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Des-helenizar el
cristianismo*
José
Ignacio González Faus, San Cugat del
Vallés, Barcelona, Centro de Reflexión Teológica, San Salvador.
Introducción
En muchos problemas actuales (corno el diálogo
interreligioso. la nueva evangelización o la -presunta o real- reviviscencia de
la religión), se está volviendo fundamental el tema de la llamada
"deshelenización" del cristianismo. No solo para no imponer a Asia o
a África dictaduras culturales bajo la apariencia de exigencias de la fe, sino
también para el mismo entorno europeo que parece haber salido ya de su matriz
grecolatina.
Olegario González ha hablado expresamente de una
"descristianización del concepto de Dios", que él atribuye sólo a la
modernidad, y que hace consistir en la pérdida de los conceptos de alianza, de
creación y de encarnación (1). Aquí nos preguntamos si no hay antes otra
descristianización del concepto de Dios, que tiene lugar con la inmersión del
cristianismo en el mundo griego.
J. A. Estrada (tomando las imágenes de Metz) habla de un
cristianismo "impregnado del espíritu de Atenas, más que de
Jerusalén". Esa impregnación se reflejaría en la pérdida del carácter
revelador de Jesús (2). Y es innegable que la teología occidental ha podido
hablar de Dios sin recurrir demasiado a Jesús. Este aparece más como
"fundador" que como "contenido" del cristianismo. Y ello
acaba llevando a ciertas pérdidas relevantes, como la del abajamiento de Dios
(incompatible con el logos griego), la pérdida del reinado de Dios en el lenguaje
teológico (deformado por una concepción de Dios como poder absoluto), o la
pérdida de la relación entre Dios y el problema del sufrimiento, tan grave hoy.
Aquí se insinúan ya los primeros capítulos de este escrito. Pero antes de
entrar en ellos, permítaseme todavía un par de matizaciones.
La primera es que el término "helenización" del
cristianismo es algo impreciso. Lo que se dio fue una greco-latinización o
simplemente una "occidentalización" del cristianismo. Pero parece
honesto reconocer que hubo otra versión griega de lo cristiano, que es may
distinta de la europea, y que se instaló sobre todo en oriente (Damasco,
Bagdad...), a través de nestorianos y monofisitas, para quizás llegar hasta
India, y casi desaparecer con la llegada de los árabes. En este sentido puede que
hubiese sido más correcto hablar de una "des-occidentalización" del
cristianismo.
La segunda es que la llamada helenización fue, desde otro
punto de vista, una gran empresa inculturadora, tanto en su inmersión platónica
(o mejor neoplatónica) como aristotélica. ¡Ojalá el cristianismo del futuro
tuviera el mismo coraje inculturador que aquel cristianismo que ahora vamos a
criticar, pero toda inculturación tiene sus precios altos, que solo se perciben
más tarde, cuando la cultura cambia y se hace necesario purificar la fe, de
aquellas servidumbres inevitables. No vamos, pues, a hacer una crítica del
cristianismo helénico (que, también, en otro sentido, puso los fundamentos para
una superación de lo griego), sino a mostrar la necesidad de su superación definitiva
en el tercer milenio.
En su significado habitual, la helenización alude sobre
todo a una "forma mental" que piensa las cosas sólo en términos de
términos de naturaleza y no de historia. En san Ireneo es todavía perceptible
la mentalidad histórica que luego irá desapareciendo. Después de Dilthey, de
Hegel o de Darwin éste es uno de los puntos en que la cultura europea moderna
más se ha deshelenizado. Este aspecto no lo analizaremos en nuestra exposición
por creerlo ya suficientemente conocido y tratado por la filosofía.
Si hubiese que definir a qué llamamos helenización, lo
reduciría sobre todo -y para los objetivos de este breve apunte que mire
principalmente a Europa- a tres puntos: la primacía del logos griego sobre el
logos bíblico. Consecuencia del anterior: la primacía del poder sobre el
"anonadamiento" de Cristo. Y, consecuencia de los dos anteriores: la
insensibilidad ante el sufrimiento en nuestro lenguaje sobre Dios.
A ellos me gustaría añadir una reflexión sobre la
situación de la mujer, que muchas plumas de hoy achacan exclusivamente al
cristianismo, a mi modo de ver con mucha más indignación que información. Y, si
queda espacio al final, me gustaría añadir un pequeño apéndice sobre el tema de
“las imágenes de Dios", mucho menos atendido en las cristologías hoy. Con
esto tenemos ya enunciadas las partes de este escrito. Veámoslas rápidamente,
organizándolas alrededor de breves proposiciones.
1. La
primacía del logos griego
1. El término logos tan fundamental en la concepción
griega del mundo y en el cuarto evangelio, tiene en san Juan un significado
semita, para pasar rápidamente a un significado plenamente griego.
Esta afirmación he intentado desarrollarla en otro lugar.
Ahora quisiera añadir sólo que el primero de esos significados está más cercano
al dabar bíblico; el segundo se encuentra ya en san Justino, en el siglo II
(3).
Logos y Dabar pueden significar “palabra”. Pero en el
mundo griego se trata de la palabra que explica, que da razón y sentido.
Mientras que en el mundo semita se trata de una palabra que es acción y, de
este modo, manifiesta a una persona y no meramente unas ideas.
La razón griega, por tanto, está mucho más enfocada hacia
la posesión y el dominio, que se consiguen a través de una explicación plena.
La razón semita está más enfocada hacia la confianza y la obediencia que brotan
de la llamada. Es ya tópica la comparación entre la vista que
"domina" a su objeto, y el oído que "se siente llamado” por él.
Y, por tanto, que "en el principio existía la Palabra" (Jn 1,1) puede
entenderse como que desde siempre existía la racionabilidad y la explicabilidad
de las cosas, o como que, ya desde los orígenes, existía la voluntad de Dios de
autocomunicarse activamente.
Pues bien, al entrar en el mundo griego, el cristianismo
naciente ve a Jesucristo como la plenitud de ese Logos, de ese sentido o razón
que los griegos habían descubierto en el mundo. Ello permitirá a san Justino
afirmar que “todos los que vivieron de acuerdo con el Logos (con la razón) eran
cristianos aunque no tuvieran ese nombre”. Pero a la larga irá convirtiendo al
cristianismo en un sistema intelectual más que en una vida o en la llamada a
una forma de vida. En consecuencia:
a) la revelación será sobre todo una comunicación de
verdades, mientras que en el Nuevo Testamento lo que se ha revelado es, ante
todo, "la misericordia y el amor de Dios a los hombres" (Tt 3, 4; Rm
8, 39).
b) de lo anterior se deriva una noción del cristianismo
más atento a la noción de “verdad” (“religión verdadera”, etc.) que a la de
“buena noticia”. En el segundo volumen de su cristología, Jon Sobrino ha tenido
sensibilidad para aludir a este punto, al comentar el título cristológico de
Logos: Jesús como “Palabra” no alude sólo a su verdad, sino a su carácter de
buena noticia. La verdad es una noción intrínsecamente polémica. En cambio,
Jesús no entra en confrontaciones con los de fuera, sobre la superioridad de su
enseñanza: más bien espera que “vengan muchos de oriente y occidente a sentarse
a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, mientras los hijos del reino serán
echados fuera” (Mt 8, 11.12): porque la confrontación está en la mala noticia
de la injusticia y la opresión -tan contrarias a la paternidad de Dios-, mucho
más que en la cuestión de la verdad. Según esto:
a) "la verdad" de que tanto hablaba Jesús en el
cuarto evangelio era, sobre todo, la revelación del amor de Dios (4). y ahora
pasará a ser una explicación del mundo de la que el cristianismo es único
poseedor. Así, Agustín acaba hablando de un esplendor de la verdad. y
desconociendo lo que S. Weil escribía sobre la verdad: “verdad y malheur son
suplicantes, mudas, eternamente condenadas a permanecer sin voz ante nosotros”
(5).
b) para el primer modo de concebir, la Iglesia será sobre
todo “guardiana” de un depósito de verdades (expresión bastante abominable y
que urge superar). para el segundo la Iglesia es “testigo” de una buena noticia
increíble.
c) la praxis moral humana será una "deducción"
de supuestas verdades o principios perennes, carentes de historia, más que una
consecuencia del encuentro con Dios, en el modo humano de ser de Jesús.
No estoy tratando de oponer. pero sí de destacar acentos.
Sé bien que la experiencia "del amor de Dios revelado en Cristo
Jesús" (Rm 8, 39), como toda experiencia humana de amor, necesita
articularse y ser dicha en "verdades". Pero éstas son sólo expresión
de aquella experiencia más primaria, no una colección arbitraria de
informaciones. de pequeños o grandes saberes manifestados inconexamente por
Dios. De este modo, con este cambio de acentos surge una segunda tesis a
comentar.
2. El logos griego obtiene, en el cristianismo oficial,
la primacía sobre la mística del reino y la praxis derivada de esa mística, tan
propias de Jesús de Nazaret.
Ese cristianismo intelectualizado olvidará lo que X.
Morlans recordaba hace poco, exponiendo a M. Blondel: que "en nuestras
acciones contingentes referentes a motivos particulares se propicia una opción
por o contra Dios, sin que exista necesariamente una convicción refleja del
alcance teologal de dicha opción” (6). O reaccionará acusadoramente cuando, en
una de las primeras traducciones del evangelio al chino, la palabra logos
apareció traducida como tao. Y es claro que hay diferencias entre al tao chino
y el logos griego; pero quizá aquél contiene matices del dabar hebreo (aunque
tampoco se identifique sin más con él), que se habían perdido al traducirlo
como logos...
Textos evangélicos, fundamentales como el de Mateo
25,31ss -que está situado en un contexto de “juicio universal", es decir,
de decisión sobre la humanidad del hombre_ pasa a ser entonces algo derivado:
el encuentro con Dios no tiene lugar allí (en el hambriento o en el enfermo),
sino en la filosofía. Ello implicará también que muchas radicalidades
evangélicas (pobreza, castidad, etc.) pierdan su arraigo fundante en el
seguimiento de Jesús, para buscar una fundamentación "sacral" o
ritual, de religiosidad genérica (7). Y así podríamos seguir desgranando
ejemplos y consecuencias...
Cuando siglos más tarde, Pascal tenga la intuición de
distinguir entre “el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y
Jacob", hará una distinción que puede ser discutible, pero que pone de
relieve algo innegable: el Dios de una determinada filosofía había acabado
sustituyendo en el cristianismo al Dios de Jesús. Es lo mismo que el Mairena de
A. Machado denunciará, también intuitivamente, cuando hablaba de ese sistema
con el que se pretende “encerrar a Cristo en Aristóteles".
No entro ahora en la cuestión de que, incluso dentro del
campo filosófico, la filosofía griega se rebelará también no como “eterna”,
sino como contingente. Que la maldad neoplatónica de la materia lastra muchas
concepciones cristianas: desde una encarnación que no acaba de dejar de ser
algo "doceta", hasta una visión de la sexualidad como algo que sólo
puede justificarse por la fecundidad, etc. Ni en la cuestión de que otras
filosofías occidentales -la de Zubiri, por ejemplo, que no pretende ya apresar
el logos, sino constatar lo que hay, y que es además, resultado de toda una
historia en Europa- se alejan considerablemente de la filosofía griega... Todo
eso son problemas por así decir "intrasistémicos", intraoccidentales.
