrero, dolido con Yrigoyen por los sucesos de la Semana Trágica
y la represión de trabajadores en la Patagonia, se mantuvo indiferente
respecto de la defensa de las instituciones constitucionales. A los pocos
días del golpe, sin embargo, la C.G.T. envió una nota de
apoyo a Uriburu (31).
De tal modo, un breve paseo
militar por las calles de Buenos Aires con Uriburu al frente, determinó
sin resistencias significativas la caída del Gobierno (06-09-30)
y el fin de la primera experiencia democrático popular (imperfecta)
de nuestro país desde su independencia. Comenzó también
el período de intervenciones militares en la vida institucional
argentina, por fuera o con abandono de sus funciones específicas,
que culminaría recién sesenta años después
con el cuartelazo fracasado de Seineldín (1990).
II.3.- Cambios socioeconómicos.
La Gran Guerra trajo alteraciones en la estructura económica argentina.
Si bien estos cambios no modificaron las características agroexportadoras,
mostraron que el proceso de industriali-zación era factible. Por
fuerza de la necesidad nacieron industrias para fabricar los productos
manufacturados que no se podían importar; aumentó la producción
de la industria textil, la de insumos alimenticios, tabaco, cuero y mineros
(es decir, las actividades ligadas principalmente a materias primas nacionales).
Los establecimientos fundados
durante la guerra son el 19% del total exis-tente en 1918; en montos, su
capital se incrementa en un 21% y su producción en un 48%
Este fenómeno industrialista
tuvo las siguientes modalidades: 1) Fue efímero y comenzó
a decaer hacia 1937 cuando las potencias industriales europeas (Francia,
Alemania, Inglaterra e Italia), lograron recuperar sus niveles de producción
de preguerra; 2) No tuvo gran calidad porque faltaron técnicos para
diseñarlo y supervisarlo, maquinarias y equipos y hasta, en ciertos
casos, materia prima de calidad mínima; 3) Se repartió muy
desigualmente (decrecieron los establecimientos en todo el país,
salvo en la pampa húmeda donde su incremento fue notorio -ver Cuadros
Núms. 4 y 5 en el Apéndice-); 4) Pero lo que es más
grave, como un rasgo permanente en nuestra historia nacional, faltó
entre los propios industriales y la clase política del momento,
una clara percepción de los intereses sectoriales y del país
al respecto.
Cambian las características
del comercio exterior y éste adopta una forma “triangular”: como
nuestra balanza comercial tiene superávit en el intercam-bio con
Inglaterra, país que dominaba el sector, y éste no se encuentra
en condiciones de satisfacer nuestra demanda de productos manufacturados,
se busca el aprovisionamiento en los Estados Unidos de manera creciente.
En la posguera se viven
breves años de euforia hasta el crac del '30. Por 1925, un año
agrícola aceptable aunque no excepcional, la Argentina abasteció
el 66% de la exportación mundial de maíz, el 72% de lino,
32% de avena, 20% de trigo y harina de trigo y más del 50% de carne.
Inglaterra fue el comprador principal, adquiriendo el 50% de la cosecha.
Comenzaba el auge de los productos lecheros (32).
Hacia los '20 la totalidad
de la tierra apta para el cultivo estaba ocupada, por lo que el crecimiento
de la agricultura se realiza en detrimento de la ganadería. Las
exportaciones agrícolas que en 1920 representaban el 50% del total,
trepan al 65% al final de la década. La guerra hace decaer las compras
de insumos manufacturados en Inglaterra (su industria estaba totalmente
dedicada al esfuerzo bélico), incrementando el intercambio comercial
con Estados Unidos que alcanzaría un importante volumen para la
época, de u$s 421 millones en 1920 (debe recordarse que los norteamericanos
ingresaron tardíamente al conflicto en 1917, a poco más de
un año de su finalización). Paralelamente las inversiones
norteamericanas en el país pasan de u$s 40 millones en 1913 a u$s
100 millones en 1924 y a 355 a fines de la década.
La ganadería sufre
una crisis pues la carne requerida por los ejércitos aliados no
era la selecta chilled sino la congelada o los corned-beef
de menor calidad y precio. Los mejores animales debieron destinarse al
mercado interno, quien no pudo consumirlos. Ello trajo superpoblación
de cabezas vacunas que pasaron de 26 millones en 1914 a 37 en 1922. Los
frigoríficos redujeron sus compras de 3 millones para la exportación
en 1918 a 1 millón en 1921. Los invernadores trasladaron sus pérdidas
a los criadores que debieron vender vacunos a 10 pesos en 1920. La intervención
del yrigoyenismo en favor de los criadores (precios mínimos para
el ganado, intervención fiscal y frigorífico oficial para
el abastecimiento porteño), fue derogada por Alvear por presión
de los invernadores y frigoríficos.
Entre 1925 y 1927 se desata
una “guerra de frigoríficos” donde los más grandes presionan
por el aumento de sus cuotas de exportación que finaliza con la
liquidación de las firmas más pequeñas. Tras un acuerdo
en Octubre de 1927, el “libre mercado” queda así repartido: 54,9%
para las sociedades norteameri-canas; 35,1% las inglesas y 10% las “argentinas”
(la mayoría lo eran solamente de nombre).
Hacia 1930, con una agricultura
preponderando en las provincias de Buenos Aires, Santa Fé, Entre
Ríos, Córdoba y La Pampa el país, anteriormente pecuario,
pasa a ser primordialmente agrícola.
En 1923, en la región
cerealera y del lino, sobre un total de 119.999 chacras, el 35,7% son de
propietarios; el 55,4% de arrendatarios y el 8,9% de medieros. Hacia 1929-30
las respectivas proporciones eran 39,5%; 56,6% y 3,9% Es decir habían
aumentado levemente los propietarios y los arrendatarios a expensas de
los medieros.
El crecimiento agrícola
de los '20 se debió, sobre todo, a los inmigrantes que ingresaron
en esa década, que superaron largamente el millón, radicándose
definitivamente unos 900.000 (ver Apéndice, cuadro Nº 1). Estos,
sin capital para invertir, se hicieron arrendatarios y, muy despaciosamente,
se fueron transformando en propietarios.
En 1924 hay en Buenos Aires
35,2% de propietarios rurales; en 1929, 38,5% En Córdoba y para
las mismas fechas 33,8% y 37,5% respectivamente. En 1929 en Tucumán
y Mendoza el 78% son propietarios y en San Juan el 78,5%
Sin embargo, la mayoría
de los inmigrantes radicados se aposenta en las ciudades, favoreciendo
el incipiente desarrollo industrial con mano de obra barata y en ciertos
casos más calificada que la existente.
No obstante, el crecimiento
demográfico entra en franca pendiente: del 2,06% en 1910 baja al
1,68% en 1929. Paradójicamente al incremento de los saldos exportables
en alimentos, la dieta de la población de bajos recursos, sobre
todo en las provincias del interior, era pobre. Las condiciones de trabajo
y la relación entre el costo de vida y los salarios, tampoco favorecían
el incremento demográfico.
La localización de
talleres y establecimientos no seguía un plan racional: se instalaban
en sitios donde los terrenos eran más baratos sin considerar las
residencias de los trabajadores, con problemas de transportes y tiempo
perdidos en traslados. A ello deben agregarse los frecuentes accidentes
de trabajo por deficiente instrumentación y protección (Ver
Cuadro 3.4. en el Apéndice). Hacia 1913 el 80% de las familias obreras
de Buenos Aires viven en una sola habitación.
Dice un autor refiriéndose
a aquel período: Los
lugares más inhospitalarios ymenos adaptables a la vivienda humana
eran fraccionados, realizándose desde luego un proficuo negocio,
y entregados a la desesperación del trabajador por huir del conventillo
y disponer de un sitio del cual la miseria y las dificultades habituales
de la desocupación no consiguieran desalojarlo. Numerosos barrios
situados en el cinturón de la ciudad en los que faltaba luz, agua,
desagües y todo otro vestigio de civilización, eran testigos
mudos pero elocuentes del proceso que se cumplía en el país
y particularmente de la forma como se realizaba este proceso. Las clases
dirigentes no favorecieron en lo más mínimo la creación
y la posesión de la vivienda obrera (33).
La distribución de
la población que según el censo general de 1869 era un 67%
rural y 33% urbana, invierte sus guarismos en 1930: un 32% rural y un 68%
urbana. Nacía una sociedad de masas de reacciones desconocidas hasta
entonces.
III.- PERIODO 1930-1943.
PRIMERA RESTAURACION CONSERVADORA.
III.1.- Un dilema
a la Argentina: Nacionalistas oligárgicos o liberales intervencionistas.
