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¿la antesala de una revolución en el concepto de trabajo?
Alfredo Néstor Atanasof
Presidente de Unión Latinoamericana de Trabajadores
Municipales
(ULAT-MUN)
Secretario General de Confederación de Obreros y
Empleados Municipales Argentina (COEMA)
Diputado Nacional por el Partido Justicialita
Vicepresidente de la Comisión de Legislación
del Trabajo de la Cámara de Diputados
La globalización incluye
lo que se ha llamado “crecimiento sin empleo”, que se explica por a) la aplicación
de las nuevas tecnologías a los procesos de producción y gestión
de las empresas y b) por la adecuación competitiva de las empresas
a los mercados “globalizados”. Se trata de un fenómeno mundial, con
epicentro en los países desarrollados, con prolongaciones en los países
del Sur. Por lo tanto, el concepto de “crecimiento sin empleo” sólo
puede ser comprendido como componente de la lógica de la economía.
Desde inicios de la década del setenta comenzaban
a ser visibles dos nuevas realidades en la economía y en las empresas,
a saber: la aplicación combinada en las fábricas y oficinas
de la robótica, la automatización y la introducción
de la informática a los procesos y productos estaban señalando
el inicio del fin del fordismo y el nacimiento de formas de trabajo en las
que el capital constante se autonomiza relativamente del capital variable.
O sea, el “trabajo muerto” (máquinas, instalaciones, etc.) se desarrolla
ahora a expensas del “trabajo vivo”, esto es, la fuerza de trabajo. El aumento
de la productividad del trabajo descansaría en la aplicación
masiva de las nuevas tecnologías, a expensas del número de
trabajadores ocupados en las empresas. Al mismo tiempo se imponían
los sistemas de producción y gestión japoneses (toyotismo,
just-in-time, etc.) que valorizaban a) el involucramiento de la fuerza de
trabajo en los procesos de producción a través de nuevas formas
de organización y participación (por ej., círculos de
calidad) y b) nuevas modalidades de remuneración (plus salarial por
conocimientos profesionales, plus por aportes a la innovación, etc.)
en detrimento de otras formas de remuneración tradicionales (bonificaciones
por antigüedad y presentismo). También se da inicio a nuevas
regulaciones del tiempo de trabajo como la anualización de la jornada
y la ampliación de la jornada semanal de trabajo a empresas de servicios
(supermercados, shopping-centers, etc.). Dado que estos cambios en la organización
del trabajo sólo serían posibles a través de nuevas
formas de disciplinamiento de los trabajadores. El objetivo es recuperar
la autoridad empresarial para montar empresas “ágiles”, capaces de
adaptarse a los cambios en los mercados, reduciendo costos y riesgos. Nace
así la llamada “empresa de variedad”, en oposición a la rigidez
de la empresa fordista de producción estandarizada. Se da inicio así
al “desempleo tecnológico”.
El neoliberalismo da carta de ciudadanía a la
llamada “flexibilidad laboral”. Este concepto ambivalente expresa tanto
En los años setenta, los sindicatos europeos,
norteamericanos y de otros países de industrialización intermedia
(Argentina, Brasil, Nueva Zelanda, Canadá, etc.) reaccionan inicialmente
frente a la ofensiva ideológica neoliberal con la defensa irrestricta
de los valores del viejo Welfare State y los pactos de negociación
laboral. Se trata de una reacción defensiva. La “revolución
conservadora” con epicentro en EE.UU. (“reaganismo”) y Gran Bretaña
(“thatcherismo”) está en condiciones, especialmente por su fuerza
ideológica, de penetrar en segmentos de trabajadores asalariados que
comienzan a aceptar la primacía de los valores del individualismo
y la competencia, en detrimento de los valores de solidaridad de clase. La
dispersión estructural que el desempleo genera, combinada con la disminución
del empleo industrial, erosionan la vieja cultura obrera, basada en tradiciones
socialistas, comunistas y sindicalistas, y dan origen a una nueva “cultura
del trabajo”, basada ahora en aceptar la inestabilidad y movilidad en el
empleo como un “valor positivo”, como una forma de liberarse de las cadenas
del trabajo monótono de por vida. Esta nueva cultura del trabajo se
extiende principalmente entre los jóvenes como valores “libertarios”,
en tanto las rápidas mutaciones en el mercado de trabajo y los mayores
niveles de capacitación permitan a los jóvenes sobrevivir con
empleos eventuales.