Aunque no todos sean inconvenientes y me parezca exacto reconocer que, de era
arriesgada inmersión en la filosofía griega, logró el cristianismo crear el
concepto de "persona", que considero una de sus grandes aportaciones
a la historia mundial. Pero esto no nos ocupa ahora. Es más importante seguir
buscando esos intentos de reacción que, desde dentro mismo del cristianismo
europeo, manifestaban (en gentes profundamente cristianas) una incomodidad ante
el cristianismo helenizado, la cual todavía no era capaz entonces de expresarse
con nitidez.
Más ejemplos, pues. Esta reducción del cristianismo a filosofía
griega, encuentra también su pequeña protesta en la aparición de las llamadas
teologías “negativas" o "del no saber", ya desde muy pronto y en
un hombre tan helenizado como es el Pseudodionisio. Creo que la llamada
teología apofática tiene su gran importancia en este contexto helenizado. Y es
válida en él, precisamente como desautorización del logos, Pero por sí sola es
insuficientemente cristiana por lo que diremos en el Capítulo III, y como lo
refleja esta dura crítica que le hace J. B. Metz:
La llamada "teología negativa" no es un hablar
sobre el dios abstracto de los filósofos, ni la charla de aquellos que pueden
permitirse tener sólo ideas sobre Dios pero no experiencias de Dios. No,
designa más bien una dimensión que han perdido esas soteriologías
superafirmativas que aseguran que ya está todo hecho (8).
O con otras palabras: de Dios hay que hablar, aunque lo
que hay que proclamar de El es sobre todo Su amor al hombre y Su designio
liberador, no "Su Nombre”, que siempre será una imagen idolátrica. Hacia
ahí se orientaba la pregunta de Lutero por "un Dios benévolo y dónde
encontrarlo", la cual representa otro de esos primeros conatos
inconscientes de deshelenización: pues es, una pregunta muy distinta de la
pregunta griega por una "razón del Ser". Es importante subrayar que
no se trata sólo de la reforma. El paralelo católico de Lutero puede ser lo que
(hacia 1540) califica Francisco de Osuna, en su Abecedario espiritual, como
teología "escudriñadora, que usa de razones y argumentos e discursos e
probabilidades según las otras ciencias, y de aquí que se llama teología escolástica y de letrados". A
la que contrapone una teología “mística”, la cual “quiere decir escondida,
porque en el secreto escondimiento del corazón la enseña el buen maestro Jesús,
que para sí solo quiso reservar este magisterio" (9).
Lo mismo habría que decir en nuestros tiempos del empeño
de la "teología de la liberación" y de la observación que hacía desde
los comienzos Gustavo Gutiérrez, de que la teología de la liberación era una
"teología espiritual" (10). Una línea que ha sido seguida luego por
Jon Sobrino con su célebre definición de la teología como intellectus amoris,
frente al clásico intellectus fidei. Precisamente por esos elementos de
deshelenización que lleva consigo, la teología de la liberación encuentra más
fácil acogida en los cristianismos no europeos, como el asiático o el africano.
Y, si queremos añadir a estos ejemplos una voz autorizada
del magisterio eclesiástico, creo que eso mismo reflejaba el Vatícano II,
cuando denunció que el mayor defecto de nuestro cristianismo era "la
separación entre fe y vida". Cosa que parece inevitable cuando la razón
griega cobra más fuerza epistemológica que la praxis jesuánica del reino. Una
fe primariamente nocional no podrá "manifestar su fecundidad imbuyendo
toda la vida incluso la profana, de los creyentes, a impulsándoles a la
justicia y al amor, sobre todo del necesitado" (GS 21). Así se llega hasta
la feliz ironía de A. González: Dios revelado como "buena noticia para los
intelectuales", y no como buena noticia para los pobres.
Todos estos ejemplos merecen
reformularse como una tercera tesis:
3. Ya el mismo cristianismo histórico experimentó ciertas
incomodidades -muy lógicas por otra parte- ante esta helenización de la
revelación de su Dios.
En este contexto, la frase tantas veces citada de K.
Rahner ("el cristiano del futuro será un místico, o no será
cristiano") quizá puede comenzar significando que el cristianismo del
siglo XXI o estará deshelenizado o no será cristiano (11). Porque quizá muchas
de las grandes críticas de la modernidad al cristianismo (desde Nietzsche hasta
Marx o Pohier) son, en realidad, críticas a su helenización, es decir, a esa
primacía de "la sabiduría sobre el ser de Dios" frente a "la
experiencia confiada del amor de Dios".
Una de las
consecuencias más serias de esta helenización la ha apuntado José Mª Castillo
con su habitual contundencia, y en línea con la ironía citada hace un momento
de A. González:
Si el ideal más
alto al que apuntaba la teología en el siglo IV, se alcanzaba en este grado de
"intelectualización", está claro que "el vulgo vil",
"los vencidos en la palestra del mundo", según las expresiones de
Plotino, se veían, en la práctica y de hecho, condenados a no alcanzar nunca el
ideal de perfección que, ya entonces, enseñaban los teólogos (12).
Como reverso de la medalla podemos añadir que, en la
medida en que el cristianismo se desheleniza, ocurre que cosas que antes eras
sólo "sabidas" pasan ahora a ser "vividas". Ello hace
descubrir "nuevos" problemas (que en realidad son muy viejos). Así ha
ocurrido en el siglo XX con los pobres: “sabíamos” ya que eran los preferidos
de Dios. Pero de pronto se produce lo que G. Gutiérrez llamó "la irrupción
del pobre", que viene a ser la vivencia de algo que antes era sólo
ciencia. Así ha ocurrido con las otras religiones: "sabíamos" que
esta an ahí, y podían plantear ciertos problemas a la pretensión absoluta del
cristianismo. Pero de pronto hemos pasado de la "noticia" al
"contacto", y los problemas meramente teóricos se han hecho
existenciales y reclaman algo más que soluciones teóricas. Sabíamos que la
realidad es histórica. Pero de pronto aparecen el problema de la praxis y el
problema de la hermenéutica, que no son más que "realizaciones" de
aquel saber, antes sólo teórico.
Y todas estas observaciones tienen una última
consecuencia, la más importante, y que merece ser formulada como un capítulo
aparte.
2. Primacía del poder del
ser sobre el poder del amor
Cuando entra en juego el poder, ya no hablamos de
consecuencias o incomodidades teóricas, sino muy prácticas. Y no ya de práctica
personal o individual, sino de la praxis global cristiana. Este va a ser el
hilo conductor de todo este segundo capítulo.
1. Todo lo anterior puede
ser decisivo cuando nos acercamos a la idea de Dios que, como tantas veces se
ha dicho, por teórica que parezca, tiene más consecuencias prácticas de las
imaginadas.
En la
concepción griega del logos, ese "desdoblamiento" de Dios que
constituye la Trinidad, arranca del conocimiento: Dios es sujeto absoluto que
se autoconoce infinitamente (13). Y ese autoconocimiento es su Logos, Su
Palabra. En la la concepción bíblica, la palabra de Dios no es tal porque
transmite un concepto, sino porque comunica a una Persona. Dios, más que el
sujeto absoluto que se autoconoce, es el Amor Absoluto que se autocomunica. Y
la pregunta que late tras ambas concepciones es si lo "fecundo" es el
conocimiento o el don de sí.
La primera
concepción ha dejado planteado a occidente el problema del sujeto-objeto que,
por mucho que responda a nuestra experiencia más inmediata, es un problema
falso cuando hablamos de Díos, con permiso de todo el idealismo alemán. También
en la primera concepción, el Espíritu Santo aparece como algo secundario: un
amor posterior, necesario pare “unir” al Padre y al Hijo (14). En la segunda
concepción, el Espíritu no es simplemente el amor que une desde fuera, sino la
unión que brota desde dentro del amor.
En el primer
caso, será inevitable plantear el problema del filioque (15) que dividió a las
iglesias griegas y latinas. En el segundo caso, el problema del filioque creo
que pierde sentido.
Y, otra vez, no
quisiera contraponer, sino complementar y, en todo caso señalar preferencias.
Sé bien que, por lo que atañe al diálogo interreligioso, la concepción hindú de
la conciencia "absoluta" (o cuarto estado de conciencia o turîya) es
más cercana en este caso a la intuición presocrática o a Parménides, que a la concepción bíblica.
Aunque quizá luego el hinduísmo haya sido más coherente con esa concepción,
devaluando a la historia, y el occidente europeo haya desviado esa concepción.
Llevándola a absolutizar el sujeto. Hasta acabar el hinduísmo despreocupándose
de los "sin-casta" y el occidente europeo creando él descastado s.
Todo esto son problemas para discutir ulteriormente. Pero quizá sirven pare
marcar la absoluta originalidad del mensaje bíblico: la novedad “del amor de
Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús". Y lo que también parece claro
es que, desde esta concepción bíblica. Eusebio de Cesarea nunca habría podido
referirse a Constantino calificándolo como "el logos de Dios”.
Pero, más allá
del problema teórico sobre la procedencia del Espíritu Santo, el resultado de
la concepción que aquí presentamos como helenista parece ser el olvido del
Espíritu, que indiscutiblemente ha marcado durante siglos a la teología
occidental. Y, como ya escribí una vez, cuando no se cree de veras en el
Espíritu, surge el recurso al poder como medio único. Con eso entramos en lo
propio de este capítulo y en las consecuencias imprevistas de una imagen de
Dios. Porque uno de los rasgos más falsificadores de toda la historia del
cristianismo me parecer ser aquella supuesta visión en la que a Constantino se
le muestra la cruz y se le dice "con esta señal vencerás".
Naturalmente se le muestra la cruz: no el crucificado.
Aquella cruz de
Jesucristo que era lo único que Pablo quería saber, y de la que dice a sus
cristianos que "en ella el mundo está crucificado para mí y ya pare el
mundo" (16), se convierte ahora -sin crucificado- en una especie de
amuleto que deja al mundo entregado a Constantino, y a Constantino enseñoreado
del mundo... No es de extrañar, como he dicho en otro lugar, que, en
Constantino y a partir de él, un lenguaje abstracto sobre "Dios"
sustituya al nombre de Jesús, reforzado además por la devaluación teologal de
Jesús, propia de los obispos semiarrianos panegiristas de Constantino, como
Eusebio de Cesarea. Con este escamoteamiento del Señor, Dios dejará de ser
"reconocido en la Cruz de Jesús” (Lutero) para pasar a ser
"encontrado en las victorias militares.
Hagamos
también, en forma de tesis, algunas observaciones sobre este cambio de enfoque.
2. A partir de Constantino
se vincula una teología veterotestamentaria de la monarquía -precisamente la
más caduca- con el refuerzo que le aporta la idea de "omnipotencia",
inherente a la noción de Ser Absoluto.
Ahora podemos prescindir de si, con eso, se falsifica o
no "el ser” de Dios: lo que es innegable es que se falsifica la relación
de Dios con los hombres, tal como fue revelada en Jesús de Nazaret' (17). Por
eso, la noción de historia y de libertad desaparece sorprendentemente de la
teología posterior y, a la vez, la Iglesia se ira viendo legitimada pare evangelizar
desde el poder y no desde la libertad y desde la lenta transformación de la
historia. La praxis de lo que es más caduco en el Antigua Testamento (la guerra
en nombre de Dios o la esclavitud en los siglos XVI y XVII) acaba sustituyendo
a la praxis del reino.