Entre los golpistas del '30, convivían dificultosamente, tal como
sucediera luego en la Revolución del '55, dos tendencias:
a) La línea Uriburu
(equivale a la de Lonardi en el '55), minoritaria dentro del conjunto,
vinculada a la agitación nacionalista desde fines del '20. Los jefes
militares y los civiles que los asesoran -Carlos Ibarguren, Juan E. Carulla,
Juan P. Ramos, José María Rosa, Leopoldo Lugones, Alberto
Viñas- son admiradores de Mussolini y Primo de Rivera y pretenden
aplicar un programa de reformas de tinte corporativo a la Constitución
Nacional, la derogación de la Ley Sáenz Peña y su
reemplazo por un sistema de voto calificado (nacionalismosin pueblo),
o sea la reorganización del país mediante un régimen
dictatorial. Se limitan a un reducido núcleo de militares, poetas,
intelectuales y sacerdotes; y
b) La línea Justo-Sarobe
(corresponde a la de Rojas-Aramburu en el '55), que comprende a la mayoría
de la oficialidad golpista, tiene vinculaciones personales e ideológicas
con los partidos políticos de la derecha liberal (“liberales
a la Argentina”: seguidores de la ortodoxia capitalista en lo económico
y conservadores antipopulares en lo político), esto es la próxima
Concordancia/Contubernio. Intenta reemplazar al personalismo de
Yrigoyen, manifestando estar dispuesta a convocar de inmediato a elecciones,
manteniendo la vigencia de la Constitución y de la Ley Sáenz
Peña. Responde de preferencia a los intereses de la burguesía
terrateniente y de varios estratos de la clase media urbana (universitarios
y profesionales de éxito). Luego de la experiencia electoral de
la Provincia de Buenos Aires en Abril del '31 (triunfó la fórmula
radical de Honorio Pueyrredón-Mario Guido y el gobierno las anuló),
al grupo le dejó de importar que las elecciones fuesen libres o
no (34).
El golpe se funda en el
cartabón que en el futuro habrán de invocar todos los cuartelazos
que sobrevengan: 1) caos político y peligro de disolución
nacional, como fundamentos en el pasado inmediato; 2) apoliticidad, necesidad
de salvar a las instituciones e inmediato retorno a la normalidad constitucional,
como propósitos rectores hacia el futuro (35).
Los autores intelectuales
del golpe quedaron evidenciados de inmediato: tres de los ocho ministros
designados por Uriburu estaban vinculados a las compañías
extranjeras de petróleo y todos, salvo dos o tres, a diversas empresas
capitalistas europeas o estadounidenses, lo que motiva la protesta de un
escritor del
sistema como Manuel Gálvez (“El
6 de Setiembre es una especie de Termidor denuestra historia”
-36-).
La administración
uriburista fue desordenada en lo económico: extrajo 170 millones
de pesos-oro de la Caja de Conversión (aproximadamente el 40% de
la existencia en oro de las reservas); aumentó la deuda flotante
del Tesoro y fueron lanzados a la circulación 300 millones de pesos-papel;
se establecie-ron nuevos impuestos por un valor superior al 15% del presupuesto
nacional (37).
Para responder a conatos
de rebelión generalizados (suboficiales de Córdoba, Nov.
1930; Severo Toranzo en Nov. 1931; Gregorio Pomar en Corrien-tes, Jul.
1931; intentona radical en Tucumán, Ago. 1931 y el levantamiento
de civiles en La Paz, Entre Ríos, Ene. 1932), el gobierno implantó
la ley marcial, legislándose por bando militar sobre delitos
y penas y restableciendo la condena a muerte desterrada anteriormente por
bárbara del Código Penal. Hubo, como en casi todos los golpes
de Estado posteriores, fusilamientos, persecusiones, torturas y deportaciones.
Anuló comicios y vetó candidaturas.
So pretexto de corregir
la anarquía universitaria, se interviene a las casas de altos
estudios, se dictan estatutos reaccionarios, se persigue y encarcela a
dirigentes estudiantiles, quienes tardíamente ven enfriarse la euforia
que el cuartelazo setembrino les causara.
Pero el régimen de
facto distaba de ser monolítico. Desde el mismo momento de la
asunción de Uriburu su efímero Ministro de Guerra, Agustín
P. Justo, comenzó a gestar su propia postulación presidencial
a través de la “Concor-dancia”. Frente a ésto, Uriburu ofrece
la candidatura oficial al santafesino Lisandro de la Torre, liberal crítico
y antiyrigoyenista acérrimo.
De la Torre desecha el envite
aunque enfrentará a Justo con la opositora (dentro del sistema)
“Alianza Civil” integrada con el Partido Socialista tradicional. De tal
manera, De la Torre operó como la oposición de Su Majestad
dándole un cariz democrático a la elección presidencial
de 1932 y a la consiguiente proscripción desde el gobierno/abstención
desde el llano de la U.C.R. para participar en ella, por evidente carencia
de garantías electorales.
Las elecciones en cuestión
(08-11-31), en opinión de uno de sus partícipes (38) “fueron
de las más fraudulentas de cuantas se habían realizado en
el país y sirvieron para dar una apariencia de legalidad a la usurpación
del poder que se hacía en perjuicio del candidato radical. En estas
elecciones, decididas por un general para favorecer a otro general, el
oficialismo acentuó al máximo el régimen de fraude
sistemático y la restricción de los derechos y libertad de
los ciudadanos sufrió una seria agravación.”
Lo que vino después
puede sintetizarse en la siguiente descripción de la década
infame de 1930/1943 (expresión debida a José Luis Torres,
en la obra precisamente de ese título publicada en Buenos Aires
en 1945) que efectuara Ismael Viñas en la revista "Contorno", Nº
9-10, pág. 73:
“Los
años duros del '30: la clase media lloraba sus ilusiones frustradas;
no se había realizado ni el sueño radical ni el sueño
liberal de la Alianza socialista-demócrata progresista; la clase
media no era capaz de conquistar realmente el poder. Las clases altas exhibían
su cinismo: el Vicepresidente de la República, el hijo del Conquistador
del Desierto, iba a mendigar a Londres; los pistoleros hacían política;
los descendientes de los próceres intervenían en negociados.
Fraude: los radicales bramaban de rabia y de impotencia, pero también
ellos participaban en negociados y en convenios. Años duros: en
Puerto Nuevo se apretaban los ranchos de lata y cartones, y la gente iba
a verlos como quien hace una visita a un planeta extraño. Se cantaba
Yira
Yira y Dónde hay un mango Viejo Gómez?.
La juventud dorada de los dorados y grasos años alvearistas abandonaba
los fuegos artificiales, el gauchismo de Güiraldes y los chistes en
verso y se ponía metafísica; Martínez Estrada gemía
sobre el hundimiento del mundo, Mallea enumeraba las lacras de su mundo,
Marechal se convertía al catolicismo. Los hombres de Boedo insistían
en su literatura de protesta, de descripción del mundo de los oprimidos.
Arlt proponía levantar cadenas de prostíbulos para pagar
la revolución. Pero en esos mismos momentos se multiplicaban las
fábricas y los peones rurales comenzaban a abandonar sus pagos tristes
y miserables para enrolarse como proletarios industriales” (Ver Apéndice,
Cuadro 7.3.).
Fraude y privilegio fueron las características de este período, al decir de José Luis Romero (39). El gobierno de Justo se caracterizará en lo económico, fundamentalmente, por colocar al país en situación de dependencia colonial con Gran Bretaña, favoreciendo las oligarquías tradicionales. No se omitirá el Intervencionismo estatal (creación de Juntas Reguladoras de la producción en varios ramos), aunque orientadas a generar beneficios sectoriales en detrimento de los inasibles intereses nacionales.
Para regular el mercado
de carnes angloargentino, el 01-05-1933 se firma en Londres el tratado
Roca-Runciman, tenido por arquetipo de la renuncia de la dignidad argentina
en favor de terceras potencias, al punto que Arturo Jauretche, desde F.O.R.J.A.
le denominó el
estatuto legal del coloniaje. En virtud de
dicho tratado, el Reino Unido se reservaba el derecho de restringir cuando
le conviniera la compra de nuestras carnes, el de distribuir en nuestro
país el 85% de la exportación de ella, permitiendo solamente
que el 15% restante fuese exportado por empresas argentinas que no persiguieran
beneficio privado, siempre que dichos embarques fuesen colocados en el
mercado por las vías normales (buques y comerciantes ingleses) y
teniendo en cuenta la coordinación del comercio del Reino Unido.
Además la Argentina
se comprometía a: 1) seguir manteniendo libres de dere-chos el carbón
y todas las otras mercaderías que entonces se exportaban con dichas
excepciones aduaneras; 2) respecto de las importaciones inglesas, sobre
cuyos derechos aduaneros el Reino Unido gestionaba una reducción,
volver a las tasas y aforos vigentes en 1930, comprometiéndose el
gobierno argentino a no imponer ningún nuevo derecho ni aumentar
los existentes por concepto de tasas, aforos o por cualquier otro medio;
3) seguir una política de no reducción de tarifas ferroviarias;
4) obtener en favor del comercio británico la totalidad del tipo
de cambio proveniente de compras inglesas y, en ningún caso, el
tipo de cambio para las remesas a la Gran Bretaña sería menos
favorable que para las remesas a otros países; 5) dispensar a las
empresas británicas de servicios públicos y otros en la Argentina,
sean éstos servicios nacionales, municipales o privados, un tratamiento
benévolo y de protección de sus intereses.