Sin embargo, desde fines de los años ochenta comienza
un replanteo teórico en el interior de los partidos y movimientos
sindicales, principalmente en Europa Occidental, pero también en EE.UU.
y en países del Sur. El replanteo teórico abarca varios asuntos,
interdependientes pero específicos y particulares, a saber:
a)
se acepta que los cambios e innovaciones en las empresas
contienen aspectos revolucionarios, y que es necesario operar sobre ellos
para contar con una plataforma sindical apta para reinstalar la centralidad
de la fuerza de trabajo asalariada; comienza así una profunda revisión
de las prácticas sindicales;
b)
se percibe que, bajo las variadas formas de limitación
del trabajo asalariado como la reducción de plantillas, el desempleo
y el desplazamiento de trabajadores hacia la búsqueda de trabajos
eventuales, se está viviendo el inicio del fin de la forma de trabajar,
basada en el “empleo de por vida”, inherente al capitalismo industrial;
c)
se percibe que se está agotando un tipo de sindicalismo
que basaba su representación sólo en la fábrica y en
grandes sindicatos de rama. Ahora, al tiempo que se renuevan las prácticas
sindicales específicas al trabajo asalariado en las empresas, es necesario
abordar desde una perspectiva “socio-política” las variadas demandas
que se originan en mercados laborales fragmentados, y a los intentos de legitimar
nuevas formas de trabajar, asociadas a la potencialidad de nuevos movimientos
sociales como el ecologismo y el feminismo, y otras. Así, un torbellino
de nuevas ideas se hace presente en el mundo de los sindicatos para fundamentar
un sindicalismo “socio-político”.
La validez de paradigmas laborales,
sociales y políticos para una nueva teoría del progreso descansa
en el atributo de universalidad, que es la condición necesaria para
una confrontación política creíble y viable frente a
la universalidad del neoliberalismo y la revolución conservadora.
La efectividad de esos paradigmas reside, en última instancia, en
si dan cuenta y plantean respuestas para resolver las contradicciones que
se generan en un mundo del trabajo globalizado. Por eso, los debates sobre
el trabajo en el interior de la izquierda y los sindicatos progresistas se
desarrollan en el escenario de la mundialización y la regionalización:
estos debates se centran en el concepto y efectos de la llamada net-economy
o “nueva economía” sobre el sistema-mundo.
La hegemonía cultural neoliberal y las dificultades
del progresismo para elaborar sus propios paradigmas de cara a la “nueva
economía” han generado cierta influencia neoliberal sobre ese progresismo.
Para aclarar lo anterior, es necesario seleccionar algunos temas sustanciales,
tratando de “descubrir” que líneas de fuerza se perfilan en cada uno
de ellos, a saber: a)
Pero ¿qué es la nueva economía?
Una empresa que comercializa a nivel mundial sus productos por Internet,
hombres que negocian en la bolsa a través del teléfono celular,
empresas multinacionales en red con sus filiales. La información es
la materia prima de la nueva economía. La electrónica y la
industria de los semiconductores, y no la electricidad, es la energía.
El medio de transporte es Internet. El concepto de nueva economía,
en síntesis, es el concepto que explicita el “cambio en el mundo”
generado por los mercados globales y la revolución informática.
La nueva economía se presenta como el paradigma
del crecimiento sostenido del encadenamiento virtuoso de la productividad
constante, la baja inflación y el bajo desempleo. Desde hace una década
la “nueva economía” reina en los EE.UU. y se apresta ahora para conquistar
al resto de los países del G-7. La “nueva economía” articula
la informática, la mundialización y la flexibilidad en el contexto
de la tercera revolución tecnológica. Los mercados a
través de sistemas en red se expandirán sometiendo a
las empresas a transformarse continuamente, lo que a su vez potencia los
mercados de capitales.