Este corrimiento desde el Dios neotestamentario al Dios
como “poder intrahistórico", que tiene lugar en Constantino, culminará
luego en Carlomagno, en el otro corrimiento hacia la Iglesia como poder
intrahistórico. Un corrimiento que todavía perdura, mucho más que en las
realidades, en las mentalidades. Y para que se vea mejor todo lo que hay ahí de
"razón griega”. permítaseme citar a un autor que no es cristiano, pero
tampoco griego. Se trata de un texto del judío M. Wyshgorod, comentando a Karl
Barth:
Barth tiene profundamente razón cuando subraya tan
repetidas veces que el señorío de Dios consiste en rebajarse a fin de entrar en
relación con el hombre: éste es también el mensaje más extraño de la Biblia
hebrea, la diferencia decisiva que la
separa de la divinidad platónica y aristotélica. El mensaje cristiano de
que Dios se ha hecho hombre en la persona de Jesús de Nazaret, no es más que un
desarrollo de la dinámica fundamental de la Biblia hebrea, del movimiento de
Dios hacia el hombre. Vista desde este ángulo, y si todo lo anterior es verdad,
entonces la diferencia entre cristianismo y judaísmo es una diferencia de grado
más que de naturaleza (18).
Prescindamos ahora de la sorpresa de la última frase. Es
mejor pensar que este texto recoge bien una de las grandes interpelaciones del
auténtico judaísmo: que aunque, para el cristiano, algunas cosas del antiguo (o
Primer) Testamento son ya caducas, sin embargo, en él están sus raíces más
auténticas. Compárese. sí no, la frase subrayada de la cita anterior con este
otro párrafo de J. A. Estrada:
La convergencia
entre el Dios griego -pensamiento de pensamientos- y el cristiano -amor creador
y tú interpelante- ha acabado oscureciendo al segundo en beneficio del primero.
La clave hermenéutica para comprender al hombre y el mundo no es la razón,
aunque ésta sea imprescindible, sino el amor que se comunica y difunde ... El
que se deja guiar por el amor, más que el que se determine por el pensamiento,
es el que se asemeja a Dios (19).
Y, al debilitarse esas raíces auténticas del
cristianismo, esta primacía del poder sobre el amor que estamos comentando, se
reflejará también en la Iglesia.
3. La Iglesia se estructurará entonces como poder
intrahistórico.
La triple noción que se utiliza para designar al
ministerio eclesial -el servicio profético, sacerdotal y de dirección- es leída
en cada uno de los tres casos, no desde el significado bíblico de esas
palabras. sino desde su significado griego, pagano (20). Todo lo cual tiene
consecuencias decisivas en la configuración de la Iglesia. Y es muy, difícil
combatir esas consecuencias, porque la lectura pagana de esas tres nociones
(profeta, sacerdote, rey) aparece en su elementalidad como "evidente"
a la razón de muchos eclesiásticos y, desde la mera lógica del poder, lo es.
Pero lo que nunca se pregunta es si esa "evidencia" forma parte de
aquella "sabiduría del mundo" a la cual Dios desprecia, en lugar de
aquella "locura de Dios" que acaba resultando más sabia que el saber
de la razón humana empecatada. La Iglesia se instala así en lo que en otra
ocasión -hablando de la curia romana- califiqué como una especie de
"arrianismo eclesiológico", que concibe como teofánica la autoridad y
no la comunión. Y que al movimiento intratrinitario de dar y recibir. lo
sustituye por un movimiento pagano de imponerse y someterse, que acaba
falsificando las dos palabras más propias de Dios para nosotros: Padre e Hijo.
O que llama comunión a lo que es una mera imposición. Dios ya no es Padre
"porque da vida", sino "porque manda”.
El olvido del Espíritu en el cristianismo occidental no
puede arreglarse mediante una cooptación inmediatista del Espíritu por el poder
eclesial, como si el poder y el Espíritu coincidieran. Eso sería más bien lo
que san Pablo prohíbe a una de sus iglesias calificándolo como “apagar al
Espíritu” (1 Ts 5, 19). Y hay que reconocer que la manera, más posesiva y
autodefensiva que obediente, como algunos jerarcas occidentales hablan del
Espíritu, parece no sólo heterodoxa sino, a veces, incluso blasfema.
Vale la pena añadir también que aquí interviene lo que la
teología feminista suele criticar como "patriarcalismo". Y que un
ejemplo de ello lo tenemos quizá en las aporías insolubles y las angustias, que
el tema de la predestinación ha causado en occidente. Desde los arquetipos de
Buytendijk (lo masculino como el trabajo y lo femenino como el cuidado), y
desde el recuerdo de que "el Espíritu" es femenino en hebreo y que,
por tanto, la relación de Dios con nosotros es, por así decir, "femenina",
se percibe fácilmente que "el señorío de Dios", que los teólogos de
la predestinación pretendían salvar a toda costa, era un falso señorío
"masculino", concebido desde el trabajo y la producción de cosas
(¿cómo entonces podía fallarle ese señorío a un Dios omnipotente?). Mientras
que, desde un señorío más en analogía con la experiencia del cuidado, es
probable que el problema de la predestinación ni siquiera se hubiese planteado.
Pero de esto hablaremos en un capítulo aparte. Señalemos ahora un último
elemento de ese corrimiento de lo cristológico a lo "griego".
4. La devaluación de Jesús.
Por mucho que se invoque o se apele a él, Jesus no tiene
ya la misión de revelar a Dios, sino la de confirmar las ideas y las
pretensiones humanas sobre Dios. Veámoslo en un par de ejemplos.
El carácter "teofánico" de la praxis de Jesús
ha quedado oscurecido. Por eso. su divinidad se reducirá a ser lo que en otros
momentos he llamado "un principio formal de valoración" que servirá
para que sus actos tengan un mérito infinito, o para que los dictámenes de la
autoridad eclesiástica que se reclama de él, pretendan tener una autoridad
infinita. Ya no será aquella "imagen del Dios invisible", que nos es
transmitida por la humanidad visible de Jesús: por ese modo de ser hombre hecho
de solidaridad, de libertad y "anonadamiento de su grandeza", todas
ellas desde una confianza incomprensible en la absoluta cercanía “paterna” de
la distancia infinita de Dios.
De modo parecido, la divinidad de Jesús (fundamental en
la confesión de fe cristiana), en lugar de significar que Jesús "se nos
escapa" y nos puede salir al encuentro como Cristo, más allá de los
límites históricos del Nazareno, ha pasado a ser "una apropiación" de
Jesús, en beneficio de las pretensiones del cristianismo occidental: así se da
pie al desinterés de muchos asiáticos, que consideran al cristianismo como un
fenómeno meramente occidental.
La gran revolución cristológica que, silenciosamente, ha
ido produciéndose en la teología desde el Vaticano II, implica también una
deshelenización del cristianismo en este punto, aunque nuestra Iglesia tardará
tiempo en ir sacando las consecuencias eclesiológicas de esa cristología
recuperada. Porque difícilmente podrá negarse que el cristianismo occidental
había ido pasando de un "cristocentrismo" abstracto (quiero decir:
sin seguimiento de Jesús) a un eclesiocentrismo que, en realidad, era un
jerarcocentrismo. Y aquí reside la fuente de mil incomodidades que se perciben
en la actualidad entre la curia romana y casi todas las iglesias de la
periferia.
3. La insensibilidad ante el
sufrimiento
1.
Si hay algo que pueda ser común, tanto al poder, como a la noción de
ser absoluto, es precisamente el olvido o el descuido del sufrimiento, el cual
ni cabe en ese tipo de razón, ni hace más que cuestionar al poder.
Si algo hay típico y característico del texto bíblico
cuando se lo mira como texto religioso es, precisamente, la sensibilidad ante
el sufrimiento. El cristianismo occidental, en cambio, ha ido hablando de Dios
al margen del sufrimiento, haciendo una teología más cercana a la de los amigos
de Job que a la de Jesús de Nazaret, como si aquéllos y no éste fueran la
"palabra" que revela verdaderamente a Dios.
La insensibilidad ante el sufrimiento irá
reconvirtiéndose en escudriñamiento del pecado. Con lo cual el cristianismo
occidental irá dejando de ser una forma muy particular de "mística"
para pasar a ser mero moralismo. Un moralismo que difícilmente puede apelar a
la revelación (porque lo que "se ha revelado" es más bien otra cosa).
Pero que también difícilmente puede apelar a la razón, porque la razón es común
a todos los hombres, y son muchos los hombres que no comparten ese tipo de
"razón moralista" que presenta a veces el cristianismo (21).
Y cuando digo (con J. B. Metz entre otros) que la
sensibilidad bíblica ante el sufrimiento se va convirtiendo en escudriñamiento
del pecado, tampoco pretendo oponer, ni voy a negar, que ambos están muy
relacionados. En fin de cuentas, el pecado no es otra cosa que "hacer
daño" (a los demás o a uno mismo). Sólo subrayo que esta interrelación de
ninguna manera puede convertirse en excusa para eliminar del horizonte de la
teología el sufrimiento humano, sobre todo el sufrimiento del inocente (tan
presente en Job, en los profetas y en Jesús), ni siquiera aunque se intente
racionalizar ese olvido, haciendo necesario el sufrimiento como
"satisfacción", "pago de deuda" por el pecado, etc. (22)
Pongamos un ejemplo. De manera quizá emblemática se
manifiesta esta insensibilidad en el modo de tratar la muerte. La Biblia sabía
distinguir muy bien diversas clases de muerte (la que es injusta, o "antes
de tiempo", o la que es consecuencia de una vida plena...). Las danzas de
la muerte medievales ya sólo conocen una única muerte genérica que, en su
abstracción, es igual para todos -para el rey y para el mendigo. Y nuestro
siglo atroz y asesino, necesita recuperar la evidencia de que la muerte de las
víctimas no es equiparable a la de sus verdugos, y que si Pinochet muere
octogenario en un lecho, ninguna danza de la muerte podrá convencemos de que su
muerte es "la misma" que la de sus cuatro mil víctimas. Como tampoco
sería la misma la muerte de Jesús, si -"Hijo y todo como era" (Hb
5,8)- hubiese muerto anciano en el lecho, y no joven en el calvario. Metz tiene
par ello demasiada razón, cuando escribe que "quien oye el mensaje de la
resurrección de Cristo sin que se escuche en ese mensaje, el grito del
crucificado, no está prestando oídos al evangelio sino a un mito" (23). En
este contexto es descorazonador el modo como la liturgia católica suele
insistir reductivamente en la muerte (y resurrección) de Jesús, sin ninguna
alusión a la clase o al modo de esa muerte. y con frases que valdrían igual si
Jesús hubiese muerto tranquilamente a los setenta años. Por ejemplo,
"libraste al mundo con la muerte" (en lugar de "con lo vida
entregada hasta la muerte", o algo así). La insistencia constante de todas
las cristologías modernas en que no se pueden separar la vida y la
muerte-resurrección de Jesús no se traduce allí. Y este reduccionismo de la
liturgia refleja (y ha mantenido) un olvido radical del Jesús terreno, que
acabó resultando enormemente dañino para el cristianismo, y acaba sustituyendo
el seguimiento de Jesús por la mera obediencia a la autoridad eclesiástica.
2. El cristianismo
helenizado será por ello un cristianismo "apático" y, por eso, muy
difícilmente podrá ser católico.
El fundamento de esta nueva tesis radica en que lo único
verdaderamente universal, más aún que la razón, tan condicionada, tan situada,
tan parcial aunque no lo parezca, es el sufrimiento como universal negativo.