En 1934 el senador Lisandro
de la Torre promueve en el Senado la creación de una comisión
investigadora del comercio de las carnes. Aunque hombre del sistema, fue
un crítico profundo y honrado de sus desvíos: señaló
el monopolio frigorífico y sus ganaderos cómplices, a los
funcionarios venales y al gobierno que protegía dicho statu quo.
Puso en evidencia que se trataba de una política integral destinada
a limitar el desarrollo del país, mantenerlo como monoproductor,
restringirle sus posibilidades de comerciar en el exterior con libre competencia
e impedir el ascenso social de las masas, como consecuencia de todo ésto,
para conservar un limitado mercado consumidor, que no consti-tuyese a la
demanda interna como competidora en el precio de lo que llamaban nuestros
saldos
exportables(40).
Si bien logró evidenciar
las lacras del sistema, no pudo obtener resulta-dos concretos, sufrió
todo tipo de befas y presiones del oficialismo (incluído el asesinato
de su dilecto discípulo el senador electo por Santa Fé, Enzo
Bordabehere en el mismo recinto del Senado de la Nación de parte
de un matón al servicio de la “Concordancia”, Valdez Cora) y terminó
suicidándose, impotente, poco después.
La acción del Congreso,
con mayoría concordancista de origen fraudulento, se dirigía
a concretar un estatuto jurídico del privilegio en favor de los
intereses dominantes. La Ley 12157, creadora del Instituto Movilizador
de Inversiones Bancarias, recibió una millonaria asignación
que destinó a cubrir los déficits de los bancos por malos
negocios presentes y futuros. De esta manera, la administración
desviaba fondos de la comunidad en beneficio de determinados intereses
sectoriales o particulares (41), circunstancia que hasta nuestros días
constituye un patrón de conducta de la clase política vernácula.
Las Juntas estatales reguladoras
de la producción, creadas por sucesivas leyes (en los ramos de las
carnes, vinos, granos, leche, algodón, yerba mate...), cumplían
doble función: centralizaban en la Capital Federal a la dirección
y fiscalización de las industrias básicas del país,
mientras contribuían a consolidar los monopolios productivos y comerciales
existentes. Se llegó a volcar vinos en las acequias en Mendoza para
mejorar los precios de las reservas en poder de los consorcios monopolistas.
El Estado, operando a través
de una nueva categoría económica autocontra-dictoria -neoliberalismo
intervencionista- apoyaba a los grandes conglomerados capitalistas en perjuicio
de los pequeños productores. No sólo se autorizaba por ley
la destrucción compulsiva de la materia prima (“promover
la supresión en
la medida
indispensable, de la vid vinífera, mediante el pago de indemnizaciones”,
Ley 12137, artículo 2º, inciso a.) sino que se permitía
el establecimiento de límites a la producción (impuesto de
$4 por cada nueva planta de yerba mate, Ley 12236 art.9; impuesto de $
1.000 por cada hectárea de nueva plantación de vid vinífera,
Ley 12.137, art. 6º, etc.), así como la fijación de
precios mínimos y la regulación o prohibición de exportaciones
e importaciones (42).
La Ley 12139, de unificación
de impuestos internos, significó en la práctica una poderosa
contribución al aniquilamiento del régimen federal y de las
autonomías municipales. Así por ejemplo, la supresión
de las facultades de los gobiernos de Mendoza y San Juan para gravar el
vino y de los gobiernos de Tucumán, Salta y Jujuy para gravar el
azúcar, suministraron las bases jurídicas permanentes para
el perfeccionamiento de los trusts del comercio sobre dichos productos
(43).
La venalidad y la corrupción
puestas de manifiesto en la tramitación de la prórroga de
las ordenanzas de las compañías eléctricas C.A.D.E.
y C.I.A.D.E. en 1936, abarcaron por igual a conservadores y radicales contubernistas,
de vuelta éstos de la abstención revolucionaria y de la prédica
ética yrigoye-nista. Tan sólo el bloque socialista de concejales
porteños (junto a algún demoprogresista y a José Penelón
de Concentración Obrera), se mantendrían al margen del negociado
(44).
Para las elecciones presidenciales
de 1938 Justo, impedido de postularse nuevamente por impedirlo la Constitución
por entonces vigente, elige como sucesor a su propio Ministro de Hacienda,
Roberto M. Ortiz, un radical antipersonalista pero sin trascendencia ni
enemigos en su propio partido, que debía retrasmitirle el cargo
pasados seis años. Había sido abogado de los ferrocarriles
y de otras empresas inglesas y su candidatura fue proclamada por la Cámara
de Comercio británica antes que por los medios políticos
argentinos (45). El candidato a vicepresidente fue el conservador y también
ministro de Justo, Ramón S. Castillo. Los radicales
tradicionales
proclamaron la fórmula Marcelo T. Alvear-Enrique Mosca.
Realizadas las elecciones
(05-09-37), el Correo abrió discretamente las urnas cambiando los
votos radicales por oficialistas antes de entregarlas al tribunal escrutador.
Como era de esperarse, el recuento dio amplia mayoría a la concordancia
en casi todos los distritos (1.100.000 boletas y 248 electores a Ortiz-Castillo
y 815.000 por Alvear-Mosca con 128 electores). Años después,
un actor en ese fraude, Federico Pinedo, diría al respecto: “Los
procedimientos que se usaron en esos comicios... hacen imposible catalogar
esas elecciones entre las mejores ni entre las buenas ni entre las regulares
que ha habido en el país” (46).
El 24 de Junio de 1942 Ortiz,
enfermo irreversible de una diabetes muy grave renuncia a su cargo, falleciendo
días después. Castillo asume el cargo y en los círculos
militares se forma una logia secreta, el G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos
o Grupo Obra de Unificación) que desde noviembre de 1942 con-trola
el Ministerio de Guerra e impuso y mantuvo la neutralidad del gobierno
en el conflicto armado. En virtud de ello se atribuyeron a Castillo ideas
filo-nazis.
En febrero de 1944 terminaría
la presidencia de Castillo y la elección de su reemplazante estaba
prevista para setiembre de 1943. Justo, quien se consideraba el candidato
natural fallece imprevistamente en Enero de 1943 dejando a la Concordancia
sin candidato. Castillo, en consecuencia, sugiere como su sucesor al fuerte
industrial salteño Robustiano Patrón Costas, presidente provisional
del Senado y también presidente del partido Demócrata Nacional
(conservador). Como candidato a la vicepresidencia fue sugerido el radical
antipersonalista santafesino Manuel Iriondo.
Ambas postulaciones debían
ser convalidadas por las convenciones de los respectivos partidos a reunirse
el 4 de Junio. No obstante, la figura de Patrón Costas despertó
grandes resistencias en numerosos círculos influyentes del país
pues se le atribuía el propósito de inmediato abandono del
neutra-lismo y compromisos de beligerancia en favor de los aliados apenas
asumiera la presidencia.
El núcleo mayor de
resistencia se concretó en el Ejército y su logia predo-minante,
el G.O.U. Cuando los conspiradores logran que el general Arturo Rawson
acepte encabezar la rebelión, el mismo 4 de junio abandonan sus
cuarteles de Campo de Mayo y marchan hacia el centro de Buenos Aires.
El gobierno de Castillo
cayó tras un breve paseo de las tropas, las que tuvieron sólo
un enfrentamiento con efectivos de la Escuela de Mecánica de la
Armada que provocó unas 70 bajas entre los militares y los civiles
que les acompañaban. Tras ello, Castillo renunció a su cargo
poniendo fin a la
década infame.
Comenzaba entonces la segunda
de las intervenciones militares del siglo XX en la conducción del
país y, quizás, la menos cruenta y objetable de todas ellas.
III.2.- Los hechos
que preanuncian la etapa de la ciudadanía social. Más
allá de los vicios y desencantos que la situación institucional
operada entre 1930 y 1943 creaba en el ciudadano del común, (los
tangos discepoleanos son una gráfica descripción del estado
de espíritu reinante: ...y la chiva hasta Cristo se l'han
afeitao... cualquiera es un ladrón, cualquiera es un señor...),
comienza a despertar la Argentina profunda. Tras el festival de corrupción,
negociados y falta de representatividad de la clase política, se
gestaban perdurables cambios bajo la superficie de las cosas.
El Congreso adquiere en
los años de la presidencia de Ortiz y luego de Castillo, el perceptible
tono de los cuerpos colegiados en decadencia. Conser-vadores y radicales
se unían para apoyar dictámenes vergonzosos, como el relativo
a los resultados de la investigación sobre las concesiones eléctricas
de la Capital Federal (empresa belga SOFINA). De tal modo, los avatares
del Parlamento eran tomados por la población con indiferencia o
fastidio, en el mejor de los casos, porque estaba, como el régimen,
absolutamente despres-tigiado.
El Congreso, en 1940, dedicará
largas horas de sesión al negociado de las tierras de El Palomar
el que, pese a sus proporciones reducidas frente a la inmoralidad reciente
-representaba unos escasos centenares de miles de pesos- salpicó
hasta alguna esfera allegada al Poder Ejecutivo (47). La importancia de
la cuestión no es la magnitud del negociado, ni que resulten implicados
legisladores (uno de ellos se suicida y el otro es excluído de la
Cámara de Diputados), ni que el Ministro de Guerra (general Márquez)
y el propio presidente Ortiz se alarmen. Lo significativo es que el sistema
permitía irregularidades como ésa porque los mecanismos legislativos
y judiciales toleraban fallas tan graves.