La nueva economía ha reestructurado el capitalismo
en veinte años, produciendo la expansión del comercio electrónico,
la automatización de los órdenes de producción, el uso
masivo de subcontratistas y la reestructuración flexible de los mercados
de trabajo. La “nueva economía” adelanta la llegada de un sistema
económico individualizado y descentralizado, en el que todas las personas
podrían ser accionistas que trasladan “
El amplio tema del mercado del trabajo, estabilidad y
jornada de trabajo muestra facetas teóricas difícilmente pensables
en los inicios del debate en los años setenta: efectivamente, tanto
la aceptación de cambios en las normas que regulan la estabilidad
laboral a favor de contratos a tiempo determinado y contratos a tiempo parcial,
lo mismo que la consigna de reducción de la jornada de trabajo a 35
horas semanales, fueron inicialmente respuestas sindicales para enfrentar
el desempleo. Sin embargo, en el proceso de implementación de esas
propuestas se observa que los resultados son diferentes a los buscados, dado
que cada vez menos se refieren a la lucha contra el desempleo, sino a otras
transformaciones del trabajo en general. Veamos algunos temas por separado.
La sustitución de la
figura del “empleo estable por tiempo indeterminado”, inherente a los “treinta
años gloriosos” del keynesianismo y del Welfare State en Europa (1945-1975),
por contratos a tiempo determinado con menores cargas indemnizatorios para
facilitar las inversiones en las empresas, está dando lugar a espacios
sociolaborales articulados sobre otros aspectos de la estabilidad en el trabajo
que deben ser incluidos en la negociación colectiva, como son la información
y consulta empresaria a los sindicatos antes de proceder al despido. Así,
la estabilidad en el empleo se asocia con la participación de los
trabajadores en la gestión empresaria.
La gestión de la mano
de obra en las nuevas fábricas con el método de “
just in time ” se articula sobre la base de “operadores”.
Este nombre, conocido desde hace una década en la industria automotriz
y otros sectores nuevos industriales, disuelve la distinción entre
trabajadores calificados y no calificados Se crea así una categoría
homogénea e indiferenciada de asalariados. El término es rechazado
entre las viejas categorías socioprofesionales por descalificante.
Pero es aceptado por los jóvenes, que identifican la categoría
descalificadora “obrero” con mano de obra, mientras que “operador” se identifica
con el trabajo electrónico. Así, se concreta la derrota simbólica
de la vieja clase obrera, porque ser obrero es sinónimo de identificación
con las antiguas culturas socialistas.
Los operadores que son jóvenes de entre
20 y 30 años son reclutados para trabajos de corta duración,
renovados según su disponibilidad y lealtad con la empresa. No ejercen
un oficio, sino trabajos puntuales ligados a proyectos (por ejemplo, fabricar
tantas piezas de un auto). Son asalariados temporales, contratados independientemente
del diploma, y cobran salarios mínimos. La promesa empresaria es que
pueden llegar a ser trabajadores permanentes con salarios individualizados.
Los jóvenes asalariados reconocen que se trata de “empleos basura”,
pero la carencia de cultura obrera los hace dóciles.
La mayoría de los jóvenes obreros “operadores”
trabajan en empresas pequeñas y medianas, lo que favorece que no sean
sindicalizados, a diferencia de los trabajadores de grandes empresas, donde
es común que exista representación sindical. La externalización
de procesos y productos por parte de las grandes empresas acentúa
el aumento de los operadores. En este modelo de división del trabajo
que disgrega a la clase obrera se logra que los contratos de rama no incluyan
a los jóvenes asalariados precarios. Desaparecen así las antiguas
protecciones sociales (estabilidad laboral), políticas (la existencia
de fuertes sindicatos) y simbólicos (la pérdida de identidad
de clase). De allí que los sindicatos califiquen a estos cambios en
la estructura del trabajo como un regreso al siglo XIX, porque no se trata
sólo de restablecer el autoritarismo empresarial, sino la vía
para que parte de esos trabajadores “operadores” se transformen en el futuro
en excluidos. Los jóvenes operadores viven en lo provisorio y no piensan
en seguir en la fábrica, lo que bloquea la construcción de
colectivos de trabajo, esto es, una cultura del trabajo y de resistencia.