Este es un punto decisivo para el diálogo y las
relaciones del cristianismo con las otras religiones de la tierra. Es muy
importante que el interlocutor de ellas no sea el cristianismo
"occidental", sino el cristianismo a secas (aunque éste sea un
concepto asintótico a inalcanzable). Pues, en mi opinión, el cristianismo
occidental no puede dialogar con las demás religiones, mientras que sí puede
hacerlo el cristianismo "a secas", y aunque ese cristianismo nunca se
da puro, sino siempre inculturado.
Y el cristianismo es "el amor de Dios manifestado en
Jesucristo" y no la versión occidental de esa manifestación (par muchos
elementos válidos que pueda tener). No es tan evidente ese amor de Dios: ni se
lo encuentra en Buda. ni en el hinduísmo, ni en el Islam (donde la clemencia de
Allah no llega a esos extremos)..., algo más en un sector del judaísmo (incluso
del posterior a Jesús, por supuesto: lo cual lo convierte en una perenne interpelación
para el cristianismo, como va había visto san Pablo) (24). Ese amor de Dios que
funda precisamente la sacralidad del pobre, la cual, si nunca ha sido negada en
teoría. ha tenido mucho menos peso práctico en el cristianismo occidental del
que su valor dogmático reclamaría.
Otra vez quiero decir que no se trata de contraponer
cosas irreductibles, sino de subrayar acentos. Que el cristianismo helenizado
sea un cristianismo inevitablemente desfigurado, no quiere decir que no sea
cristianismo y no tenga elementos válidos. Lo único que quiere decir es que
estamos siempre en la obligación de poner un "reparo escatológico" a
todas las formas establecidas de teología y de cristianismo. Obligados a salir
de su impureza, para intentar caminar hacia aquella pureza escatológica, que va
desde el hombre Jesús le Nazaret al Cristo en quien Dios quiso
"recapitular todas las cosas" (Ef 1, 10).
3. De no producirse esa
purificación, irá ocurriendo algo que merece ser calificado como una seria
deformación de los “motivos de credibilidad” (recurriendo a esa expresión
clásica de la teología).
En efecto, si algo no cabe negar a los textos bíblicos es
que el mal y el sufrimiento están presentes en ellos de manera abrumadora. El
judío y el cristiano no creen en Dios desde el mundo de las puras esencias
incontaminadas, donde el mal no está presente, o lo estará sólo como una
abstracción, que no cuestiona nada. La fe judeocristiana en Dios ha nacido
después de, y en contacto con, la experiencia del mal y del dolor. El increyente,
a quien la presencia aplastante del mal y del sufrimiento se le ha hecho
presente hay como una evidencia inapelable que anulaba muchas catequesis
anteriores, ya no sabe que hubo hombres que comenzaron a creer en Dios, no
antes de la experiencia del mal y del dolor, sino en ella o tras haber pasado
por ella. Que semejante fe en Dios necesite también ser purificada
constantemente. y haya de dejar atrás figuras falsas en las cuales podría ser
reducida a una escapatoria personal o a un abuso del poder divino. es algo que
ni se cuestiona. Lo importante aquí es que ha habido fe en Dios (a veces muy
purificada), que no se sostenía en la ignorancia de la desautorización que
aporta el mal, sino que había pasado por esa desautorización. Y eso es lo que
la helenización del cristianismo impide ver, sobre todo hoy (25).
4. La concepción de la mujer
Con frecuencia. la cultura actual, asediada por una
lógica culpabilidad ante la situación de muchas mujeres, ha creído encontrar
una excusa en la tradición judeocristiana. que se está convirtiendo para muchos
en cómodo chivo expiatorio de muchas cosas que no sabemos hacer funcionar
mejor. No se trata de negar ningún pecado propio: más aún, estoy convencido de
que sólo una tradición del perdón (como es la judeocristiana) da fuerzas para
cargar con la culpa y que, donde no existe el perdón , no queda a los hombres
más salida que la excusa o la mentira.
Pero reconocidas todas las culpas de la Iglesia, nada nos
dispensa de analizar sus razones y sus orígenes. Y me temo que este análisis
nos pueda llevar otra vez a la helenización del cristianismo, y a ese mundo
pagano al que -ya desde Níetzsche- se vuelve nuestra cultura como a su ideal de
humanidad.
Una vez se me llamó desde un programa de radio (de Julia
Otero en concreto) para preguntarme a ver si era verdad que los teólogos
medievales habían cuestionado que la mujer tuviera alma. La respuesta en este
caso era simple: la Iglesia estuvo predicando y administrando sacramentos a las
mujeres desde sus orígenes; tales prácticas tienen como objetivo lo que se
llamaba "salvación del alma". Por tanto la pregunta era estúpida.
Quién se planteó algo de eso era Aristóteles. Tomás de Aquino, al asumir el
aristotelismo, se encuentra esa pregunta y se limita a responder, casi de pasada
que, por supuesto, sí. Y con esto entramos en Aristóteles, que será el primer
paso de esta reflexión.
1. Según Aristóteles, la mujer no aporta ningún elemento
germinal a la reproducción humana.
El desconocimiento del óvulo y la imposibilidad de acceder
experimentalmente a él, más la primacía que da Aristóteles a la
experimentación, lo llevan a esta conclusión. Algunos presocráticos, como
Empédocles y Anaxágoras, habían afirmado de manera intuitiva la existencia de
un doble principio germinal. Platón, en el Timeo, y por analogía con la materia
receptora, asume la concepción de la madre como mero receptáculo. También el
Estagirita niega la opinión presocrática por falta de pruebas, y su opinión se
impone en occidente, casi hasta el siglo XVIII.
No vamos a culparles por ello. La ciencia está para
avanzar y, en este caso, ya lo ha hecho. Sí que cabría sacar una lección sobre
los peligros de un experimentalismo absoluto: nuestros órganos de
experimentación son limitados y no nos es fácil además percibir esos límites.
La relatividad de Einstein ya dio un serio aviso sobre este punto. Y la
afirmación cientista de que "sólo afirmo lo que puedo tocar”. etc., se
expone a terminar comprendiendo que no puede afirmar nada, porque no llega a
“tocar” nada.
Pero aun así, no deja de sorprender la consecuencia que
saca Aristóteles de su "sobriedad" científica: la mujer sólo es un
receptáculo, una especie de "tierra" en la reproducción humana. La
analogía con el mundo agrícola se vuelve aquí fatal. Y un mero receptáculo no
puede ser una colaboradora, ni una compañera. Sólo el varón es fuente de vida y
al “Filósofo” no le cabe la menor duda de que "la naturaleza del varón es
la más acabada y completa" (26).
Las consecuencias de esta fanfarronada aparente no dejan
de ser sombrías, pero la cultura ambiental las saca sin parpadear: el
matricidio es un crimen menos grave que el parricidio. Y en una tragedia de
Esquilo, el dios Apolo defiende a Orestes, asesino de su madre, con este
argumento sorprendente: "la madre no es la verdadera progenitora del hijo
que ella llama suyo. Es solo una nodriza que cuida el desarrollo de la tierna
semilla plantada por el genitor verdadero, el varón... Lo guarda como si
alguien guardara para un amigo una planta que crece" (27). Pero éste es
sólo un primer punto en el cual la ciencia (como tantas veces le ha ocurrido)
"mete la pata" al intentar erigirse en filosofía.
2. Toda la cultura griega parece girar en torno a la
primacía de la razón sobre "las entrañas".
Recordemos lo dicho en el primer capítulo de este
escrito: el logos (razón, sentido) como supremo principio estructurador de la
relación del hombre con lo real. Esta es quizá la gran aportación de Grecia,
con su riqueza y con sus límites. Esa supremacía del logos choca con la constatación
de que hay algo “no racional” en el ser humano, algo no asumible por el Logos:
el sufrimiento o la necesidad, por ejemplo. O la individualidad de los
instintos, que van cada uno a la suya, y pueden acabar destruyéndose sí no se
armonizan razonablemente.
El ser humano consta de este doble principio: la razón
(masculina en griego) y "las entrañas”. El primero es el principio para la
acción exterior: la guerra, la política, etc. El segundo para la acción
interior. No es difícil identificarlos con lo masculino y lo femenino (por algo
los órganos sexuales del varón son exteriores, y los de la mujer internos).
Pero la supremacía que los griegos dan al logos, lleva otra vez a que el
científico Aristóteles saque sin inmutarse una consecuencia que ya conocemos:
"lo masculino es superior por naturaleza y lo femenino inferior, y lo uno
gobierna y lo otro es gobernado. Y este principio, por necesidad, se extiende a
toda la humanidad" (28).
Para los griegos era fácil “culpar” de todo esto a los
dioses. Igual que Minerva había nacido directamente de Júpiter, sin ser gestada
por ninguna diosa, también son conocidas mil peleas entre los dioses (Minerva y
Venus per ejemplo), que luego repercuten en los humanos. Pero cuando el
cristiano san Agustín se encuentra con esta antropología, no puede aceptar sus
orígenes mitológicos y cree poder darle un fundamento más ilustrado a partir de
su teología: la división existente en el hombre, o el elemento no racional tan
imposible de dominar se explica como un castigo por el pecado original.
He comentado en otro sitio las atrocidades que llega a
decir Agustín sobre el pecado original, y que ahora se reflejarán en el punto
que estamos tratando. Más platónico que aristotélico, Agustín no habla de
"superioridad de lo masculino", aunque piensa androcéntricamente. Lo
que le seduce es el ideal platónico de la apatheia: lo irracional del hombre es
castigo del pecado original, porque lo priva de la libertad, lo humilla al
impedirle ser dueño de sí. Todo el mundo percibe que una falta de control del
propio cuerpo (lágrimas, intestinos, etc.) puede ser humillante. Y Agustín
centra esa humillación en lo sexual: el único miembro que no obedece a su dueño
como le obedecen las manos, o los pies, o todo el resto del cuerpo.
De esta constatación había sacado Platón un ideal humano
que hoy resultará bien sorprendente: la total vinculación entre sexualidad y
reproducción, y la posesión de un control completo de la propia sexualidad, que
sólo la active a voluntad, cuando desee reproducir la especie. Lo que luego
dirá Agustín ("la libido es un mal del que los esposos usan bien", o
la mujer redimida por la maternidad), está anunciado ya, con mucha más fuerza,
en este párrafo de Las leyes de Platón:
Esta ley
restrictiva del trato procreador a su función natural, [actuaría] mediante la
abstención de la cópula con nuestro propio sexo, la cual es un asesinato
deliberado de la raza, y despilfarro de la semilla de la vida en un suelo
pedregoso y rocoso en el que no podrá echar raíces y producir su fruto natural.
También mediante la abstención de todo campo femenino en que pudieras sentir
deseo de sembrar. Una vez que esta ley se haga perpetua y efectiva, el
resultado será un bien indecible (Leyes, 389ª).
No comentamos ahora ni valoramos. Tan sólo estamos
exponiendo, aunque no vendría mal que quienes se identifican como cristianos
con la posición moral descrita, piensen si lo hacen en nombre de Jesús o en
nombre de Platón... Añadamos para cerrar esta visión del hombre, que Platón no
deja de preguntarse si es posible semejante programa. Y responde que no será
posible para los esclavos (“incapaces de controlar la manada de bestias que
lleva en su interior, ni de otra cosa que no sea estar a su servicio”), pero sí
para los atletas.