En las elecciones de 1940
los radicales consiguen 80 diputados para la Cámara, pero esa mayoría,
con excepciones muy limitadas, de nada les servirá, y las cosas
seguirán como antes. El desprestigio que envuelve al partido (salvo
las tendencias como F.O.R.J.A. que intentaban un replanteo de la conducción),
llevaran a su derrota en la Capital Federal para 1942, a manos de los socialistas.
También hacia 1940
y analizando otros campos del quehacer nacional, la mayor parte de la industria
argentina es del tipo manufacturero, liviano, productora de artículos
de consumo. Falta la industria pesada, que constituye la médula
de la vida industrial en los países más adelantados (48).
A esas industrias se volcarán preferentemente los contingentes migratorios
internos, que se concentrarán en la Capital Federal, Gran Buenos
Aires y -en menor escala- el Litoral.
Para 1947 Gino Germani (49)
detectaba con respecto al lugar de residencia actual de los argentinos
nativos que han abandonado el distrito de su nacimiento, los siguientes
datos: 50,4% se estableció en el Gran Buenos Aires; el 27,8% en
el Litoral; 7,6% en el Noroeste; el 4,3% en el Centro y Oeste; el 5,6%
en el Noreste y el 4,3% en el Sur. El proceso comentado se inicia a comienzos
de la década del '30 y adquirirá gran magnitud entre 1943
y 1947. Según el mismo Germani entre esos años se radican
en el Gran Buenos Aires (incluyendo extranjeros) 117.000 personas anuales.
Sin embargo, mientras el
costo de la vida en la Capital Federal pasaba de un índice 100 en
1933 a 120 a mediados de 1940, el salario real caía en el mismo
lapso a 90-92 (50).
Desde 1940 no hubo exportaciones
inglesas hacia la Argentina y las norteamericanas, que podrían reemplazarlas,
no bastaban para satisfacer las necesidades del mercado interno: de un
total de 109 millones de dólares en 1941 pasaron a 72 en 1942 y
31 en 1943 (51). Por lo tanto debía producirse internamente lo que
los países industrializados enfrentados por el conflicto bélico
dejaron de enviarnos.
Se improvisaron de tal modo
en muy breve lapso establecimientos industriales en el ramo textil, de
maquinarias, de artefactos eléctricos, derivados del caucho y refinación
del petróleo, con todas las carencias que suponía la notoria
escasez de materias primas y con grandes déficits de calidad suplidos
con ingenio y creatividad. Junto a las nuevas industrias se vieron favorecidas
las actividades existentes en bebidas, alimentos, confecciones, cigarrillos,
artículos de imprenta, mobiliario, construcción, etc.
En el lapso 1931-1943 en
dólares el capital extranjero había descendido de 3.661 millones
(29,9% del total) a 2.651 (15%) mientras que el nacional creció
de 8.597 a 14.558; es decir que la guerra mundial había traído
la espontánea nacionalización de la industria local.
Esto tuvo grandes consecuencias
en la cuestión de las migraciones internas, pues mientras muchas
provincias del interior profundo se estancaban o directa-mente descendían
en su crecimiento demográfico (en general el noroeste, el litoral,
Chaco y Santiago del Estero), el Gran Buenos Aires, o sea la franja de
alrededor de 3.000 km2. que rodea a la Capital Federal, veía incrementar
su población de 225.000 habitantes en 1869 a 5.173.000 en 1952.
Dicho de otro modo, pasó a albergar del 12,9 al 28,7% de la población
total del país en dicho lapso (ver Cuadro Nº 7.3. en el Apéndice).
Se constituyó así
una masa de argentinos en su inmensa mayoría, desarraigados de sus
tierras y costumbres ancestrales, que trasladados por una búsqueda
de mejores condiciones de vida al hacinamiento suburbano, eran asimismo
alejados de las costumbres patriarcales del caudillismo político
provinciano, generalmente conservador y ajeno a sus intereses socioeconómicos.
Por su condición mayoritaria, esto es clase obrera no calificada
o media baja y de reciente radicación en la zona, por su número
extraordinario para la población del país, cambiarían
en muy corto plazo la composición ideológica de las mayorías
políticas nacionales.
Llegarían virtualmente
vírgenes a la prédica sindical y social de los partidos populares
que nacerían a partir de 1943: laborismo y peronismo. La incomprensión
de este fenómeno por los dirigentes de los partidos tradiciona-les,
o sea conservadores, radicales, demócrata progresistas y socialistas,
daría un matiz épico y demoledor al aparentemente mágico
triunfo electoral del Coronel Perón y su movimiento de recién
llegados apenas tres años después.
También, resulta
perfectamente lógico suponer que la inmisión relativamente
brusca de estos contingentes, dotados de características psicosociales
propias y diferentes de los habitantes de larga radicación en la
ciudad capital y sus suburbios, haya influído significativamente
en las maneras de pensar y de obrar de las masas urbanas, especialmente
en sus capas populares.
Esta ingente multitud, carente
de medios genuinos de expresión político social hasta entonces,
daría lugar a partir de 1946 a una experiencia inédita en
nuestro medio, como lo fue el movimiento peronista, cuyo análisis
escapa a los cometidos de nuestro estudio.
2.- CONCLUSIONES.
Del desarrollo efectuado,
necesariamente escueto, de las nueve décadas de la vida nacional
que van desde 1853 a 1943, podemos extraer conclusiones que son propias
del período estudiado y otras que se proyectan hasta nuestros días.
Como conclusiones aplicables
básicamente al período analizado, podemos afirmar que:
a) EN LO POLITICO:
a.1) En sus primeros noventa
años de vida constitucional, la Argentina careció de una
praxis democrática al estilo occidental, con excepción del
breve término corrido entre 1916 y 1930 en que se practicó
un sistema de representación imperfecta, con marginamiento -en mayor
o menor medida según el caso y en todo el lapso estudiado- de la
aplicación de las normas fundamentales en su letra y su espíritu
(Constitución y leyes estructurales). O sea que hubo diferentes
grados de anomia social, política e institucional.
a.2) Hubo un predominio
notorio del Poder Ejecutivo sobre los restantes y teóricamente
equilibrados o contrapesados poderes del Estado, esto es, el Congreso
y la Judicatura, dando lugar a una modalidad vernácula de presiden-cialismo
exacerbado cuyas expresiones paradigmáticas fueron a su hora
Sarmiento, Roca e Yrigoyen.
a.3) Debido a lo anterior,
el Congreso careció de peso virtual y prestigio en la vida política.
Fue por momentos y por ende correlativamente fiel al Ejecutivo de turno;
cuando estaba dominado por la oposición, era ignorado por el Presidente
que gobernaba en base a decretos y, finalmente, con cada Golpe de Estado,
era disuelto por innecesario.
a.4) A su vez el Poder Judicial,
integrado según la Constitución por designación del
Ejecutivo con el acuerdo del Senado (o sea por una composición de
base política ajena a su independencia técnico-funcional),
sólo fue eficaz en la tutela de los intereses privados y no trascendentes
de los ciudadanos, que no interesasen a los factores de poder; en las demás
cuestiones careció de independencia y conductas éticas a
lo largo de todo el período estudiado, salvo muy contadas y no significativas
excepciones.
a.5) El único “proyecto
nacional”, por así llamarlo, advertido en esa época –el
de la “Generación del '80”- resultó muy exitoso en los aspectos
materiales y superestructurales (economía, implementación
de instituciones básicas), aunque sumamente deficitario en lo político
y ético-social (creación de costumbres democráticas,
ejercicio de derechos sociales sobre bases iguali-tarias).
a.6) La marginación
de las mayorías populares derivada de la situación anterior
y la adopción de actitudes mesiánicas por parte de grupos,
institu-ciones o personas (oligarquías, partidos políticos
y fuerzas armadas o caudi-llos carismáticos), autoconsiderados como
únicos intérpretes de las aspiracio-nes y necesidades de
la sociedad, trajo una inestabilidad y debilidad del aparato estatal muy
marcadas.
a.7) La clase política
en el poder privilegió, a su turno, las necesi-dades sectoriales
por ella representadas: oligárquicas (1853-1916 y 1939-1943) o de
una reducida clase media nacional y urbana (1916-1930), omitiendo toda
concepción global tendiente a la integración de los múltiples
intereses del país. No produjo, salvo alguna puntual excepción,
estadistas capaces y probos como para aprovechar las ventajas que la situación
externa (guerras y otras catástrofes mundiales) e interna (riquezas
naturales y territorio de privilegio) brindaban al país. Los cortos
períodos de bonanza (1895-1925) fueron en general ajenos a la gestión
oficial y productos de circunstancias ajenas a las decisiones gubernamentales.
