Nuestra historia, finalidades, principios doctrina y opiniones
 

UN NUEVO PAIS ES POSIBLE CUANDO

SE CREE EN UN PROYECTO VIABLE

 

Por ALFREDO JORGE CARAZO

 

No son pocos los que afirman en sordina que si en poco tiempo más el Gobierno del presidente Eduardo Duhalde no atinara con una respuesta contundente a la crisis no le quedaría otra salida que convocar de urgencia a elecciones anticipadas, clausurando el actual turno democrático. Esto es no quedaría más lugar para ensayos de la Asamblea Legislativa porque ni los gobernadores podrían intentarlo. Lo de clausurar el período institucional no resulta caprichoso porque renovaría ambiciones de retorno inmediatos. Por eso desde La Rioja, el ex presidente descalificó generalizadamente, al reiterar hablando en primera persona que “no lo tomen como falta de modestia pero no hay ningún político actual que pueda sacar a la Argentina de este desastre como Carlos Saúl Menem”. Y hasta esbozó algunos puntos de un derrotero que incluyo obviamente a la “dolarización” como para halago de algunos. También Carlos Ruckauf, desde el Palacio San Martín, cree llegado el momento de ser el elegido del voto popular, en tanto todos apuestan a una ley de lemas para obviar eventuales internas desgastantes y beneficiarse con la sumatoria de votos. Las dificultades del primer mandatario para reformular su Gabinete y la del propio ministro de Economía, Roberto Lavagna para armar su elenco hablan a las claras de la eventualidad. Los azarosos momentos de los últimos días nada hicieron para un cambio de rumbo. Los que más ganaron hasta ahora lo siguen haciendo. Los que le aseguran a Duhalde lealtad si sigue apoyando a los banqueros y a la economía concentrada, seguramente serán los primeros en acusarlo de errores que ellos mismos prohijaron, pero para su propio beneficio. Algo así le pasó en Venezuela al empresario petrolero Pedro Carmona Estanga. Los que lo entronizaron como un reyezuelo sin trono en el Palacio de Miraflores, fueron los primeros en repudiarlo, con el clásico “yo no fui” y “a mi por qué me miran”, a la hora de definir la continuidad de un golpe de Estado autoritario. Y son los mismos que ya trazan su propio destino en torno a cualquier otra figura parida desde el bipartidismo, capaz de asegurarle continuidad al modelo. Al establishment –nacional y foráneo- no le interesa tanto el quién sino el cómo. No se detienen demasiado en la persona, porque ellos sí tienen un plan desde siempre y lo vienen aplicando sin prisa y sin pausa. Entonces, importa que no se trunque el salvataje a los bancos, que se siga achicando el Estado –la consigna “achicar el Estado es agrandar la Nación” sigue vigente- hacer cierta las previsiones de que este país sólo es viable para un tercio de sus habitantes, en tanto los dos tercios restantes quedan marginados a la vera del camino, –y todavía falta un poco- copiar la Ley de Quiebras que rige en los EE.UU. y licuar lo máximo posible la ley de Subversión Económica, como para dar sólo algunos ejemplos.

EL TRABAJO UNA ENTELEQUIA

Duhalde ya casi estaría convencido de la imposibilidad de revertir la tendencia declinante, como consecuencia de la cual debería resignar el Gobierno al que tanto le costó llegar. Sin ninguna posibilidad de reactivación económica, con signos e indicadores contrarios, y con organismos financieros multilaterales esquivos a los que les había colocado su última y única ficha, no le queda resto. No se trata de augurios negativos. Nada indica hasta el momento que la situación de los más débiles se haya revertido aunque fuera en parte. Y eso debiera pesar en la mochila de cualquier gobernante mucho más que las urgencias del corralito, aunque también desde allí se va sumando pobres a la estadística. El Día del Trabajo pasado fue una postal de lo que está pasando en el mundo y en la Argentina. En la Francia de la Unión Europea, cientos de miles de personas marcharon junto a las organizaciones de trabajadores bajo una sola reivindicación de carácter inminentemente política, como fue el rechazo al autoritarismo y la xenofobia de Jean-Marie Le Pen. Muy cerca, miles y miles de trabajadores italianos salieron a la calle masivamente para rechazar la flexibilidad laboral del primer ministro derechista Silvio Berlusconi. En este lugar del mundo, el reloj se corrió hacia atrás en la historia y se convirtió en el “Día de los Desocupados”, sumado al temor del desangre diario del empleo para los que aún lo conservan precariamente. Atrás quedaron los poderosos gremios metalúrgicos, textiles, mecánicos del automotor y tantos otros que conformaron el movimiento obrero organizado más grande del mundo. Es posible que por confianza hayan permitido que en sus entrañas se alojara el germen de su propia declinación. El trabajo, en este país que fue próspero y generoso cuando por las entradas de las fábricas desfilaban a horas tempranas miles y miles de hombres y mujeres, sabiendo que en pocas horas más sus hijos ingresarían a las aulas del futuro tras haber desayunado, hoy es una utopía que parece no realizable, a la manera de la ciudad ideal, de la sociedad perfecta imaginada por Santo Tomás Moro. El silencio fue el signo distintivo de la angustia. La dignidad del trabajo humano se escurrió de entre los dedos y fueron decayendo las ganas de pelearle a la vida como lo hicieron las generaciones anteriores, porque tenían con qué. Cualquier proyección necesariamente debe orientarse a la utopía. Pero para revalorizarla como posibilidad de cambio. Para seguir pensando que otro mundo es posible, que se puede construir otro modelo de país y que ese país debe ser capaz de generar una nueva sociedad para decirle no a la viabilidad impuesta desde afuera. Aunque haya que dejar jirones en el intento.

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