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ETICA DE LA FUNCION PUBLICA
Por Alberto Chartzman Birenbaum
1.-PRELIMINAR
La acción humana es el conjunto de medios y fines; para que dicha acción sea buena, tiene que serlo el conjunto. No es difícil deducir entonces, que un buen fin nunca justifica ni puede justificar unos medios reprobables.
Las responsabilidades son siempre diversas, porque diversas son las personas con sus historias y con los roles que les toca desempeñar. En términos generales, podemos decir que las responsabilidades son directamente proporcionales al poder que tienen las personas; en este sentido, es sumamente sabia y equitativa la enseñanza que nos deja el Evangelio: a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más (Lucas 12.48). Esto vale en todos los ámbitos; aunque si entendemos que el político tiene más responsabilidad porque es el encargado del planeamiento que el técnico ejecutará, esto no dispensa al técnico de su propia responsabilidad que debe ejercer con discernimiento.
Existe una profunda convicción de que la ausencia de principios y valores éticos en la administración pública es uno de los males que mayor daño produce a nuestras sociedades, erosionando la confianza de la sociedad civil en sus dirigentes, lo cual se traduce en cuestionamientos, apatía y desgano del ciudadano hacia las instituciones democráticas y los procesos electorales. Resulta paradójico que, al tiempo que la democracia y la libertad se consolidan a escala mundial, el fenómeno de la corrupción se presenta como una de las principales amenazas para las sociedades democráticas y un obstáculo para el desarrollo económico y social. Por tal razón, hoy más que nunca la lucha contra este flagelo se erige como uno de los soportes fundamentales de la institucionalidad democrática.
Vale la pena recordar el discurso de Aristóteles en su “Etica para Nicómano”, cuando nos habla de la elección humana entre el bien y el mal:”Tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder. En efecto, siempre que está en nuestro poder el hacer, lo está también el no hacer, y siempre que está en nuestro poder el no, lo está el sí, de modo que si está en nuestro poder el obrar cuando es bello, lo estará también cuando es vergonzoso, y si está en nuestro poder el no obrar cuando es bello, lo estará, asimismo, el no obrar cuando es vergonzoso”.
2.-HACIA UNA ETICA DE LA FUNCION PUBLICA-ETICA DE LA RESPONSABILIDAD Y ETICA DE LA CONVICCIÓN.
Quizá no sea casual que Eduardo Rabossi subtitule “Una tarea educativa difícil”[1] a su reflexión sobre la formación ética. Sin duda, lo es y por esa razón es necesario que nos preguntemos en qué consiste esa dificultad, en cierta medida no compartida con otras disciplinas. En nuestra opinión, el comienzo de esta encrucijada está en el hecho de que vivimos una contradicción entre la ética personal y la ética social o pública. La ética personal tiene un ámbito de resolución nítido y claro y una responsabilidad acotada al sujeto: cada uno es responsable de sus actos en la medida que involucran responsabilidades directas y no mediadas. Pero qué sucede cuando el individuo pasa de la esfera personal a la social, donde también tiene responsabilidades pero de tipo compartidas y mediadas. Cuando se eligen determinadas opciones, especialmente en el campo social y político, la persona no es la única responsable del resultado final. Votamos un partido, pero no somos responsables finales por el éxito o fracaso de su gestión. Aconsejamos políticas y decisiones gubernamentales, pero las consecuencias finales están tan mediadas por tantas otras variables de la economía y el humor social, por otros actores dentro de la escala de decisiones, que difícilmente pueda responsabilizarse a una persona por los resultados finales de un proceso del cual esa decisión formó parte. A ello se suma que la mayoría de la información requerida en este ámbito para tomar decisiones rara vez es de primera mano, sino más bien recibida por impersonales medios de comunicación o por otras instancias de las que dependemos y que no siempre es posible confirmar en un tiempo razonable. Entonces: ¿ es posible hablar de una ética social?. Nuestro sentir es que cada vez observamos más que la posibilidad de una ética social se ve amenazada por las formas éticas individualistas y por aquellas otras formas que relativizan la responsabilidad personal al sumergirla en el mar de las decisiones socialmente compartidas que culminan por eludir toda responsabilidad ética en sus propias acciones[i].