Demostró en líneas generales carencia de idoneidad y de valores
éticos para los cargos desempeñados.
a.8) Los partidos políticos
actuantes, incluído la U.C.R., no lograron una representatividad
e inserción estable en la vida nacional, por obra de su legitimidad,
obrando en cambio sólo como vehículos de intereses individuales
o de los sectores dominantes. Recurrieron habitualmente al fraude, la violencia,
la intolerancia, el contubernio o el mesianismo ideológico, según
el caso, como una constante de su accionar. La ausencia de una fuerte corriente
de opinión que representase de manera constante las necesidades
populares contribuyó a mantener una sociedad con graves desigualdades
internas, con fuerte predominio de los grupos de poder o de interés
por sobre el bien común o general.
a.9) Los sectores populares
(criollos, mestizos e indios del Interior; empleados, obreros y proletarios
de las zonas urbanas y suburbanas; inmigrantes y otros grupos no asimilados
de clase baja y media-baja) carecieron de efectiva representación
política y social durante el período estudiado. El yrigoyenismo
en el poder fue sólo un vehículo epidérmico y declamatorio
de sus aspiraciones y el socialismo operó como aliado contubernista
de la oligarquía y tibio opositor al “personalismo” en las cuestiones
esenciales (“oposición de Su Majestad”).
a.10) Las fuerzas armadas
(representadas por el Ejército como factor predominante) tuvieron
un rol ambivalente: en lo político fueron inicialmente un instrumento
al servicio de la oligarquía y luego, con la hipertrofia alcan-zada
y la toma de conciencia que eran uno de los principales factores de poder,
se sintieron llamadas a un rol mesiánico en carácter de “reservas
morales
de la Patria” (la hora de la espada), ante lo que reputaban como
desbordes de la clase política y se alzaron recurrentemente con
el poder; en lo social, realizaron en general una magna obra colonizadora
y educativa, llevando la presencia del Estado a regiones apartadas para
una efectiva -sino única en mucho tiempo- ocupación territorial,
y la instrucción básica a muchos ciudadanos carentes de ella.
b) EN LO ECONOMICO:
b.1) Los principales actores
sociales con ejercicio efectivo de poder (administración política,
grupos económicos), no supieron encontrar la vía para desarrollar
los potenciales recursos nacionales de manera integral, cayendo en un esquema
agroexportador con dependencia virtualmente colonial de Gran Bretaña,
que se morigeraría temporariamente por la incidencia de factores
externos inmanejables (las dos grandes guerras). Tal dependencia hacia
mediados de la década del '30 en adelante se debilitaría
paulatinamente en favor de los Estados Unidos.
b.2) A resultas de lo anterior,
fue muy desigual el crecimiento económico en cada zona geográfica:
muy elevado y sostenido en las llanuras ligadas a la producción
dominante (zona centro-este) e involución o estancamiento de las
restantes regiones (norte, oeste y sur). Paralelo a ello, la organización
política como país federal declamada en la Constitución
se correspondió en la práctica a una marcada prevalencia
del gobierno central sobre los estados provinciales en lo referente a coparticipación
impositiva, inversiones de obras públicas, desarrollo de proyectos
locales, vías de comunicación y otros emprendimientos infraestructurales
(Centralismo o “unicato” de hecho).
b.3) Mientras el esquema
oligárquico estuvo en su esplendor (1870-1916), el país vió
crecer desmesuradamente sus ingresos tanto como las desigualdades internas
en la distribución de los mismos. Con el desmejoramiento de los
mercados agropecuarios internacionales, la débil y dependiente economía
local sufrió sus avatares, sin que la dirigencia acertara con políticas
de expansión permanente de la economía.
b.4) Las clases dirigentes
no evidenciaron poseer concepciones o aplicar políticas dirigidas
a la industrialización del país. El moderado desarrollo logrado
en esos campos obedeció a factores ajenos a las decisiones locales
(vgr. conflictos bélicos mundiales), y se agotó al cesar
las coyunturas favorables.
b.5) Resultó evidente
en todo el período la carencia de administradores públicos
capacitados y en número suficiente. El Ejecutivo de turno, más
allá de posturas de laissez faire, de intervencionismo económico
o de capitalismo estatal que practicase en mayor o menor medida, continuó
integrando los cuadros de la burocracia en base al caciquismo o
devolución de favores políticos. El resultado de ello, en
general, fue un aparato estatal inidóneo, ineficiente, corrupto
y sobredimensionado. En definitiva, un contrapeso a la necesaria e inalienable
acción pública.
b.6) Fue reiterado, cualesquiera
resultase el signo político de la admi-nistración de turno,
el empleo de las normas y recursos estatales para favo-recer a grupos particulares,
en detrimento del bien común, vía concesiones, subvenciones,
utilidades garantidas, remisión o reducción de impuestos,
libre retorno de utilidades hacia los países centrales, creación
de latifundios privados vía leyes nacionales, etc.
b.7) En poco más
de treinta años (1880-1910), la oligarquía liquidó
para sí misma y sus aliados clientelísticos las reservas
de tierra pública, sin aplicar planes racionales de colonización
y explotación, generando en cambio injustificados latifundios en
las zonas de mayor producción y valor catastral.
b.8) Se estableció,
con vigencia hasta nuestros días, un sistema impo-sitivo cuyas principales
rentas provienen de gravámenes al consumo, que caen de manera inequitativa
sobre los sectores de menores ingresos y potencian las rentas de las clases
más altas de la pirámide social. En cambio, fueron escasos
e ineficientes los impuestos sobre patrimonios y rentas de sociedades de
capital y clases acomodadas. De tal modo, la estructura fijada resulta
así regresiva y reaccionaria.
c) EN LO SOCIAL:
c.1) La masiva inmigración
operada entre 1881 y 1930, tuvo profundas y perdurables consecuencias en
la composición étnica, laboral y sociocultural del país
y fue asimilada por la población preexistente sin mayores conflictos,
contribuyendo al desarrollo y ocupación del territorio. Su distribución
desi-gual en este último, en cambio, contribuyó a acentuar
las particularidades de desarrollo regionales preexistentes.
c.2) Los valores socioculturales
predominantes (individualismo, superfi-cialidad, mercantilismo, el éxito
se mide por los logros materiales y éstos son, a su vez, el mejor
vehículo de ascenso social; la validez de caminos alternativos como
el
“acomodo”, el golpe de suerte, la especulación, la corrupción
política o el clientelismo; el prestigio poco o nada se vincula
al desarrollo intelectual, el consiguiente prejuicio hacia lo popular,
la preferencia de las oligarquías por lo europeo -franco inglés
en lo esencial-), muy poco contribuyeron al desarrollo de contenidos éticos
y solidarios para la convivencia e integración comunitaria y a elaborar
arquetipos e identidad nacionales.
c.3) Consecuencia de sus
hábitos laborales y de consumo, la oligarquía careció
de interés en promover la movilidad social o en crear puestos de
trabajo masivos para ampliar el mercado interno.
c.4) Resultante típica
de una sociedad sin tradiciones científicas, tecnológicas
o industriales, la actividad de los abogados y de los médicos en
segundo lugar, fueron las profesiones más destacadas. Primaban los
servicios y las actividades mercantiles y de especulación financiera
por sobre la organi-zación productiva.
c.5) Las clases populares
(antiguos federales, orilleros y montoneros del interior durante los siglos
XIX y comienzos del XX, proletarios y obreros), fueron duramente reprimidas
cuando cuestionaron el sistema vigente, con degollamientos, fusilamientos
y deportaciones.
Como conclusiones permanentes,
surgen las siguientes afirmaciones:
* Todo análisis
sobre la República Argentina no puede dejar escapar un sesgo pesimista.
Deben contraponerse, por un lado, las ventajas propias de un extenso y
fértil territorio ubicado mayoritariamente en zonas templadas, las
riquezas naturales que permitirían subsistir y desarrollarse con
holgura una población varias veces superior a la existente, los
brillantes ciclos económicos habidos (1880-1920; 1940-1950, 1991-1995)
que lograron hacer superar con rapidez fuertes crisis como prueba de las
inmensas potencialidades del país y, por otra parte, los graves
problemas subsistentes a lo largo de su historia, referidos a: I) carencia
de un desarrollo autosostenido, II) desigualdades en la distribución
de la riqueza, III) pobreza, marginación y exclusión de grandes
sectores de la población, IV) endeudamiento externo creciente e
indetenible, V) corrupción e inestabilidad sociopolítica,
que impiden el establecimiento en plenitud de un sistema democrático
moderno, entre los más notorios. Este cuadro nos fuerza a concluir
que en las escasas aptitudes generales de sus habitantes para constituir
una nación mejor se halla la explicación más apropiada
de los recurrentes males padecidos a lo largo de su historia y el incomprensible
lugar que ocupa entre los estados del orbe en relación a sus recursos.