El neoliberalismo ofrece a
los trabajadores ser parte de la modernidad. Esta propuesta ya se inicia
en la escuela, que educa a los jóvenes en los valores del esfuerzo
y la capacitación individual. Los hijos de familias de obreros educados
en la “polivalencia ocupacional” cuestionan a sus padres por haber gastado
sus vidas en la rutina del trabajo estable y su adhesión a los sindicatos.
En el caso de familias de trabajadores inmigrantes, esa ruptura incluye también
en muchos casos el rechazo a las culturas y lenguas originarias, causante
según esos jóvenes operadores de consolidar la marginalidad
dentro de la unidad nacional-estatal.
El trabajo a tiempo parcial se ha transformado en muchos
países en la herramienta para incorporar masivamente a la mujer al
empleo asalariado, dando lugar a la lucha por derechos laborales específicos
al doble trabajo femenino (fábrica + hogar). En algunos países,
como Holanda, el trabajo a tiempo parcial para los trabajadores en general
se está transformando en una respuesta interesante para hacer corresponder
los aumentos de la productividad del trabajo con la disminución de
la jornada laboral. Por último, el objetivo de reducir la jornada
de trabajo, que incluye en la mayoría de los casos una disminución
salarial, se está convirtiendo en varios países europeos en
un interesante proceso de cambio en la “cultura de empresa” en la que empresarios
y trabajadores discuten como preservar los estándares de productividad
y competitividad con jornadas de trabajo más reducidas. Como es sabido,
Resulta cada vez más
evidente que el agotamiento de los antiguos yacimientos
de trabajo fordistas está planteando que en el futuro, junto al empleo
asalariado, se requiere el desarrollo de nuevas formas de trabajar
que, hasta la actualidad, eran algunas inexistentes (por ejemplo el teletrabajo
contractual) u otras subordinadas a la lógica del proceso de acumulación
y realización del capital (por ejemplo, el cooperativismo, los microemprendimientos,
las cooperativas de trabajo, etc.). Detengámonos un poco sobre el
tema de las nuevas formas de trabajar porque están generando importantes
mutaciones en las sociedades de los países industrializados, en particular
los europeos, desarrollando el asociacionismo y redes laborales de cooperación
interprofesional. Los movimientos por nuevas formas
de trabajar se expanden como parte de nuevas formas de vivir
en las que ciudades de escala intermedia o áreas rurales se interconectan
a través de redes y cadenas productivas de comercialización,
información, etc. Es posible que estas nuevas realidades productivas
aceleran la pérdida de importancia de las “ciudades fábricas”
propias de la sociedad industrial.
La llamada “urbanización
sustentable” se expresa también en la estructura del trabajo porque
ahora se la asocia con la pequeña empresa, el teletrabajo, la prestación
de servicios ecológicos, de apoyo y participación de la ciudadanía
a la gestión educativa, de creación de redes de atención
a los ancianos, de fomento de la vida urbana asociativa y de superación
del individualismo, etc. Las nuevas tecnologías informáticas,
están potenciando estas nuevas formas de trabajar asociadas o individuales
que se desarrollan no sólo en función de necesidad locales,
sino en la escala de mercados supranacionales a través de diversas
especializaciones. Se expanden en los países industrializados las
redes de empresas pequeñas y medianas asociadas, como en la Emilia
Romagna italiana. Pero también pueden encontrarse estas redes en países
periféricos, por ejemplo, en Argentina, en ciudades de la pampa húmeda
que, especializándose en actividades agroindustriales vinculadas a
demandas del Mercosur, desarrollan así redes de microempresas y cooperativas
asociadas a a) la dinámica de la exportación, y b) al desarrollo
de redes de comercialización con otros centros urbanos de Argentina
.