Y aquí tenemos una última conclusión inesperada: una
determinada visión de lo masculino y lo femenino acaba llevando no sólo a una
depreciación de la mujer, sino a un clasismo o aristocracia social, que haría
las delicias del mismo Nietzsche. Por algo la famosa democracia griega excluía
a los esclavos y a las mujeres: simplemente porque no razonan. Y no es preciso
remontarse hasta Platón para semejante argumentación. Volvió a aparecer en los
tiempos modernos, en los orígenes de nuestra misma democracia. Y no fue fácil
superarla.
2.
La ciudad para el varón, la casa para la mujer.
De todo lo anterior surge una consecuencia, debida sobre
todo al afán globalizador de la razón griega. Lo que vale en el ser humane vale
en la sociedad: también ésta consta de un doble principio; y también este doble
principio será leído en clave de masculino y femenino. Se trata ahora de la
política y la casa.
La polis intenta atender al principio de la racionalidad,
y la casa al de la necesidad. Se repiten en esta división las contraposiciones
entre lo externo y lo interior, lo público y lo privado. el gobierno y lo
doméstico, y -derivadas de ellas- entre la autoridad (personal y familiar) y la
sumisión en ambos campos. Como escribe K. Torjesen: “el dominio del varón sobre
su familia tenía su paralelo en el del alma sobre el cuerpo y del entendimiento
sobre el apetito” (29).
Como, no obstante, las “casas” de la antigüedad eran
infinitamente más grandes y complejas que las de hoy, por la presencia de
esclavos (con sus familias), etc., se da el caso de que muchas mujeres de la
antigüedad fueron verdaderas empresarias o gerentes. Platón, por ejemplo, les
reconoce esa capacidad en el nivel fáctico, pero mantiene intacto el nivel del
derecho: la actividad pública y el poder de gobernar pertenecen al campo masculino.
Y de esas tres contraposiciones tan absolutas y tan
globales se va a seguir una conclusión que heredará el cristianismo primitivo:
la mujer no puede ser compañera, ni ayuda del varón. La relación de
comunicación amistosa y de compañerismo es mucho más natural entre dos varones,
opinión que Platón compartía. San Agustín hereda ese modo de ver y percibe su
contradicción con la frase del Génesis, que citaremos en seguida y que habla de
la mujer como compañera y ayuda. Y es curioso el modo de buscar la síntesis
entre ambos modos de ver -griego y bíblico-: el obispo de Hipona aceptará la
enseñanza bíblica, pero solo para el campo de la procreación. La mujer no será
meramente una “tierra”, sino una compañera. Pero sólo ahí:
Si la mujer no
hubiera sido hecha como ayuda del varón para procrear los hijos, ¿en qué otra
cosa podría ayudarle'' No acompañándole en el traba jo de la tierra pues...
otro varón hubiera sido de mayor ayuda. Y lo mismo puede decirse del solaz que
proporciona la presencia de otro, si es que a Adán la pesaba la soledad. Cuánto
más agradable no habría de resultar el trato y compañía de dos amigos varones
en lugar de un varón y una mujer en una vida compartida (De Gen ad litteram, IX
56).
Lo horroroso de esas palabras es que no las escribe un
célibe de curia, sino un hombre que había vivido en compañía de una mujer
durante toda su juventud. Esta es la herencia en la cual se encarna el
cristianismo. Y lo curioso es que otras veces. Agustín parece contradecir lo
que acaba de escribir, sobre todo cuando analiza la Biblia. Comentando que
Jesús asistió a las bodas de Caná, razona que ello se debe a que el matrimonio
es bueno "no sólo en razón de la procreación. sino por la compañía
(naturalis societas) de los dos diversos sexos”. Y acepta la relación sexual
cuando ya no hay fecundidad en la mujer porque, aunque haya perdido "el
ardor de la edad entre macho y hembra”, mantiene "el orden de la caridad
entre marido y mujer" (30). Si bien agrega a continuación que los esposos
irán absteniéndose poco a poco de la relación “mientras todavía pueden"
para no tener que "ser privados de ella cuando ya no puedan”.
Para concluir. No decimos que todo sea falso en la visión
griega; puede pensarse incluso cuántos parentescos caben con la visión china
del Yang y el Yin (que también tiene la desventaja de que, al calificar al
primero como la luz y al segundo como la oscuridad, sugiere una devaluación de
lo femenino). Quizá estamos -como tantas veces en la vida- ante una cuestión
"de dosis”, y quizá el peligro de lo expuesto radica en el carácter
absolutizador y globalizante ("fuerte") de la razón griega, que
tiende a universalizar parcialidades. Pero lo que aquí queríamos mostrar no es
eso, sino que Agustín parece moverse en una especie de contradicción, o
sobrecarga de matices, entre su herencia griega y su lectura bíblica.
Permítanse ahora unas breves alusiones a la tradición bíblica anterior a esa
herencia.
4. La visión bíblica parece
ser otra.
No pretendo con esta tesis liberar de machismo a todo el
texto bíblico. En los libros sapienciales hay determinados proverbios contra la
mujer, que pueden funcionar en más de dos casos, pero que no se ven compensados
por otros semejantes o más fuertes, que podrían escribirse sobre los varones.
También en el judaísmo extrabíblico hay frases bien duras sobre la mujer, por
ejemplo, para justificar que se le negara la enseñanza de la ley. Pero todo
ello no elimina algunos datos como los siguientes.
Para comenzar, la Biblia conoce para Dios una palabra
emparentada con el logos griego (aunque con sus diferencias como vimos en el
capítulo primero), pero también otra derivada del término hebreo rehem (útero).
Esta palabra que, en griego, da lugar al vocablo castellano
"histeria" (31), da lugar en hebreo al término rehamim que designa la
sede de los sentimientos y, sobre todo, la misericordia. Los profetas bíblicos
(sobre todo Isaías) y los salmos convierten ese término en una de sus
designaciones preferidas de Dios, no sin evocar a veces que ella es lo que
falta al hombre (por ejemplo, Am 1,11). El castigo de Dios no es entregar al
hombre a la esclavitud de sus necesidades, sino "desterrarle de mi
Misericordia”. Precisamente, por eso es un castigo sólo momentáneo, porque Dios
no consigue olvidarse de aquello que amó (Is 54, 6-9). Y por esa misma razón,
lo que hay que celebrar es la misericordia del Señor (que "es eterna”),
aun más que Su Grandeza (Is 63.7). Jeremías lo emparenta con el famoso hesed
(16, 5), y Oseas habla de las entrañas conmovidas de Dios, cuando mira a Efraín
su hijo. Dios es un Dios "con entrañas"; y esa entrañabilidad (aun
más que la capacidad lógica) es el más humano de los atributos del hombre. Y,
finalmente, la palabra que más veces predican los evangelios de Jesús es las de
"las entrañas conmovidas", que está en la raíz de buena parte de su
praxis (32).
El Cantar de los cantares, por su parte, es un poema que
exalta la relación de pareja en sí misma, y sin ninguna alusión a la
procreación. No sé si la posterior espiritualización del Cantar (que intentó
leerlo aplicándolo a "Cristo y su Iglesia" y no a la pareja humana)
viene ya de esa helenización, que no consideraba la relación de pareja como
materia digna de la "palabra de Dios". Pero el texto sigue ahí y hoy
ha recuperado su verdadero sentido.
Además, en los dos primeros capítulos del Génesis (y, por
canto. de la pluma de dos autores tan diversos entre sí como el sacerdotal y el
jahvista), encontramos una serie de afirmaciones coincidentes:
- La mujer "hueso de
mis huesos y carne de mi carne" es creada como compañera y ayuda del
varón. Una ayuda igual: esto es lo que significa la expresión hebrea difícil de
traducir ("enfrente de él") y que podríamos parafrasear como una
ayuda "que esté a su altura".
- En esta primera
experiencia de la pareja no aparece todavía la reproducción: ésta surge
derivadamente, como una resonancia de la riqueza del encuentro de la pareja.
Pero en lo primero que pone el acento Génesis es en la alegría del encuentro.
La belleza de la auténtica compañera no reside en que "dé" o no dé
algo, sino en cómo puede potenciar al otro, por encima de sí mismo y aun de la
otra parte. Y en que esta relación de potenciación es mutua. Que de ella brote
la vida es casi lógico, dada su calidad. La fecundidad es como una resonancia
del gozo del encuentro con el "hueso de mis huesos y carne de mi
carne". Pero no es una condición para el encuentro (33).
- En Génesis 1, varón y
mujer, en esa igualdad diversificada, son “imagen de Dios”. Y a los dos va
dirigido el precepto de "dominar la tierra”.
Ya en el Nuevo Testamento, en el contexto griego antes
descrito, se comprende cómo había de sonar la enseñanza paulina: "en
Cristo Jesús ya no hay varón ni mujer”. Se comprende también que esa enseñanza
no pudiera triunfar en una Iglesia helenizada: era algo ¡contra la naturaleza!
Habría de producir una reacción similar a la que hoy tanto irrita a los
economistas neoliberales cuando oyen hablar de correcciones a los desacatos del
mercado: ¡eso sería contrario a la naturaleza!, porque el mercado ha sido
convertido en un sistema natural, que no puede ser forzado.
Por lo que toca a la llamada "concepción virginal de
Jesús”, sea cual sea el verdadero sentido histórico (o historicista), no es
comprensible que algunas feministas la denigren como un insulto a la mujer,
etc., etc. En el contexto griego descrito es, en realidad, un insulto ¡al
varón!, que se autoproclamaba única fuente de vida. Y es sabido que esa
enseñanza se encuentra sobre todo en el evangelio de Lucas, el más griego de
todos, y dirigido a lectores griegos.
Por último, la antigua exclamación de las liturgias
matrimoniales ("compañera te doy, que no sierva”), suena de otro modo en
el contexto antes descrito. Parece un intento de corregir el peso de la
helenización del cristianismo en este punto. Porque es innegable que, antes de
asumir una mentalidad, el cristianismo asumió modelos organizativos del mundo
ambiental. Uno de ellos son los llamados "códigos de familia" que se
reflejan, por ejemplo, en las cartas deuteropaulinas (ver los capítulos 3 y 6
de Efesios. y el 3 de Colosenses) (34). No he asistido a la boda de una sola
pareja (ni más cristiana, ni menos cristiana) que eligiera ese texto como
lectura de la palabra para el día de su enlace. Y esa resistencia me parece
normal. Se puede añadir que el autor de la carta intenta inyectar Espíritu en
el código asumido, con el mandato de que “el varón ame a su esposa como Cristo
ama a la Iglesia” (algo bastante impensable en el mundo griego). Pero ya
sabemos lo que puede ocurrir cuando se intenta inyectar espíritu a una
estructura. Unas veces, el espíritu acaba haciéndola saltar (y quizá algo de
eso ocurrió entre el cristianismo y la esclavitud, en los primeros siglos);
otras veces, es la estructura la que acaba por domesticar al espíritu y
convertirlo en una excusa para su conservación. Y quizá eso es lo que ocurrió
en el caso que ahora tratamos.
En cualquier hipótesis, no parece desenfocado concluir
que, también aquí, el cristianismo tiene delante una deshelenización urgente.
Quizás con eso solo. se le resolverían en este campo muchos problemas, que hoy
no acaba de saber resolver.