* Tomando como referencia
el caso de países competidores del nuestro en cuanto a producción
agropecuaria, ubicados en zonas geográficas también periféricas
y con similares o aún peores condiciones generales, tal el caso
de Canadá (más extenso aunque con la mitad del territorio
ubicado en zonas frías, con menor población integrada por
tres culturas no siempre confluyentes: indígena-esquimal, anglosajona
y francolatina), Australia (poblado con penados originalmente y con una
etnia maorí muy disímil a la mayoría anglosajona,
de alrededor de la mitad de nuestros habitantes y de un territorio más
extenso aunque con un desierto ocupando el centro del país en las
7/8 partes de su territorio) y Nueva Zelanda (superficie insular similar
a la de la provincia de Buenos Aires, un décimo de nuestra población
y dos etnias similares a las australianas), contrastan sin embargo estas
naciones por su elevado nivel de vida, ingreso per cápita y solidez
de sus instituciones y prácticas democráticas.
* El abandono efectuado
por parte del Estado nacional en las últimas tres o cuatro décadas,
de sus deberes legales indelegables e imprescriptibles respecto de la instrucción
pública, la seguridad general, la salud y la administración
de justicia, sumado al atraso general que se advierte en investigación
pura, tecnología de desarrollo de industrias básicas, elevación
del nivel cultural de la población y de idoneidad y moralidad de
sus clases dirigentes, hacen extremadamente azaroso cualquier pronóstico
sobre el particular.
***************
3.- REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS.
(1) LENCINA i PUJOL, Pascual. Síntesis tomadas de sus clases en el Doctorado de Sociología del Trabajo, “Historia Social Argentina”, Universidad Argentina de la Empresa 1997.
(2) BOTANA, Natalio R., “El orden conservador”, Hyspamérica, 1985, pág. 11.
(3) ROMERO, José Luis. “Las ideas políticas en Argentina”, Fondo de Cultura Económica, 1969, págs. 182 y 186.
(4) BOTANA, op.cit. pág. 14.
(5)ROCK, David. “El radicalismo argentino 1890-1930”, Amorrortu Editores,
Buenos Aires, 1992, pp. 30/31.
(6) DI TELLA, Torcuato S. y otros, “Argentina, sociedad de masas”, 1965, pp. 5/123.
(7) ROSA, José María, “Historia Argentina”, Ed. Oriente, Buenos Aires, 1981, Tº 10, pp. 150/51.
(7 bis) SURIANO, Juan, “El Mundo de los Trabajadores”, en “Historia Visual de la Argentina”, “Clarín”, Tº IV, Capítulo 86.
(8) ROCK, op. cit., pp. 22/29.
(9) ROCK, op. cit., p. 13.
(10) FERNS, H.S., “Gran Bretaña y la Argentina en el Siglo XIX”, 1960, p. 493.
(11) ROCK, op. cit. pp. 14/15.
(12) Ver al respecto FERRER, Aldo: “La economía argentina. Las etapas de su desarrollo y problemas actuales”, 1963, pp. 91/154; DI TELLA, Torcuato S. y otros, op.cit., pp. 18/59.
(13) ROSA, op. cit., Tº 8, pp. 141/2.
(14) CARCANO, Miguel A. “Evolución histórica del régimen de la tierra pública”, Apéndice I. ODDONE, Jacinto. “La Burguesía Terrateniente Argentina”, en ROSA, op. cit., Tº 10, p. 144.
(15) ODDONE, op. cit., en ROSA, Tº 10, pp. 163/5.
(16) ROSA, op. cit., Tº 9, p. 258.
(17) ROSA, op.cit., Tº 8, pág. 226.
(18) ROSA, op.cit. Tº 8, p. 226.
(19) BOTANA, op. cit., pp. 126 y ss.
(20) ROSA, op. cit. Tº 7, p. 55.
(21) AMADEO, Octavio R., “Política”, Lib. Mendesky, Buenos Aires, p. 199.
(22) ROSA, op. cit. Tº 8, p. 352.
(23) PELLEGRINI, Carlos. “La Revolución de 1893”, en Obras Completas, Tº 3.
(24) ROSA, op.cit., Tº X, p. 16.
(25) PETERSON H.F., “La Argentina y los Estados Unidos 1810-1960”, en ROSA,
Tº10, p. 52, nota 33.
(26) ROSA, op.cit., Tº X, p. 110.
(27) TISSERA, Ramón. “Revolución social en la selva”, en revista “Todo es Historia”, según ROSA, op. cit., Tº 10, p. 152.
(28) ROSA, op. cit., Tº 10, p. 211.
(29) CIRIA, Alberto. “Partidos y Poder en la Argentina Moderna 1930 – 1946”, Ed. Hyspamérica, Buenos Aires, 1985, p. 18.
(30) CIRIA, op. cit., p. 17.
(31) BELLONI, Alberto. “Del Anarquismo al peronismo”, en ROSA, Tº 10, p. 117, nota 60.
(32) DI TELLA-ZIMELMANN. “Las etapas del desarrollo económico argentino”, en ROSA, op. cit., Tº 10, p. 263.
(33) ORTIZ, Ricardo M. “Historia económica de la Argentina”, en ROSA, op. cit., Tº 10, p. 295.
(34) CIRIA, op. cit., pp. 19/20.
(35) De un discurso del flamante Ministro del Interior de Uriburu, el naciona-lista Matías Sánchez Sorondo, recogido por Julio A. QUESADA, “Orígenes de la Revolución del 6-9-1930”, Buenos Aires, 1930, pp. 107/8.
(36) GALVEZ, Manuel. “Vida de Hipólito Yrigoyen (El hombre del misterio)”, Buenos Aires, 1939, p. 449.
(37) DEL MAZO, Gabriel. “El Radicalismo, ensayo sobre su historia y doctrina”, Ed. Gure, Buenos Aires, 1959, Tº II, p. 196.
(38) REPETTO, Nicolás. “Mi paso por la política (De Uriburu a Perón)", Ed. Santiago Rueda, Buenos Aires, 1957, p. 20.
(39) Op. cit., p. 237.
(40) JAURETCHE, A. “F.O.R.J.A. y la década infame”, Ed. Coyoacán, Buenos Aires, 1962, pp. 41/2.
(41) CIRIA, op. cit., p. 46.
(42) FRONDIZI, Arturo. “Régimen jurídico de la economía argentina”, 1941, citado por CIRIA, op. cit. p. 47.
(43) DEL MAZO, op. cit., TºII, p. 268.
(44) CIRIA, op. cit., p. 48.
(45) ROSA, op. cit., Tº XII, p. 172.
(46) “En tiempos de la República”, Ed. Mundo Forense, Buenos Aires, 1946, p.181.
(47) ABERG COBO, Martín; “La revolución de 1943”, en “Cuatro Revoluciones Argentinas”, Ed. Club N.Avellaneda, Buenos Aires 1960, p. 81.
(48) DORFMAN, “El desarrollo de la industria argentina” en “Cursos y Conferen-cias", Año X, Nº 1-3, p. 129.
(49) GERMANI, Gino; “Estructura social de la Argentina”, Ed. Raigal, Buenos
Aires 1955, p. 63.
(50) DORFMAN, op. cit., p. 144.
(51) PETERSON H.F., op.
cit., Hyspamérica, 1985, TºII-467.
***************
4.- APENDICE.
CUADRO Nº 1: SALDOS
INMIGRATORIOS ARGENTINOS 1857/1954.
(Tomado
de CIRIA, Alberto. “Partidos y Poder en la Argentina Moderna, Ed. Hyspamérica,
Buenos Aires, 1985, p. 53; quien a su vez cita a GERMANI, Gino, “Estructura
social de la Argentina”, Ed. Raigal, Buenos Aires, 1955, p. 82. No incluye
al total de ingresados sino a quienes se radicaron definitivamente).