Las nuevas formas de trabajar
en ciudades pequeñas e intermedias generan relaciones sociales de
cooperación que pueden ser “filtros culturales” de resistencia frente
al vertiginoso proceso de estandarización según los anti-valores
individualistas y del darwinismo social. Así, la “aldea mundial”,
estructurada también desde las pequeñas y medianas ciudades,
puede ser asociada como una defensa del espacio público frente a la
cultura de la privatización de la sociedad civil y el predominio de
la “sociedad de mercado”. Estas nuevas formas de trabajar
son antagónicas con los siniestros designios de crear enormes ghettos
urbanos de las poblaciones excluidas del Tercer Mundo que sobreviven asistidos
por el Estado y el “voluntariado” (que es, por
ejemplo, la propuesta de Rifkin como “solución” al desempleo y la
exclusión social). Por el contrario, la
globalización podría estar creando las condiciones objetivas
para una nueva “revolución en el trabajo” que dé lugar a una
nueva redistribución del excedente económico según modelos
productivos en los que el desarrollo sustentable se basa en la combinación
y articulación de variadas formas de trabajar y por lo tanto de retribución
. Así, la vieja “sociedad salarial” puede ser sustituida por una sociedad
con variadas formas de remuneración al trabajo, restableciendo sobre
bases superiores la ambigua coexistencia del salario con diversas formas
de “salario social”. Las metas de pleno empleo y trabajo para todos forman
parte de un todo único. De este modo, la autodefensa de las sociedades
frente al neoliberalismo puede estimular demandas a la teoría económica
para diseñar un nuevo “cálculo económico” que dé
cuenta de las modalidades de ingresos que se corresponderán con el
mundo del trabajo asociativo que está por nacer.
La empresa industrial y de servicios , como unidad
productiva, seguirá siendo el eje de la
producción de bienes y servicios, porque
el capital concentrado lleva la delantera en productividad en referencia
a otras formas de organización y productividad del trabajo.
Pero la empresa moderna ya no genera empleo masivo.
Se requiere , por lo tanto,
de la articulación en grandes sistemas económicos de diferentes
tipos de empresas y actividades . Ahora bien, el
grado de avance hacia una “nueva civilización del trabajo” en los
países industrializados dependerá también de un aumento
constante en la tasa de crecimiento de esos países y por lo tanto
del excedente económico disponible necesario para financiar inversiones
e ingresos sociales. Pero ello difícilmente será logrado si
persisten las diferencias tecnológicas entre países ricos y
países pobres, porque el volumen del excedente económico en
los países desarrollados dependerá en última instancia
de un aumento en la demanda efectiva a nivel mundial. Esto requiere, como
hemos adelantado, cambios en los sistemas económico-sociales de los
países del Sur, que permitan el desarrollo integrado basado en la
reindustrialización y diversificación de las estructuras productivas,
y en una redistribución radical del ingreso a favor de los trabajadores.
Ahora bien, ¿cómo se compatibiliza, por
ejemplo, el derecho universal al trabajo con el resurgimiento de la vieja
aspiración del liberalismo económico a considerarlo como un
“factor de la producción” o “capital humano”, excluyendo su participación
en la gestión de las empresas, más aún cuando la revolución
tecnológica está transformando los contenidos del trabajo,
que ahora incluyen mayor participación innovativa de los asalariados
en los procesos? O ¿cómo se resuelve el hecho de que los yacimientos
de trabajo estable tradicionales, generados por el fordismo, se hayan agotado
y el desempleo o el empleo precario avance en los países industrializados?
Es necesario recordar que el “pleno empleo” y el Welfare State eran valores
inherentes a las sociedades industrializadas hasta hace pocos años,
y que los sindicatos, que hace cien años eran casi inexistentes, hoy
se han desarrollado con distinta influencia en los países del Norte
y del Sur, y que hoy son componentes fundamentales no sólo como generadores
de derechos sociales y culturales sino como componentes de los sistemas económico-sociales.