Una sociedad es un cuerpo complejo que no puede basar la regulación de su dinámica interna en la buena voluntad de quienes la componen. Fue así que la humanidad entendió tempranamente que debían sancionarse leyes objetivas y conocidas por todos para organizar la vida social y dar estabilidad a las instituciones[ii].Hecho esto se comprobó que era necesario organizar un sistema de contralor para velar para que las leyes promulgadas se cumplieran. Finalmente, y considerando que siempre que hubo leyes estas se violaron, se vio la necesidad de contar con un sistema que sancionara a aquél que, no aviniéndose al consenso social, se hacia infractor. Para la primera tarea se crearon cuerpos legislativos que, al menos en teoría, elaboraran las leyes que permitieran una convivencia armónica entre los habitantes[iii]. Para la segunda, se crearon sistemas de policiales a cuyos miembros la sociedad otorga el derecho de portar armas para la defensa de la comunidad. El sentido último de esto puede expresarse así: las personas andamos desarmadas porque derivamos la responsabilidad de nuestra seguridad en otros miembros de la sociedad que son armados por nosotros para defendernos. Pero como aún así se constata que hay quienes no aceptan las reglas de juego social, se crearon sistemas judiciales para sancionar con penas a los infractores, lo que a la vez podía actuar como un elemento que disuadiera de la tentación de violar las leyes en provecho propio.
Mientras las instituciones son confiables el sistema tiende a funcionar. ¿ Pero qué sucede cuando un senador-o todo un cuerpo-es sospechado de venal? ¿ Cómo negar que, cuando en forma reiterada se encuentran sospechados o claramente involucrados en delitos a miembros de fuerzas de seguridad o de la justicia, se pone en tela de juicio no sólo a esas personas sino a toda la estructura de control social?.
El deterioro de la ética en los cuadros dirigentes de la función pública (jueces, políticos, policías, militares, funcionarios del Estado, etc.) tienen un efecto nefasto sobre la ética social, casi un efecto en cascada sobre el resto de la población, por lo que se torna difícil lograr que en la base se respeten códigos éticos si quienes tienen el poder de modificar las cosas muestran desaprensión e insensibilidad social.
Por otro lado, en los últimos quince años se nos ha querido convencer de que hay una cierta ética del mercado a la que no es posible oponerse sin violar leyes presentadas como inexorables. Mediante ella, se justifican despidos masivos, privatizaciones apresuradas, injustas reducciones salariales, pauperización de servicios esenciales, y otras consecuencias sociales de políticas ahora llamadas neoliberales y antes llamadas monetaristas y antes aún liberalismo económico, etc.
La persona que adhiere a determinadas convicciones religiosas, a determinados valores, buscará plasmarlos en su vida. Es más, es deseable que así suceda, será un índice de la autenticidad de sus creencias. Esto nos lleva a concluir: No hay unas reglas para la vida individual, privada y otras reglas para conducirse en el ámbito público. La ética, como la persona, es indivisible.[iv]
Más allá del significado técnico que Weber le da a las expresiones ética de la responsabilidad y ética de la convicción, responsabilidad y convicción van unidas. La responsabilidad, que en definitiva significa responder por algo frente a alguien, brota de una decisión libre y de la convicción profunda que Dios existe y a El habrá que responder por lo que hacemos en la vida.
¿ Cuál es el sentido del Estado?. Desde el punto de vista de una ética política debemos contestar que el sentido del Estado es asegurar políticas activas donde los derechos de todos los habitantes sean primero efectivizados y luego respetados. No creo que caiga en la irrealidad si defino esos derechos como los comprendidos en la Carta Universal de Derechos Humanos y otros Tratados Internacionales a los que nuestra Constitución Nacional otorgó jerarquía superior a las leyes.(Constitución de la Nación Argentina. Art.75.inc.22). No hay ninguna razón económica que justifique la imposibilidad de alcanzar una sociedad donde todos los habitantes accedan a una vivienda razonable, a la educación de sus hijos, a la salud, a la seguridad. Entonces una ética política debe plantearse fines justos y buscar implementar los mejores medios para alcanzarlos. En ese sentido la disyuntiva entre fines y medios es falsa. Hay que sospechar de cualquier ideología o plan político que invoque fines últimos honorables e intachables que, para ser alcanzados, necesiten pasar por un período previo donde tallen la postergación y las injusticias, se apliquen torturas, se violente la vida o se haga callar la voz de la oposición. El hambre y la violencia nunca conducirán al cielo de la abundancia, la libertad y la justicia.