---------------------------------------
| | Saldos inmigratorios |
| Años |------------------------|
| | Parcial | Acumulado |
---------------------------------------
| 1857-1860 | 11.100 | 11.100 |
---------------------------------------
| 1861-1870 | 76.600 | 87.700 |
---------------------------------------
| 1871-1880 | 85.100 | 172.800 |
---------------------------------------
| 1881-1890 | 637.700 | 810.500 |
---------------------------------------
| 1891-1900 | 319.900 | 1.130.400 |
---------------------------------------
| 1901-1910 | 1.120.200 | 2.250.600 |
---------------------------------------
| 1911-1920 | 269.100 | 2.519.700 |
---------------------------------------
| 1921-1930 | 878.000 | 3.497.700 |
---------------------------------------
| 1931-1940 | 72.200 | 3.569.900 |
---------------------------------------
| 1941-1946 | 33.000 | 3.602.900 |
---------------------------------------
| 1947-1954 | 747.000 | 4.349.900 |
---------------------------------------
*************
CUADRO Nº2. FAMILIAS
PREDOMINANTES EN SEIS PROVINCIAS NORTEÑAS 1880-1916
(Tomado
de Botana, op. cit. pp. 158/60)
-----------------------------------------------------------------------------
PROVINCIA FAMILIA MIEMBROS CARGOS DESEMPEÑADOS
-----------------------------------------------------------------------------
Catamarca | Herrera Julio Gobernador, Senador, Diputado
| Mauricio Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Figueroa Marcos Senador, Diputado
| Francisco Senador, Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Castellanos Flavio Gobernador
| Francisco Diputado
| Adolfo Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Acuña Pedro I. Diputado
| Joaquín Gobernador
|------------------------------------------------------------------
| Castro Fidel Diputado
| Javier Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Ibáñez Juan José Diputado
| José Diputado
-----------------------------------------------------------------------------
Jujuy | Alvarez Prado José María Gobernador, Diputado
| Pedro Gobernador
|------------------------------------------------------------------
| Sánchez de Bus- Plácido Gobernador
| tamante José Diputado
| Teófilo Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Claros Ernesto Diputado
| Armando Diputado
-----------------------------------------------------------------------------
La Rioja | González Joaquín V. Gobernador, Senador, Ministro,
| Diputado
| Emilio Gobernador
| Nicolás Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Dávila Adolfo Senador, Diputado
| Domingo Senador
----------|-------------------------------------------------------------------
Salta | Ortiz Miguel Gobernador, Senador, Ministro
| Francisco Senador, Ministro
| Abel Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Uriburu Francisco Senador, Ministro
| Pío Gobernador, Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Ovejero David Gobernador, Senador
| Sixto Gobernador
| Angel M. Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Güemes Martín Gobernador, Senador
| Luis Senador
| Domingo Diputado
-----------------------------------------------------------------------------
Santiago | Ruiz Maximio Gobernador, Senador, Diputado
del | Adolfo Gobernador, Diputado
Estero | Cristóforo Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Barraza Pedro Gobernador, Senador, Diputado
| Napoleón Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Pinto Luis Gobernador, Senador, Diputado
| Juan A. Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Palacio Dámaso Gobernador, Senador, Diputado
| Benjamín Diputado
|------------------------------------------------------------------
|------------------------------------------------------------------
Santiago | Santillán José D. Gobernador, Senador
del | Gregorio Senador
Estero |------------------------------------------------------------------
| Beltrán Dámaso Diputado
| Víctor Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Vieyra Jaime Diputado
| Pedro Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Zavalía Napoleón Diputado
| Benjamín Senador
-----------------------------------------------------------------------------
Tucumán | García Francisco L. Senador, Ministro, Diputado
| Próspero Gobernador
| José A. Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Paz Benjamín Gobernador, Senador, Ministro
| Manuel Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Nougués Miguel M. Gobernador, Senador
| Ambrosio Gobernador
| Luis F. Gobernador
|------------------------------------------------------------------
| Terán Brígido Senador
| Juan Manuel Diputado
| Julio Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Padilla Ernesto Gobernador, Diputado
| Tiburcio Senador
| Vicente Diputado
| Miguel Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Posse Juan Gobernador, Diputado
| Filemón Ministro
| Benjamín Diputado
| Emilio Diputado
| Martín Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Avellaneda Marco Diputado, Ministro
| Nicolás Senador (Presidente 1874/80)
| Eudoro Diputado
|------------------------------------------------------------------
| Gallo Santiago Gobernador
| Delfín Diputado
| Exequiel Diputado
-----------------------------------------------------------------------------
******************
SITUACIÓN DE
LOS TRABAJADORES
CUADRO Nº 3.1.:
SOCIEDADES DE SOCORROS MUTUOS EN LA CAPITAL FEDERAL.
(Fuente:
Ver nota 7 bis en Capítulo 3, “Referencias Bibliográficas”)
----------------------------------------------------------------
| Años | 1.906 | 1.909 | 1.911 |
|--------------------|-------------|-------------|-------------|
| Nº de sociedades | 30 | 79 | 108 |
|--------------------|-------------|-------------|-------------|
| Nº de afiliados | 25.258 | 189.061 | 247.272 |
|--------------------|-------------|-------------|-------------|
| C/personería juríd.| 22 | 43 | 64 |
|--------------------|-------------|-------------|-------------|
| Capital (m$n) | 1.024.777 | 4.081.331 | 11.208.010 |
|--------------------|-------------|-------------|-------------|
| Socorros brindados | 330.636 | 564.772 | 1.936.105 |
----------------------------------------------------------------
***********
CUADRO 3.2.: LA CLASE
OBRERA EN BUENOS AIRES EN 1898.
(Fuente:
Idem cuadro anterior)
---------------------------------------------------------------------
| Oficios | Totales por | Jornal $ | Días trabaj. | Jornada |
| | gremio | diario | por año | diaria |
|---------------|-------------|----------|--------------|-----------|
| Albañiles | 20.500 | 2,50 | 216 | 10 horas |
| Carpinteros | 6.000 | 3,00 | 288 | 10 “” |
| Curtidores | 3.470 | 3,15 | 216 | 10 “” |
| Carruajeros | 1.800 | 3,78 | 288 | 8 “” |
| Cigarreros | 2.000 | 2,50 | 260 | 10 “” |
| Dep.de Almacén| 10.000 | 1,25 | 365 | 16 “” |
| Dep.de Tiendas| 10.000 | 3,50 | 365 | 14 “” |
| Dep.Restaurant| 4.000 | 3,00 | 240 | 14 “” |
| Eban.y lustr. | 3.500 | 3,00 | 260 | 9 “” |
| Hojalateros | 1.500 | 2,80 | 288 | 10 “” |
| Herreros | 1.500 | 4,00 | 288 | 11 “” |
| Ladrilleros | 4.000 | 2,50 | 288 | 10 “” |
| Licoristas | 2.000 | 2,00 | 216 | 14 “” |
| Mecánicos | 3.090 | 3,35 | 238 | 10 “” |
| Mayor/cocheros| 6.000 | 2,70 | 288 | 11 “” |
| Municipales | 2.516 | 2,00 | 288 | 10 “” |
| Pintores | 2.500 | 3,70 | 175 | 8 “” |
| Panaderos | 6.000 | 3,00 | 310 | 14 “” |
| Pavimentadores| 2.000 | 2,25 | 216 | 10 “” |
| Peluqueros | 1.800 | 3,00 | 315 | 14 “” |
| Sastres | 13.000 | 3,00 | 234 | 10 “” |
| Tipógrafos | 3.000 | 3,50 | 288 | 9 “” |
| Vigilantes | 3.376 | 2,00 | 365 | 10 “” |
| Zapateros | 20.000 | 3,00 | 216 | 10 “” |
| Otros | 8.980 | ---- | --- | --- |
|---------------|-------------|----------|--------------|-----------|
| Total de población de la Ciudad de Buenos Aires: 821.293 |
| Total de obreros de los distintos oficios: 145.032 |
---------------------------------------------------------------------
*******************
CUADRO 3.3.: ALGUNOS GREMIOS EN LA HUELGA GENERAL DE 1907
(Fuente:
Idem Cuadros 3.1. y 3.2.)
----------------------------------------------------------------------
| Gremio | Obreros | Sindicalizados | Huelguistas |
|---------------|-----------------|----------------|-----------------|
| Estibadores | 18.000 | 15.000 | 18.000 |
| Cond.de vehíc.| 8.000 | 4.000 | 8.000 |
| Ebanistas | 3.000 | 1.500 | 1.500 |
| Gráficos | 18.000 | 1.500 | 15.500 |
| Herreros | 3.000 | 400 | 2.500 |
| Carpinteros | 2.500 | 400 | 1.000 |
| Metalmecánicos| 8.000 | 1.000 | 5.000 |
| Tranviarios | 5.000 | 1.000 | 2.000 |
| Panaderos | 6.000 | 1.000 | 4.500 |
| Navales | 15.000 | 1.000 | 8.000 |
| Albañiles | 25.000 | 800 | 10.000 |
| Sastres | 6.000 | 400 | 1.300 |
| Pintores | 3.500 | 600 | 2.000 |
|---------------|-----------------|----------------|-----------------|
| TOTALES | 170.500 | 28.600 | 79.300 |
| TOTALES (%) | 100 | 16,8 | 46,5 |
----------------------------------------------------------------------
Este
cuadro demuestra el alto grado de acatamiento o de ascendiente que las
organizaciones sindicales tenían sobre los trabajadores: 1) Si bien
sólo 1 de cada seis trabajadores estaba afiliado al sindicato, 2)
Respondieron al llamado huelguístico uno de cada dos, 3) El número
de huelguistas triplicó al de obreros sindicalizados.
****************
CUADRO 3.4.: ACCIDENTES
DE TRABAJO EN LA INDUSTRIA (CAPITAL FEDERAL; 1907/12)
(Fuente:
Idem Cuadros 3.1., 3.2 y 3.3.)