5. La imaginería cristiana
Se puede preguntar si una determinada forma de culto a
las imágenes, muy peculiar en el catolicismo, no tiene que ver con cuanto
acabamos de exponer, de modo que se acerca más a la obsesión de los griegos por
las estatuas de sus dioses" (35), que a lo que (a la vez) prohibe el
segundo mandamiento del decálogo y permite el segundo concilio de Nicea. Esta
es la tesis a que vamos a asomarnos en este capítulo.
El segundo precepto del decálogo bíblico es de una
radicalidad increíble: no sólo prohibe las imágenes de Dios, sino "de las
cosas que hay en el cielo, o en la tierra o bajo la tierra". La
prohibición es doble: fabricar esas imágenes y adorarlas o darles culto (cfr.
Ex 20, 4 y Dt 5, 7).
El decreto del segundo concilio de Nicea, el año 787, es
de una simplicidad llamativa en contraste con la riqueza y sutileza de casi
todos los concilios anteriores. Define, "con absoluta seguridad y
diligencia", la licitud de las imágenes de Jesucristo, de María y de los
ángeles y santos. Y extiende después esa enumeración hasta la figura de la
cruz, las reliquias de los mártires y los vasos sagrados.
Su argumentación es doble. Por un lado, el culto que se
les tributa "pasa" hasta lo representado por ellas, moviendo además
la memoria y el deseo de quien las contempla (36). Y por otro lado, esa ha sido
"la piadosa costumbre de los antiguos" (DS 600, 601). El concilio
aduce un par de textos paulinos de escaso o nulo valor probatorio, provenientes
de la exhortación al "buen olor de Cristo" (2Co 2, 17) y al respeto a
la tradición (2Ts 2, 14).
Cabe preguntar si en el primer argumento no se refleja
algo de la teoría platónica de las ideas y del conocimiento como anámnesis. La
argumentación conciliar cobra algo más de interés cuando poco después, tratando
expresamente de las imágenes de Cristo, habla del "Dios circunscrito por
lo humano" y de la visibilización de "lo narrativo" (DS 606,
607). De todos modos, es muy probable que el sentido de este concilio no deba
ser buscado en su argumentación teológica, sino en el legítimo interés de la
Iglesia por librarse de las intromisiones del poder político (en concreto León
III y la emperatriz Irene, quienes habían sido los principales promotores de la
iconoclastia).
Por ello, para la argumentación teológica es mejor
remontarse a los tres escritos de san Juan Damasceno (Contra los enemigos de
las imágenes sagradas), y advertir que la tradición previa era, en realidad,
más plural y más matizada en su aceptación de las imágenes, como lo prueban
estas palabras de san Juan Crisóstomo, citadas por el mismo Damasceno: "la
imagen del invisible es ella misma invisible, de lo contrario no sería imagen.
Pues si una imagen es tal, debe ser inalterable como figura de aquello a que se
parece" (37). Y entre los argumentos aducidos por san Juan Damasceno
merecen destacarse los siguientes.
1) En Jesucristo ha aparecido la imagen del Dios
invisible. Lo cual es cierto y marca una novedad esencial respecto al Antiguo
Testamento, a la vez que parece fundamentar lo que el Niceno II llamaba
"circunscripción" de Dios.
Pero este argumento debería haber reorientado el debate
mucho más hacia los seres humanos (verdadera “imagen de Dios” y hermanos de Cristo)
y no hacia las estatuas, etc. Esa era la línea seguida por Epifanio que ya en
el siglo V, arrancó de las paredes un lienzo con representaciones sagradas y
entregó la tela para confeccionar sudarios a los pobres (38).
Aunque este argumento se repite en varios momentos, el
texto que me parece más claro es el siguiente:
No te harás
imagen del Dios invisible .... [Pero] cuando veas al incorpóreo hecho hombre
por ti, esculpirás esa forma humana: cuando se haga visible en la carne el que
era Invisible, harás una imagen a semejanza de aquello que has visto: cuando
veas al incorpóreo y sin circunscripción ni edad ni medida... tomar la forma de
un esclavo y someterse a la cantidad y a la edad, podrás grabarlo... Si el alma
es irrepresentable, cuánto más Aquel que dio al alma tu materia como
instrumento. [Por tanto] no represento la Divinidad invisible, sino la carne
visible de Dios (III. 8 y III, 6 fin. PG 94, 1327-29, 1325).
Como se ve, la argumentación decisiva es la cristológica.
De ella deriva un par de conclusiones importantes.
2) Con la encarnación se ha dado también una
dignificación de la materia. Argumento decididamente antiplatónico, pero no
decisivamente antibíblico, puesto que la negativa de la Biblia no se basa en
una indignidad de la materia, sino en que las imágenes son "hechuras de
manos humanas". O si se prefiere: no de la materia en cuanto obra de Dios,
sino en cuanto "obra del hombre". De todos modos son impresionante
estas palabras del Libro I:
No me postro ante la
materia, sino ante el Creador de la materia, hecho material por mí, y que
aceptó vivir en la materia y llevó a cabo mi salvación por la materia... No
insultes pues a la materia, puesto que nada que venga de Dios es indigno. Eso
sería una opinión maniquea. Lo único indigno es aquello que no procede de Dios,
sino que hemos inventado nosotros... es decir: el pecado (I. 16. PG 94, 1245).
3) Las imágenes son además una importante pedagogía
narrativa para los iletrados, y la única forma de "escribir" la vida
de Jesús (o la historia bíblica) para quienes no sabían leer. Argumento que
tiene mucha más fuerza (o una fuerza may distinta) en el mundo antiguo que en
el nuestro (39), y que parece recogido por la alusión a lo
"narrativo" que hacía el Niceno II. No obstante cabe seguir preguntando
cuáles son los límites y los peligros de esa pedagogía.
4) A pesar de esta argumentación irreprochable, el
Damasceno centra buena parte de su discusión no en la irrepresentatividad de
Dios y en la cuestión cristológica, sino en imágenes de realidades que son de
alguna manera terrenas (santos o personas venerables, objetos del culto, etc.).
y que no quedan justificadas por la argumentación cristológica. Aquí parece
cometer lo que antaño se habría llamado metábasis eis allon genos y afirma
gratuitamente que los paganos siempre cometen idolatría en su culto a las
imágenes, pero los cristianos no. Sobre este último punto hubiese sido mejor
dejar flotando alguna duda, o la misma pregunta del argumento anterior por el
peligro de idolatrización de esas realidades terrenas.
De hecho, el posterior culto de las imágenes se va a
desdoblar en dos corrientes muy diversas: por un lado. la del icono griego (y
en parte de la pintura medieval), que es mucho más respetuosa, que busca sobre
todo una simbología. o la sugestión de algo indecible y que, por eso, una vez
conseguido se repite. pero no se diversifica. Por otro lado, la que nace en el
arte occidental tras el redescubrimiento del mundo griego en el renacimiento, y
donde lo significado es sólo una excusa para quedarse en el signo que, por eso,
se diversifica (¡y se comercializa!) mucho más que el icono (40). Cabe
preguntar también si toda la posterior iconografía mariana occidental no
arranca mucho más de este neopaganismo religioso occidental que del icono oriental.
5) El resto del precepto veterotestamentario, que ya no
se refiere a la trascendencia de Dios (sino a imágenes de "lo que hay en
el cielo o en lo profundo de la tierra", etc.) lo despacha el Damasceno
como algo ya caduco, que forma simplemente parte de la pedagogía de Dios, en
una época en que existía un peligro de idolatría hoy ya superado. Otra vez
puede ser válido el argumento en teoría: pero sigue siendo legítimo preguntar
si no resulta demasiado optimista esta conclusión, en una época tan idólatra
como la nuestra, y cuando precisamente el pueblo sencillo es el menos capaz de
comprender todas eras distinciones entre dulía y adoración, que suelen hacer
los intelectuales.
Para concluir este capítulo, el tema de las imágenes, a
mi modo de ver, requeriría hoy una reconducción pedagógica por parte de la
teología y del magisterio de la Iglesia, que liberase al cristianismo de mucha
superstición y recuperase en cambio su función pedagógica, junto con la
“memoria histórica” y la dignificación del ser humano, que están en la base de
lo cristiano. Se puede decir que así como por ejemplo Nicea suponía en realidad
una ruptura de la "forma mental" griega, pero no por eso dejó de
implicar una helenización de la mentalidad cristiana posterior, algo semejante
ocurre a nivel más popular con el tema de las imágenes: la
"circunscripción" de Dios en Jesucristo, y la dignificación de la
materia y de la historia suponen una quiebra de la mentalidad griega, pero no
dan una patente de corso para todos los usos de la Iglesia posterior.
En mi modesta opinión, por tanto, muchas imágenes y usos
que pasan hoy por cristianos deberían "salir" de las paredes de la
Iglesia para pasar al ámbito de la mera celebración civil. En muchos lugares de
América Latina, la memoria de tantos mártires recientes ha contribuido
saludablemente a modificar (¡y a descomercializar!) unos usos que en otros
lugares del sur de Europa difícilmente escapan a la superstición. y que son en
buena parte residuo de la contaminación del cristianismo con la religiosidad
popular griega.
6. Un último ejemplo pare
concluir
En un diálogo sobre el agnosticismo, que mantuve con A.
Santesmases, en la revista Iglesia Viva, mi interlocutor citaba estos dos
párrafo de Julián Marías, en los que este autor quiere resumir lo esencial del
cristianismo:
El dios
aristotélico no es creador. ni sabe nada del mundo, ni se ocupa de él. El Dios
cristiano es providente, cuida de la realidad creada, la conoce y conduce, vela
por ella. En los últimos tiempos, esa visión se ha atenuado
extraordinariamente: el hombre de esta época, aun creyente, la considera
inverosímil: no se imagine que Dios se ocupe de todo: la causa es la
consideración abstracta, en hueco, del atributo esencial de Dios: su infinitud,
entendida de modo inerte y vacía (41)... Acaso la infidelidad más grave es la
que tiene mayor actualidad en nuestro tiempo: el olvido de la otra vida, la
atenuación de la perspectiva de la muerte y la perduración de la vida personal.
Para muchos hoy lo cismundano es el único horizonte. Como consecuencia de
varios factores se ha ido disipando la referencia a la perduración. la
proyección hacia una vida con la cual se deja de contar (42).
Providencia y vida eterna pueden ser vistas hasta cierto
punto, como resonancias del doble anuncio de Jesús: la paternidad de Dios
(Abbá) y el anuncio de su reino. En este sentido podrían identificar al
cristiano y la reflexión que ahora voy a hacer no pretende en absoluto
polemizar con J. Marías: él mismo comienza distinguiendo al dios aristotélico
del Dios cristiano. Pero, establecido ello, es posible polemizar con esos dos
conceptos por cuanto, en nuestra manera de concebirlos, quizá están empapados
de infinidad de tonalidades mas helenistas que cristianas. Esto es lo que
quisiera mostrar para concluir.
1. Provocativamente, me gusta decir que en el
cristianismo "no hay providencia sino Espíritu Santo ".