Si la ética a secas nos pide que respetemos al otro y a sus derechos, la verdadera ética nos invita a ver más allá que el simple equilibrio entre mis derechos y los suyos, y a encontrarnos como parte de una sociedad que nos ha sido dada como espacio para valorarnos mutuamente, con sentido de solidaridad, de justicia, de esperanza. Justicia postergada y a veces demasiado lejana, pero siempre meta a la que hemos de jugar nuestra vida.
Quiero recordar cuando el Sumo Pontífice designó como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos a Santo Tomás Moro: un estadista y pensador que puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre. Su ejemplo, como destaca el Papa, habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia. Y nos pone de presente que cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien. Tomás Moro nos enseñó el sentido de la utopía, y esa utopía debe ser el faro que nos guíe en la tormenta. El nos enseñó que los hombres están más íntima y más fuertemente unidos por la voluntad de hacerse recíprocamente el bien que por los pactos, más vinculados por el corazón que por las palabras. El nos enseñó, en suma, que el ejercicio del poder, en cualquier sentido, debe ser ante todo un ejercicio de virtudes.
CITAS
iRabossi Eduardo “ La formación ética. Una tarea educativa difícil en Aportes, N°15 (2000).P.147-156.
ii Un ejemplo extremo de deslinde de responsabilidad ética y que no consideramos aquí es el del criterio de la obediencia debida, un modo de suspensión de toda norma social basada en una supuesta obediencia absoluta ante un superior, frente al cual-se aduce-queda hasta en suspenso la propia conciencia del criterio elemental de distinguir entre lo bueno y lo malo. En este caso la excusa para suspender la ética personal no es la maraña de decisiones sociales involucradas sino la imposibilidad teórica de contradecir al superior.
IiiDurante mucho tiempo se pensó que el Código de Hammurabi, proclamado por el rey babilónico poco antes de 1750 AC., era el primer texto legal de la humanidad. Hoy sabemos que hubo leyes escritas mucho antes que regulaban la vida social de pueblos apenas letrados. Estas colecciones de leyes se grababan en una piedra que se colocaba en las plazas a la vista de todos y ante ella y el pueblo mismo se llevaban a cabo los juicios.
Iv Es necesario recordar que en las culturas primeras no existía el concepto de la independencia de poderes como tampoco la idea de que las leyes debían responder al interés de todos los habitantes; pero sí que debían ser justas en el sentido de asegurar el sustento necesario para la subsistencia de cada miembro de la comunidad. Por ejemplo, en general daban soporte jurídico a la esclavitud, pero aseguraban la comida del esclavo. Nuestro actual concepto de independencia de poderes es fruto de un largo camino social, al que por momentos parece que todavía no hemos arribado definitivamente.
V Monseñor Jorge Casaretto. Obispo de la Diócesis de San Isidro.
[i] Un ejemplo extremo de deslinde de responsabilidad ética y que no consideramos aquí es el del criterio de la obediencia debida, un modo de suspensión de toda norma social basada en una supuesta obediencia absoluta ante un superior, frente al cual-se aduce- queda hasta en suspenso la propia conciencia del criterio elemental de distinguir entre lo bueno y lo malo. En este caso la excusa para suspender la ética personal no es la maraña de decisiones sociales involucradas sino la imposibilidad teórica de contradecir al superior.
[ii] Durante mucho tiempo se pensó que el Código de Hammurabi, proclamado por el rey babilónico poco antes de 1750 a.C., era el primer texto legal de la humanidad. Hoy sabemos que hubo leyes escritas mucho antes que regulaban la vida social de pueblos apenas letrados. Estas colecciones de leyes se grababan en una piedra que se colocaba en las plazas a la vista de todos y ante ella y el pueblo mismo se llevaban a cabo los juicios.
[iii] Es necesario recordar que en las culturas primeras no existía el concepto de la independencia de poderes como tampoco la idea de que las leyes debían responder al interés de todos los habitantes; pero sí que debían ser justas en el sentido de asegurar el sustento necesario para la subsistencia de cada miembro de la comunidad. Por ejemplo, en general daban soporte jurídico a la esclavitud, pero aseguraban la comida del esclavo. Nuestro actual concepto de independencia de poderes es fruto de un largo camino social, al que por momentos parece que todavía no hemos arribado definitivamente.
[iv] Monseñor Jorge Casaretto. Obispo de la Diócesis de San Isidro.
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