----------------------------------------------------------------------
| Ramo | Mortales | Graves | Leves | Total | % |
|---------------|----------|----------|----------|----------|--------|
| Alimentación | 5 | 35 | 379 | 419 | 3,58 |
| Gráficas | 1 | 17 | 65 | 83 | 0,71 |
| Transportes | 129 | 328 | 1.742 | 2.199 | 18,79 |
| Comercios vs. | 6 | 10 | 157 | 173 | 1,48 |
| Construcciones| 132 | 313 | 2.036 | 2.036 | 21,20 |
| Metalúrgicas | 24 | 84 | 477 | 585 | 5,00 |
| Madereras | 5 | 23 | 156 | 184 | 1,57 |
| Vestido | 3 | 16 | 89 | 108 | 0,92 |
| Cuero | 1 | -- | 3 | 4 | 0,04 |
| Otras | 277 | 801 | 4.388 | 5.466 | 46,71 |
|---------------|----------|----------|----------|----------|--------|
| TOTALES | 583 | 1.627 | 9.492 | 11.702 | 100,00 |
----------------------------------------------------------------------
************
CUADRO 3.5.: PRESUPUESTO
FAMILIAR Y SALARIOS INDUSTRIALES 1916-1922
(Fuente:
Departamento Nacional del Trabajo, Estadísticas Año 1940
y elaboración propia)
---------------------------------------------------------------
| |Valor promedio del |Salario mensual promedio| Porcentaje|
|Año |presupuesto famil. | del obrero industrial | Salarios/ |
| |-------------------|------------------------| presupues.|
| | Monto | Indice | Monto | Indice | familiar |
---------------------------------------------------------------
|1916|$ 138,36 | 100,00 | $ 65,25 | 100,00 | 47,16 |
|1917| 161,94 | 117,04 | 65,65 | 100,61 | 40,54 |
|1918| 204,39 | 147,72 | 71,03 | 108,86 | 34,75 |
|1919| 191,81 | 138,63 | 90,46 | 138,64 | 47,34 |
|1920| 224,83 | 162,50 | 109,75 | 168,20 | 48,81 |
|1921| 199,67 | 144,31 | 120,60 | 184,83 | 60,40 |
|1922| 168,23 | 121,59 | 116,92 | 179,19 | 69,50 |
---------------------------------------------------------------
CUADRO Nº 3.6:
HUELGAS LAPSO 1916-1922
(Fuente:
Idem anterior)
-----------------------------------------------------------------------------
| | Huelgas | Huelguistas | Salarios perdidos |Pérdidas económ. |
| Año |--------------|----------------|-------------------|-----------------|
| | Nº | Indice | Nº |Indice| M$N |Indice| M$N |Indice|
-----------------------------------------------------------------------------
|1916 | 80 | 1,00 | 24.321 | 1,00 | 783.001 | 1,00 | 4134248 | 1,00 |
|1917 | 138 | 1,72 | 136.062 | 5,59 | 8.152.631 |10,41 | 43045894 |10,41 |
|1918 | 196 | 2,45 | 133.042 | 5,47 | 9.907.336 |12,65 | 52310734 |12,65 |
|1919 | 367 | 4,59 | 308.967 |12,70 | 16.737.676 |21,38 | 88374929 |21,38 |
|1920 | 206 | 2,57 | 134.015 | 5,51 | 21.754.462 |27,78 |114863559 |27,78 |
|1921 | 86 | 1,07 | 139.751 | 5,75 | 6.707.803 | 8,57 | 35417199 | 8,57 |
|1922 | 116 | 1,45 | 4.737 | 0,19 | 1.003.403 | 1,28 | 5297967 | 1,28 |
-----------------------------------------------------------------------------
******************
CUADRO Nº 4:
RETROCESO INDUSTRIAL EN PROVINCIAS NORTEÑAS 1914/1935
(Tomado
de DORFMAN, Adolfo. “La industria argentina a través del último
censo industrial”, Revista de Ciencias Económicas, Buenos Aires,
Abril 1939).
------------------------------------------------------------------------
| | Nº de establecimientos | Personal (obreros y empleados) |
| |------------------------|--------------------------------|
| Provincia | 1914 | 1939 |Diferencia| 1914 | 1939 | Diferencia |
------------------------------------------------------------------------
| S.d.Estero | 624| 301 | -323 | 7.919 | 3.303 | -4.616 |
| La Rioja | 1.101| 156 | -945 | 3.916 | 1.401 | -2.505 |
| Tucumán | 789| 693 | - 96 | 15.159 | 11.070 | -4.089 |
| Salta | 2.297| 241 | -2.056 | 6.312 | 4.501 | -1.811 |
------------------------------------------------------------------------
| TOTALES Establecimientos: -3.420 Puestos de trabajo: -13.021 |
------------------------------------------------------------------------
******************
CUADRO Nº 5 :
TOTALES INDUSTRIALIZACION NACIONAL 1914/1937
(Fuente:
Idem Cuadro Nº 4)
-----------------------------------------------------------------------------
| | Años | Variación | Variación |
| Rubros | 1914 | 1935 | 1937 | 1935/37 | 1914/37 |
-----------------------------------------------------------------------------
| Establecimientos | 39.200| 40.600| 49.300| + 8.700 | + 1.400 |
| Personal | 383.000| 590.000| 734.000| + 144.000 | + 207.000 |
| Motores eléctricos HP | 86.000| 517.000| 630.000| + 113.000 | + 432.000 |
| Otros motores HP | 202.000| 483.000| 555.000| + 72.000 | + 261.000 |
| Mat. prima en mill. $ | 1.082| 1.964| 2.881| + 917 | + 382 |
| Producción en mill. $ | 1.823| 3.458| 4.708| + 1.200 | + 1.635 |
| Valor agregado mill.$ | 741| 1.496| 1.927| + 431 | + 755 |
-----------------------------------------------------------------------------
CUADRO Nº 6:
ACTIVIDAD INDUSTRIAL LAPSO 1935-1943
(Fuente:
“Revista de Economía Argentina”, Año XXVI, Nº 315, Set.1944,
p. 266)
-----------------------------------------------------------------------------
| | | |Sueldos y sa-| Materia pri-| Valor de | |
|Años |Nº de es-|Ocupación |larios paga -| ma empleada | la prod. |Potencia |
| |tableci -| |dos (millones| (millones de| (millo - |consumi- |
| | mientos | | de m$n) (1) | m$n) | nes m$n) | da (HP) |
-----------------------------------------------------------------------------
|1935 | 46.606 | 590.000 | 782 | 1.964 | 3.458 |2.750.000|
|1936 | s/d | s/d | s/d | s/d | s/d | s/d |
|1937 | 49.375 | 730.000 | 1.001 | 2.881 | 4.709 |3.048.000|
|1938 | s/d |760.000(2)| 1.046 (3)| 2.997* | 4.900(4)| s/d |
|1939 | 53.927 | 785.000 | 1.123 | 3.002 | 5.127 | s/d |
|1940 | s/d |813.000(2)| 1.150 (3)| 3.100(4)| 5.327(4)| s/d |
|1941 | 57.978 | 918.000 | 1.285 | 3.858 | 6.341 |3.603.000|
|1942 | 60.500 |955.000(2)| 1.450 (3)| 4.550(4)| 7.300(4)| s/d |
|1943 | 65.000* |980.000(2)| 1.575 (3)| 5.100(4)| 8.100(4)| s/d |
-----------------------------------------------------------------------------
(3) Cifras calculadas en base a los índices de salarios.
(4) Cifras calculadas en base a las publicaciones de la Dirección General de Estadísticas y Censos de la Nación.
(*) Estimación.
s/d:
Sin datos.
******************
CUADRO Nº 7.1 :
EVOLUCION DE LA POBLACION URBANA EN LA ARGENTINA 1869-1939
(Fuente:
Dorfman, “Evolución Industrial Argentina", p. 359)
-----------------------------------------------------------------------------
| | Primeras diez ciudades | Resto del país |
| |------------------------------|----------------------------|
| Años | Número | % | Número | % |
-----------------------------------------------------------------------------
| 1869 | 300.000 | 16 | 1.450.000 | 84 |
| 1895 | 1.000.000 | 25 | 3.000.000 | 75 |
| 1914 | 2.500.000 | 31 | 5.400.000 | 69 |
| 1939 | 4.400.000 | 34 | 8.600.000 | 66 |
-----------------------------------------------------------------------------
****************
CUADRO 7.2.: DISTRIBUCION
DE LA POBLACION ACTIVA ARGENTINA 1914-1938
(Fuente:
idem cuadro 7.1.)
-------------------------------------
| Años | Industrial | Agrícola |
-------------------------------------
| 1914 | 1.246.000 | 880.000 |
| 1930 | 2.156.000 | 1.137.000 |
| 1938 | 2.600.000 | 1.050.000 |
-------------------------------------
****************
CUADRO Nº 7.3.:
POBLACION DEL GRAN BUENOS AIRES 1869-1952
(Fuente:
Germani, Gino. “Estructura Social de la Argentina”, Ed. Raigal,
Buenos Aires,
1955, p. 74).
---------------------------------------------------------------------
| | | Porcentaje | | |
| | | sobre el | Crecimiento | Crecimiento |
| Años | Población |total del país | total | anual |
---------------------------------------------------------------------
| 1869 | 225.000 | 12,9 | ***** | ***** |
| 1895 | 767.000 | 19,4 | 542.000 | 21.000 |
| 1914 |1.999.000 | 25,4 | 1.232.000 | 65.000 |
| 1936 |3.457.000 | 26,7 | 1.458.000 | 66.000 |
| 1943 |4.050.000 | 27,0 | 593.000 | 85.000 |
| 1947 |4.618.000 | 28,7 | 568.000 | 142.000 |
| 1952 |5.173.000 | 28,7 | 555.000 | 111.000 |
---------------------------------------------------------------------
*******************
Rev.Nº 1- Mar.2001
| ñ | a indice |