La noción de providencia, tal coma la entienden muchos
cristianos. es una noción estoica. En ella, Dios acaba siendo imaginado coma
una pieza de este mundo, que controla todas las demás piezas en su
funcionamiento. La consecuencia es una concepción determinista de la creación,
donde cada movimiento está controlado. y donde no hay espacio ni para la
indeterminación. ni casi para la libertad. Dios es alma del mundo o un jugador
supremo de ajedrez, más que un interlocutor del ser humano (y hasta de todo su
universo). Y ello se refleja en la piedad y en la oración de petición de muchos
cristianos, que piensan en intervenciones "predicamentales" de Dios
en el mundo, y que, más que pedir el Espíritu, demandan ese tipo de
intervenciones. A la larga, esta concepción demandaría un mundo como el de
Leibniz (el mejor de los posibles) y acabará tropezando con el problema de lo
que J. A. Estrada llama "la imposible teodicea", al que ya aludimos
en nuestro capítulo 3. En última instancia, una noción estoica de la
providencia resulta incompatible con la cruz de Jesús, o ha de acabar
encontrándole una justificación providencialista que la racionalice del todo,
como la que llevó al cristianismo medieval a determinadas atrocidades
satisfaccionistas.
Quiero añadir que, curiosamente, en mi limitada
experiencia de algunos casos de “conversión” a que he asistido o acompañado, no
se da ese modo de concebir a Dios: se ha producido un profundo encuentro con
él, pero no por eso se espera verle actuar predicamentalmente en el mundo. ni
se intenta aceptar “providencialmente" las experiencias de ausencia de
esas actuaciones, quizá hasta llegar al grito de Job ante lo inaceptable. Más
allá de mis limitadas constataciones personales, casos más emblemáticos de
nuestro siglo, como los de Simone Weil o Etty Hillesum, abonarían mi pequeña
experiencia.
2. ¿Es alga
"natural" la "vida perdurable"?
Por lo que hace a la vida perdurable voy a ser más breve.
Sólo quiero destacar la diferencia que puede haber, según esa frase del credo
se refiera a una “inmortalidad platónica del alma” o a una consecuencia de la
resurrección de Jesús. En el primer caso estamos ante una posición filosófica,
que puede ser válida -y hasta más imaginable en su concreción-, pero que se
sitúa en el terreno de la opinión (como puede ocurrir también con el tema de la
reencarnación). En el segundo estamos en el terreno de una fe esperanzada, que
responde a la promesa implicada en el acontecimiento de Cristo. La teología ha
intentado hacer en los últimos tiempos algunas distinciones importantes en este
terreno. Pero la mentalidad de muchos fieles sigue identificando
inconscientemente la inmortalidad del alma con la resurrección (añadiendo a lo
más una especie de momento final, en que las almas “bajan” a revestirse de los
cuerpos que abandonaron), prolongando entonces la temporalidad en el más-allá,
como suele ser inevitable para la imaginación humana.
Tampoco pretendo aquí ser radicalmente excluyente. Sólo
marcar matices que permitan relativizar falsos absolutos y facilitar
repatriaciones o cambios de piel, que van a ser muy necesarios para el
cristianismo (ya no eurocéntrico) del futuro (43).
Reflexión final:
cristianismo en un mundo plural
Soy consciente de que todas estas reflexiones tienen un
carácter sobre todo programático: muestran una tarea más de lo que la llevan a
cabo, aunque hayan señalado campos para ello. También quiero repetir que la
intención de este escrito no era excluir, sino recuperar y purificar. Para el
cristianismo todo está recapitulado en Cristo. Todo: no sólo el occidente,
aunque también el occidente. Y hay una preparación a Cristo (o un "Cristo
desconocido”) en toda la realidad: no sólo en el Antiguo Testamento bíblico.
Pero recapitular no significa equiparar: el
"asumir" cristiano conserva y desborda a la vez, manifestando la
novedad del Espíritu. Como ocurre en el Nuevo Testamento respecto del Antiguo.
Y (si vale la analogía) coma ocurre en la "emergencia" del espíritu
desde la materia: no destruye a ésta, pero la transforma.
Los perfiles de esta difícil tarea puede que no se
perciban plenamente desde el interior de una inculturación (que es lo que
ocurrió con la cristiandad). Pero no dejan de percibirse al producirse un
cambio cultural o una pluralidad de culturas. Es entonces cuando la
“repatriación” del cristianismo se convierte en un imperativo. Esa es la
característica de nuestra hora.
Y es ahora cuando podemos hacer un enunciado-resumen de
los elementos "desculturadores" que hemos ido encontrando en el
cristianismo, como riesgos de su inmersión griega:
a) El cristianismo es ante todo una vida, una praxis, más
que una gnosis. Una praxis con elementos noéticos, por supuesto. Pero no se trata
de una praxis "derivada", sino que ella misma es
"cognoscitiva".
b) Es praxis del Espíritu y, por tanto, del Amor. No es
la praxis terrena del poder.
c) Esa praxis tiene un "lugar cristológico"
fundamental: el sufrimiento, los excluidos y los oprimidos de la tierra. Por
ese carácter cristológico no se trata de una mera praxis ética, sino de una
"praxis mística”.
d) El norte cristológico de esa praxis es la desaparición
de todas las diferencias sexuales, culturales y sociales, ya superadas en Cristo
Jesús, donde "ya no hay varón o mujer. judío ni griego, rico ni
pobre" (Ga 3, 28). Conservando en esa superación la particularidad de cada
cual, pero sin convertir esa diversidad en fundamento de menosprecio.
e) El cristianismo debería recuperar también una mayor
“sobriedad imaginaria”: manteniendo el valor narrativo de la imagen. y el valor
“ícónico” del hombre (del sufriente y del realizado en humanidad). Para
orientarse así, el cristianismo debería recuperar alga más de esa
"desnudez” de una iglesia románica, por ejemplo, que no es fría, sino
pacificadora y elevadora del hombre.
Estas pueden ser las conclusiones de nuestro recorrido
anterior. Quisiera añadir -para apuntar a su fundamentación teológica- que la
cristología y la pneumatología convierten el fenómeno cristiano en una
dialéctica casi imposible entre particular y universal. La frase del cuarto
evangelio: “les conviene que yo me vaya, porque sí no, no recibirán el
Espíritu” es una frase profundamente cristológica, aunque será muy difícil encontrarla
comentada en alguna cristología occidental. Y lo curioso es que esa frase esté
en un evangelio al que se acusa de "excesivamente" cristológico
(aunque también se le tacha de abstraer un poco la particularidad concreta de
Jesús).
Quizá en la suma de ambos reproches esté la clave de la
pneumatología: el cuarto evangelio no ha olvidado la particularidad concreta de
Jesús: sólo la universaliza después de haberla designado como "sarx"
ya desde sus comienzos (Jn 1, 14), con todo lo que esta palabra tiene de
negativo en el cuarto evangelio.
Y, efectivamente, el cristianismo es una limitación de
Dios, que lo "circunscribe" hasta identificarlo en lo más débil de lo
humano (pensemos no sólo en el crucificado, sino en el parto de una mujer, en
una cueva y sin otra compañía que la de José y los animales que puso allí la
tradición). Pero, precisamente, así es como se impide que la encarnación sea la
universalización idólatra de un particular: la debilidad sólo puede ser
universal a la manera del “universal invertido" que ha de liberarse de
toda su limitación para ser de veras universal. A esto llamaba san Pablo
"el anonadamiento de Dios en Cristo" (Flp 2,7ss); y ese anonadamiento
(kénosis) era otro de los grandes temas olvidados par la teología griega y par la
formulación dogmática del calcedonense. Por eso, la encarnación necesita el
"complemento" de la resurrección y el don del Espíritu, que no son
propiamente un suplemento ulterior, sine que forman parte de la encarnación.
El Dios cristiano se revela entonces en esa dialéctica de
accesibilidad e inabarcabilidad que se da entre la particularidad de la carne y
la universalidad del Espíritu. En esta tesis me parece que se encierra casi
todo lo que ha querido decir este breve escrito. Y hay, que añadir que algo de
esa tesis sí que estaba presente en los padres griegos. En consonancia con el
texto de san Basilio antes citado, es quizá san Ireneo el autor que más insiste
en la bipolaridad dialéctica del lenguaje humano sobre Dios: cosas que (no)
podemos decir de Dios, atendiendo a su magnitud y a su trascendencia, resulta
que podemos (o no) decirlas si atendemos a su Amor que -añade Ireneo- es tan
inexplicable como inaccesible es su grandeza (44).
Estas consideraciones son indispensables para la
convivencia dc1 cristianismo con las demás religiones y cosmovisiones de la
tierra. Que el cristianismo confiese la divinidad de Jesús, no significa que se
sienta “propietario” de Jesús. sino que Jesús "se le escapa". Y que
no se le hará accesible en la absolutización de ningún particular (emperador o
papa), sino en el encuentro con los excluidos de la tierra que son, los que más
nos desbordan y los que menos posibilidades tienen de una falsa
universalización. Los occidentales no podremos gritar al Asia “abran las puertas
a Cristo", mientras no nos gritemos más fuerte a nosotros mismos:
"dejemos a Cristo ser Cristo” (o abrámosle las puertas, ahora no para que
entre, sino para que "salga" de nosotros).
Esta dialéctica particular-universal, propia del
cristianismo, es enormemente crucificante y difícil. Pero nos permite decir
que, si hay algo no cristiano será la identificación del cristianismo con una
determinada cultura, nación, geografía o clase social. Eso sería la negación de
lo católico. Y afirmar esto no significa desconocer que hay limitaciones (y a
veces muy grandes) fuera, sino reconocer que no se da la plenitud dentro. Por
eso, un indio o un japonés pueden criticar al cristianismo occidental con tanto
derecho como un teólogo alemán, sin suscitar por ello sospechas de hostilidad
injusta.
Si el cristianismo logra cumplir esa dialéctica, esa será
su gran ventaja (en el seno de una "desventaja" material) (45) ante
otras religiones, las cuales tienden más a identificarse con un determinado
país, raza o cultura. Aquí brillarán a la vez la debilidad de la verdad (que,
como intuyó S. Weil, va unida a la debilidad de "la desdicha") y el
esplendor del amor que es la verdadera fuerza de la verdad cristiana.
Pero, para ello, el cristianismo necesita convertirse de
su enclaustración occidental y abdicar de toda identificación entre la
catolicidad de lo cristiano y la universalidad de lo occidental. Identificación
que hoy intenta mantenerse con la llamada "mundialización", la cual
podría ser la nueva plataforma equivocada de otro colonialismo pseudomisionero
(46). Así estamos, y así entramos en el tercer milenio.
Notas:
·
Artículo dedicado a Josep Mª Rovira Belloso y anticipo del homenaje que
le dedicara la Facultad de Teología de Barcelona. Aparece también en la Revista
Catalana de Teología.
1. Cfr. La entraña del cristianismo, Salamanca,
1998, p. 115.
2. La imposible teodicea,
Madrid, 1997, p. 393.
3. Ver. en los capítulos 7º
y 8º de La humanidad nueva. Ensayo de cristología, el comentario al prólogo de
Juan y a la cristología de san Justino. Citando a J. Moing, escribe Jon Sobrino
que “el título de Logos dado a Cristo fue la prenda de este mutuo
reconocimiento entre el pensamiento cristiano y el pensamiento griego [N.B. Por
errata, el original de Sobrino escribe judío en vez de griego]... El autor
[Moingt] insiste en que los apologetas cristianos del siglo II usan el término
espontáneamente según el significado filosófico de la época. ‘El termino logos
tiene las mismas sígnificaciones y funciones en el discurso de los teólogos y
en el de los filósofos estoicos’” (La fe en Jesucristo. Ensayo desde las
víctimas. Madrid, 1999, p. 342).