Por eso,
Es cierto que
a)
en relación a las empresas, los sindicatos tienen
que liderar los procesos de transformaciones tecnológicas y el impacto
sobre la organización del trabajo, dando cuenta de hechos nuevos como
la formación de las empresas de “variedad” y just-in-time, el trabajo
en equipos, los sistemas de remuneración por capacitación y
participación en las innovaciones tecnológicas, etc. Dicho
de otra manera: los sindicatos necesitan liderar
la revolución tecnológica desde las empresas, para conservar
su capacidad de negociación con los empresarios ahora con énfasis
en la demanda de democratizar la gestión en las empresas
;
b)
en relación a los cambios en el trabajo que están
potenciando otras formas de trabajar no asalariadas e independientes, los
sindicatos necesitan acentuar su actual orientación socio-política,
esto es, su capacidad de a) representar diferentes categorías de trabajadores
asalariados, y b) asociarse con las iniciativas que se generan en las sociedades
para desarrollar las nuevas formas de trabajar no asalariadas que hemos comentado;
c)
la fuerza del sindicato se basa en su representatividad
en las empresas y en las ramas y sectores económicos. Por la globalización
y la mundialización y formación de unidades regionales, se
fortalece la importancia de las confederaciones sindicales mundiales o regionales
para negociar con las organizaciones interestatales y empresarias internacionales
con las empresas multinacionales.
Un aporte
importante para que la globalización incluya la igualdad, la no discriminación
y la erradicación de la pobreza ha sido sintetizada por la Confederación
Internacional de Organizaciones Sindicales Libres, CIOSL, en el reciente
documento tratado en su XVII Congreso Mundial, “Convertir la visión
en una realidad: prioridades de la CIOSL en el siglo XXI”. Estas prioridades
serían:
a)
Lograr un mundo democrático, en el cual los gobiernos
desde el nivel local hasta el nacional sean responsables y den cuenta de
sus actos frente a los ciudadanos. En este contexto, el respeto a los derechos
básicos de los trabajadores es un componente esencial de la democracia
y una herramienta fundamental para que la democracia sea económica,
política y social.
b)
Lograr que las mujeres logren la plena igualdad, dentro
de lo que es necesario destacar los derechos de la mujer trabajadora: sin
duda que el siglo que se inicia se caracteriza por el incremento de la participación
política, cultural, social y laboral de la mujer, y que este proceso
aumentará su participación en gobiernos, partidos políticos
y organizaciones sociolaborales, entre ellas los sindicatos.
c)
En los años venideros es previsible un gran debate
mundial sobre nuevos contenidos en la relación entre empleo y trabajo.
En efecto, la economía neoliberal puede estimular una revolución
productiva, pero no generar empleo. La fábrica taylorista desaparece.
Por eso ahora es necesario para generar empleo pensar en la combinación
entre empresas de alta tecnología y redes asociativas de pequeñas
empresas que generen empleos, y al mismo tiempo amplíen la base productiva
de las economías nacionales integradas en la mundialización.
Como resultado de los cambios en el mundo, es también necesario “globalizar
y articular el empleo y las nuevas formas de trabajo”. Se trata de un “desafío
civilizatorio” en el que deben participar activamente los sindicatos.
d)
Los sindicatos aspiran a que esos cambios en la estructura
y organización del trabajo sean parte de un mundo que garantice la
sustentación del medio ambiente para las generaciones futuras.
e)
Y por último, el viraje hacia un mundo solidario
implica que la globalización requiere de una presencia destacada de
la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en el sistema de relaciones
internacionales y sus instituciones. En este punto se localiza la cuestión
de la llamada “cláusula social”, término vigente y que se define
por la aplicación de convenios básicos de la OIT al comercio,
las inversiones y la política a nivel mundial.