4. Cfr. I. De la Potterie.
La vérité dans S. Jean. I. Roma, 1997.
5. Citado por Emilia Bea. en
El Ciervo, diciembre 1999, p. 17.
6. X. Morlans, La
experiencia de Dios en la acción social, Barcelona, 1998, pp. 80-81.
7. Una fundamentación que
pudo resultar tan convincente en su momento, como incapaz de convencer en el
nuestro.
8. Cfr. Welches Christentum
hat Zukunft, Stuttgart, 1990, p. 35, subrayado mío. Y recuérdese también la
distinción que algunos padres evocan en algún momento: “inaccesible por su
naturaleza, Dios se deja comprender a causa de su bondad” (S. Basilio, De
Spiritu Sancto 9 ed. “Sources Chrétiènnes”, 17, p. 146).
9. Tomo la cita de P.
Peñalver, La mística española del s. XVI y XVII, Madrid 1997, p. 37. La
referencia a Jesús me parece muy significativa.
10. Esta observación está
hecha ya en su primera obra que data de 1971. No es “un recurso posterior para
subsistir tras la caída del este", como argumentan algunos con ese
atrevimiento que sólo puede dar la ignorancia.
11. La frase de Rahner
procede del importante artículo Espiritualidad antigua y actual, en el Volumen
7 de los Escritos..., p. 25.
12. Revista Latinoamericana
de Teología 15 (1998) p. 317. Como hace notar el autor en la página siguiente,
no es desde ahí, desde donde Jesús habló sobre Dios.
13. Gnoesis gnoeseos: el
conocimiento que se autoconoce, habría dicho Aristóteles.
14. Como ocurre con la
voluntad respecto del entendimiento en la analogía agustiniana de la Trinidad,
que está hecha toda sólo a partir del sujeto.
15. Es decir, si el Espíritu
Santo procede sólo del Padre, o “del Padre y del Hijo”, como quedó al final en
nuestro credo.
16. Ga 6,14: cfr. 1 Co 1-2.
17. Creo que Sobrino formula
muy bien cuando habla de "una comprensión de Dios guiada par universales
más que por concretos (los de Jesús), y una comprensión de Dios en la que
desaparece la parcialidad constitutiva del Dios de Jesús. Esto, más que el uso
de conceptos griegos... sería lo peligroso de la helenización" (op cit..
p. 374).
18. M. Wyshgorod,
"Warum war and ist Karl Barths Theologie für einen jüdischen Theologen von
Interesse?", en Evan,. Theol., 34 (1974) pp. 222-236: Texto citado en p.
228, subrayado mío.
19. Op. cit., p. 393.
20. No se piense que decir
esto es una mera mania rebelde de nuestra época. Como escribe F. Durrwell: “las
palabras mandamiento y obediencia toman en el cristianismo un sentido nuevo,
del que queda desterrada toda idea de dominación y de constricción... El poder
del Padre no es dominador. no se impone, sino que engendra. El Espíritu.
voluntad operante del Padre, es el amor en que el Padre engendra" (Nuestro
Padre. Dios en su misterio, Salamanca. 1990. p. 201).
21. De ahí el delirio
implícito en que caen muchas formas de argumentar que pretenden defender el
magisterio moral de la Iglesia: lo que esta dice son verdades de razón,
accesibles a todos los hombres: por eso quiere imponerlas a todos. Pero el
"pecado original" impide a la razón humana percibir eso: sólo la
asistencia del Espíritu a los que mandan en la Iglesia los libera de ese
empecatamiento de la razón... Cuando se percibe lo que muchas veces hubo de
autodefensa en esa enseñanza eclesiástica de presunta moral racional, piensa
uno que Jesus hablaría aquí de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en
el propio...
22. Es el intento anselmiano
que, pretendiendo defender a Dios, lo hace víctima y prisionero de una
determinada "razón" y lo vuelve así cruel, inhumano y fuente de
ateísmo...
23. Theologie als Theodizee?
p. 105.
24. Todo lo cual hace aún
más necesaria la distinción entre ese judaísmo y el sionismo pseudonazi de un
Netanyahu y sus votantes, que tiene muy poco que ver con el verdadero espíritu
del judaísmo.
25. Aunque sea una cita
larga, me permito reproducir aquí lo escrito en otra ocasión: "El gran
error de toda la filosofía occidental (y del cristianismo ínculturado en ella)
es haber considerado como ‘pregunta última' aquella de par qué hay ser y no
nada. Esta constatación no puede ser objeto de una pregunta (¿por qué?), sino
de una admiración gratuita agradecida (¡hay ser y no nada!). Cuando se la
convierte de admiración en materia de un porqué, se coloca el hombre en el
lugar de la razón de Dios, como si él estuviera más allá de la ultimidad de las
cosas. Y a la vez se encubre el espacio de la que debería ser pregunta última
para todo pensar humano: por qué entonces hay mal en lugar de bien o por qué
hay más mal que bien (al menos aparentemente), y si al final los verdugos
acabarán triunfando sobre las víctimas. De esta manera, con esa sutil
tergiversación, el sufrimiento ha quedado fuera de toda la reflexión filosófica
occidental, y de la noción occidental de Dios: fue relegado al campo de lo
excepcional, de lo ‘exterior’. Y esta forma mental se refleja en la situación
material de occidente respecto a la totalidad del mundo. Ni Auschwítz ha sido capaz de sacarnos de ese ‘ensueño de
la cruel inhumanidad’ (para decirlo con palabras de Jon Sobrino)"... En
Actualidad Bibliográfica (enero-junio 1998) 15.
26. Ver la cita en Karen Jo
Torjesen. Cuando las mujeres eran sacerdotes, Córdoba. 1996. p. 186. Muchas de
las citas y algunas de las reflexiones que siguen a continuación, se las debo a
este libro que (en contra de lo que sugiere su título) es una buena visión de
la antropología (varón-mujer) del mundo griego y de la Iglesia primitiva, más
que un estudio histórico sobre el ministerio eclesial de la mujer.
27. Se trata de Las
Euménides, tercera parte de la famosa Orestíada. Conviene aclarar que Orestes
mata a su madre para vengar el asesinato de su padre Agamenón a manos de ésta.
Y que ella asesinó a su marido para vengar la muerte de su hija Ifigenia,
sacrificada por su padre pare obtener la victoria contra Troya... Apolo tenía
en realidad argumentos mejores.
28. Cita de la Política, que
puede encontrarse en la obra mencionada de Karen Jo Torjesen, p. 186.
29. Op. cit., p. 185.
30. De bono coniugali, III,
3.3 (en la BAC, Vol. XII, p. 46).
31. Derivado de hysteros,
útero en griego.
32. Remito simplemente al
análisis del verbo griego splachnidsomai, en mi obra sobre los milagros de
Jesús: Clamor del reino (Salamanca, 1982). Pero nótese la diferencia entre los
milagros concebidos como justificación extrínseca de un determinado logos y un
determinado poder, y los milagros como signo intrínseco del binomio jesuánico
"Abba-reino".
33. Por eso, hay que
preguntar si la enseñanza que proclama inmoral todo acto sexual que no quede
abierto a la fecundidad, en lugar de entender que es el conjunto de la relación
de la pareja lo que ha de estar abierto a la fecundidad, aunque se presente
como una enseñanza moral "conforme a la naturaleza", no es, en
realidad "contraria a la persona". Esa reducción de lo personal a lo
natural, es típicamente griega.
34. En contra de lo que a
veces se cree, el cristianismo primitivo no tiene modelos organizativos
prefijados, y dejados por el resucitado: ha de ir creándoselos conforme crece
y, para ello, es normal que recurra unas veces a la estructura organizativa del
imperio, y otras a la del sacerdocio veterotestamentario. Lo cuestionable no es
ese recurso, sino que luego el cristianismo sacralice esos modelos. en lugar de
irlos purificando.
35. De la cual quedan
testimonios en algunos diálogos de Luciano (como Los amores o Las imágenes), y
que llegaba a extremos como el intentar mantener relaciones carnales con alguna
estatua de Venus...
36. Aunque la versión griega
habla de proskynésis y aclara que no se trata de un culto de latría, la
traducción latina usa siempre la palabra adoratio, lo cual dio lugar a que
pocos años después, un sínodo occidental en Francfort, rechazase al Niceno II.
Pero probablemente, ese rechazo era sólo expresión de un miedo más amplio.
37. PG 62, 318. Como es
sabido, los libros sobre las imágenes de san Juan Damasceno se concluyen con un
florilegio de textos de la tradición patrística, muchos de los cuales sólo se
nos han conservado en esta antología.
38. Lo mismo decía san Juan
Crisóstomo. en un texto no identificado, que cita también el Damasceno:
"no destroces tantas imágenes modeladas por Dios [seres humanos] por culpa
de una imagen de bronce que puede fácilmente ser reconstruida" (PG 94.
1399). También cabe citar aquí a K. Barth: "Dios mismo ha hecho ya todo lo
posible para presentarse El ante nosotros. '¿Cómo iba el hombre a poder
representarlo?' Digamos a este propósito que el arte cristiano está, sin duda
animado de las mejores intenciones, pero es impotente puesto que Dios ya nos ha
dado su imagen. Cuando se comprende de verdad que Dios habita in excelsis no se
puede pretender representarlo ni por pensamientos ni por imágenes” (Esquisse
d’une dogmatique. Paris, 1968, pp. 58-59).
39. Como se refleja, por
ejemplo, en toda la catequesis bíblica esculpida en las catedrales medievales.
40. Es el caso, por ejemplo,
de tantos sansebastianes como mera excusa para el desnudo masculino, o de
tantas pinturas de María con el nacimiento de los senos bien marcado. En este
sentido pueden ser comprensibles muchas incomodidades de la inquisición frente
a algunas pinturas "religiosas" del renacimiento, aunque,
evidentemente, la solución no estaba en prohibirlas, sino en devolver todo su
campo a la autonomía laica del arte.
41. J. Marías, La
perspectiva cristiana. Madrid, 1999, p. 50.
42. Ibid., p. 111.
43. Para un tratamiento más
amplio del tema de la resurrección, me permito remitir a una obra de
divulgación en que estoy trabajando, por encargo de PPC, y que llevará
probablemente como titulo la frase del credo: “al tercer día resucitó de entre
los muertos”.
44. Cfr., por ejemplo, Adv.
Haer.. IV, 20. 1.4 y 5. Y recuérdese el texto bíblico: "como es su
Grandeza, así es su misericordia" (Ben Sira 2,18).
45. Hablo de desventaja
“material”, porque, por ejemplo (y aun prescindiendo de todo el pecado del colonialismo
misionero de occidente), para un cristiano europeo será muy difícil criticar
públicamente el sistema de castas hindú. Él deberá estar con los descastados;
pero habrá de esperar a que esa crítica se haga desde dentro mismo de la
cultura india (como ha ocurrido con el movimiento bhakti, o con Gandhi, o con
el indio Sebastian Kappen, que tacha de "opio del pueblo" la noción
hindú del dharma y el shamsara). Igual ocurre con la situación de la mujer en
países árabes: la ilegítima identificación entre cristianismo y occidente, hace
que las críticas a ella se vean desautorizadas de entrada como
"antiárabes" cuando, en realidad, solo son profundamente proárabes,
porque son críticas a lo antihumano.
46. Véase, al menos, el
título del libro publicado por el Centro "Cristianisme i Justicia":
¿Mundialización o conquista?, Santander, 1999.
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