En el mencionada documento
de CIOSL se dice que para cambiar el mundo “debemos cambiar nosotros”. Esto
atañe a lo que se ha denominado “sindicalismo socio-político”,
es decir, un sindicalismo que se apoya en sus tradiciones, pero que se plantea
ahora representar a diversas categorías de trabajadores asalariados
o microempresarios, especialmente los que desarrollan sus actividades en
el enorme y variado sector informal de la economía.
En la última
década se han yuxtapuesto dos fenómenos laborales de distinta
naturaleza, pero que se plantean erróneamente como idénticos,
a saber: a) el creciente fenómeno de expansión y cristalización
del llamado sector informal en los países del Sur (y también
en áreas subdesarrolladas de algunos países industrializados),
y b) el agotamiento de los tradicionales yacimientos de trabajo asalariado
generados por el impresionante desarrollo industrial y de servicios a partir
de la Segunda Guerra Mundial, que a nivel de la organización del trabajo
se conoce como “fordismo” y a nivel social como “sociedad industrial”. Se
trata de dos fenómenos diferentes, aunque suelen encontrarse en una
intersección común: el desempleo y la precarización
del trabajo. En el caso de los países de América Latina, los
cambios mundiales en la organización del trabajo se expresan a través
de una también particular combinación entre procesos de modernización
segmentaria de las empresas que incorporan nuevos procesos y productos, con
la crisis económica que impide un desarrollo económico sostenido
y que incluye el dramático hecho de que el trabajo, y como parte de
él el empleo, sólo aumentan en el sector informal de la economía.
Desde hace más de una década diversos movimientos
sindicales plantean la necesidad de incorporar formalmente al nivel de convenios
colectivos de trabajo la problemática del sector informal. Se trata
de voces que, afirman con razón, que el mundo de las empresas informales
ocupa un lugar cada vez mayor en la generación de empleos, aunque
de baja calidad, mientras que las empresas del sector formal ya no crean
empleo masivo. Esas voces
Ahora bien, una visión correcta del mundo sociolaboral
informal requiere un enfoque multifacético, porque para que el sector
informal evolucione hacia formas de trabajo reguladas se requieren políticas
de apoyo a inversiones productivas, políticas de financiamiento a
las empresas, políticas de difusión de las innovaciones productivas,
políticas de fomento del cooperativismo y asociacionismo, políticas
de capacitación en las distintas categorías de trabajadores
involucrados en el sector informal, etc.
En esta estrategia de objetivos múltiples, las
organizaciones sindicales se apoyan en los trabajadores asalariados. Pero
no se agota en esta acción sindical, porque los sindicatos plantean
simultáneamente la necesidad de políticas públicas para
fomentar las innovaciones y la productividad en las diferentes empresas del
sector informal. Por eso también la ORIT-CIOSL plantea la necesidad
de que los sindicatos eleven propuestas para el sector informal a los gobiernos,
y simultáneamente establezcan acuerdos programáticos sobre
el tema con las organizaciones empresarias y las ONG's especializadas.
Los sindicatos sólo se interesarán realmente en esta tarea si están seguros de que bajo la demanda de organizar el sector informal no se esconde el objetivo neoliberal de “vaciar” a los sistemas jurídico-laborales de su capacidad de regular las relaciones jurídico-laborales entre empresarios y trabajadores. Desde hace varias décadas, desde el campo neoliberal se ha planteado que el sector informal de la economía es un factor dinámico del crecimiento económico, mientras que los sindicatos serían un elemento retardatario para el progreso de las empresas. Este argumento neoliberal es falso. Porque se trata de empleos de baja calidad, inaceptables para promover la modernización integrada y la cohesión social. Si en cambio, los sindicatos observan que existe una clara disposición de gobiernos y empresarios en el de implementar políticas laborales en el sector informal que sean parte de una modernización integral, y que también están interesados en promover el cooperativismo y el asociacionismo en todas sus formas, fenómenos en los cuales el movimiento sindical se ha involucrado desde fines de del siglo pasado en Europa y en muchos países insuficientemente industrializados, entonces será posible iniciar un gran debate a favor de normas y políticas laborales progresistas para el sector informal.
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